CODEX. Anuario de Ciencias Histórico-Jurídicas, X (2023) 1-5 1
LA RAZÓN MANDA.
LA INCOMPARABLE TRANSICIÓN
CARMELO CASAÑO SALIDO
Instituto Español de Ciencias Histórico-Jurídicas. Real Academia de Córdoba
omo, ahora, a pocas fechas de cumplirse los 45 años de las pri-
meras elecciones democráticas, en determinados grupos de opi-
nión, se habla de que España necesitaría, para superar el tiempo
difícil que se avecina, un gran pacto de Estado, semejante al que existe en la
República Federal Alemana desde hace más de un lustro, nos parece
oportuno recordar que, en puridad, nuestra Transición fue un amplio e
insólito acuerdo estatal, aunque todavía existan españoles, primordialmente
jóvenes, que la desconocen, y eso que el antiquísimo Herodoto enseñó que
«la Historia es la gran maestra de la vida».
Historia, debemos matizar que, al contrario de lo afirmado por Gimba-
tista Vico en pleno barroco absolutista, nunca se repite aunque, en oca-
siones, pueda parecerse. También hay que tener bien presente, cuando se
trata de enjuiciar como haremos a continuaciónla acción pública que, de
acuerdo con Bismark, «la política es el arte de lo posible». Pero conseguir
lo posible siempre demanda un conocimiento preciso de los aconteceres
pasados y actuar, desde las urgencias del presente, con perspectivas de fu-
turo.
1. EL ANTECEDENTE
La Transición de la dictadura a la democracia, cada vez más alabada fuera
de España y controvertida en ciertos círculos del interior, fue un quehacer
político que rompió el secular enfrentamiento de las dos Españas que du-
rante el tiempo contemporáneo tanta sangre y dolor y desastres le han
costado a este país.
El espíritu de la concordia que caracteriza a la Transición, concretado en
la Constitución del 78, raramente existió en nuestro transcurrir histórico.
Ya, en pleno siglo XV, el poeta castellano Gómez Manrique tío de Jorge,
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el autor de las famosas Coplas a la muerte de su padre, clamaba, cuando no
existía en sentido estricto la nación, por la concordia nacional, pero para
conseguirla había que «facer la mayor tala de la discordia».
Pues bien, en nuestro tiempo, dicho afán de avenencia tiene su origen
en una reunión de españoles celebrada en el mes de junio de 1962. En-
tonces, en la capital de Baviera, se encontraron personas anti autoritarias
que convivían en el franquismo y republicanos de la diáspora, para acordar
que, una vez concluido el régimen existente, era imprescindible un retorno
democrático pacífico, sin enfrentamientos, concordado y promovido por
todas las fuerzas políticas. El dictador, furioso, llamó a la constructiva
reunión «el contubernio de Munich» y desterró a varios asistentes, man-
dándolos una temporada al archipiélago canario.
En dicha fecha –1962– está la génesis, el alma de la Transición que, a
nuestro entender, se dilató desde 1975 hasta 1986: es decir, desde que el rey
Juan Carlos despide de la Presidencia del gobierno al llorón Arias Navarro,
sustituyéndolo, tras una maniobra sutil y hábil, por el joven Adolfo Suárez,
que había sido impulsado por Herrero Tejedor, Secretario General del
Movimiento, pero que nunca vistió la camisa azul de los falangistas; dilata-
ción temporal que –insistimos– duró hasta 1986, fecha de entrada en la
entonces Comunidad Económica Europea y momento en el que ratifica-
mos, tras referéndum promovido por Felipe González, nuestra pertenencia
a la OTAN.
Hay profesores y comentaristas que suelen situar el fin de la Transición
en 1982, cuando el partido socialista llega al gobierno con una amplísima
mayoría parlamentaria, pero preferimos colocar el fin del importante
acaecer sociopolítico, cuando España se incorpora a organismos interna-
cionales de Europa y a la OTAN, que nos habían sido vedados durante la
dictadura.
En dicha larga década, tiempo en el que los seguidores de Fraga Iribarne,
careciendo de relevancia, actuaron a regañadientes, la Transición tuvo su
máximo exponente en la consensuada Carta Magna, bien llamada Consti-
tución de la Concordia, la cual, en el Congreso de los Diputados, solo
había recibido 7 votos en contra: 6 de Alianza Popular y el otro de los
criptoetarras de Batasuna. Unos números conservadores que no deben
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producir extrañeza pues Fraga aunque fue uno de los siete «padres» cons-
titucionales–, había escrito desde Londres, en diversas ocasiones que, acae-
cido «el hecho sucesorio» ese era el eufemismo utilizado para nombrar la
muerte del dictador–, el régimen debía pervivir con unos puntuales reto-
ques normativos aperturistas que especificó en varios artículos publicados
en «la tercera» del periódico ABC.
2. LOS HITOS DEL PROGRESO
A lo sobredicho debemos añadir varios hitos de progreso muy relevan-
tes, que ahora se suelen olvidar. Enumeremos los principales logros que nos
hicieron pasar de la dictadura a la democracia: Abrir las cárceles y las fron-
teras para que en España no hubiesen ni exiliados exteriores ni presos polí-
ticos, algo que no sucedía desde 1808. A esta novedad, hay que sumar el
restablecimiento de la igualdad política de los ciudadanos cada persona un
voto–, para lo cual se convocaron elecciones auténticamente democráticas
en las que todos los españoles podían ser electores o elegidos.
También hemos de situar en el haber de la Transición la legalización de
las formaciones políticas antiguas y de nuevo cuño, con el gran acierto de
no excluir a los comunistas; la invitación al entendimiento democrático de
todas las ideologías y al diálogo sindical de trabajadores y empresarios en
materias económicas y sociales; la búsqueda de fórmulas para coordinar la
autonomía de regiones y territorios, desde la unidad del Estado; y la ini-
ciación de una justicia primordial que siempre fue negada por los vence-
dores a los vencidos en la terrible guerra incivil.
Todo ello, se hizo, para mayor gloria de la Transición, con la interven-
ción del pueblo como principal figurante y en medio de una inflación que
galopaba –cerca del 20 %–, la cual empezó a disminuir tras los Pactos de la
Moncloa; con los absurdos asesinos de ETA matando y extorsionando
diariamente; y con algunas personas del estamento militar sin haber asimi-
lado que su máxima dignificación la alcanzarían dejando de ser pretorianos
de la extinguida dictadura para integrarse en los organismos de defensa
occidentales, donde priman la disuasión bélica y las acciones de solidaridad
nacional e internacional.
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3. NUEVAS ACCIONES FUTURAS
Lo antecedente se efectuó sin ignorar que, pasado algún tiempo, se de-
berían emprender nuevas tareas para borrar plenamente los 40 años de
dictadura pero que, en aquel momento, había que aparcar para no repetir
los errores cometidos durante el siglo XlX y, menos aún, determinadas
equivocaciones de la Segunda República.
Pero, sobre todo, teniendo presente, sin tropezar con la ignorancia o el
olvido, que en noviembre de 1976 las Cortes franquistas, cuyos procura-
dores nada tenían de demócratas, aprobaron por una mayoría muy cualifi-
cada –425 síes de 531 votantes–, su propio suicidio político: es decir, la Ley
para la Reforma Política. Dicha ley, de carácter instrumental –«para la
reforma»– y gran calidad técnica, cuyos preceptos pasaron a la futura
Constitución, con la excepción de los senadores designados por el rey, fue
sometida a referéndum, logrando el 94% de los sufragios con una partici-
pación del 78% del censo. Unos números nunca logrados en democracia.
Tampoco puede caer en el pozo de lo desconocido que Franco había
muerto en su cama tras una larga agonía y que la trayectoria del régimen
franquista había pasado del repudio casi absoluto, universal, de la ONU, en
diciembre de 1946, por haber orbitado con Hitler y Mussolini, a que el
general Franco se exhibiera por la Gran Vía madrileña en compañía del
presidente Eisenhower.
Por todo lo que venimos escribiendo, maldecir la Transición, como
hacen historiadores de pacotilla y politólogos de tres al cuarto, porque no
tuvo lugar en España algo semejante a lo acaecido en Hispanoamérica
cuando se liberaron de las dictaduras existentes en el Cono Sur, es un
ejercicio de inconsistencia intelectual pues, en aquellos países, dichas dic-
taduras no eran la consecuencia de una guerra civil y porque para que
saliera a flote la concordia, para que no naufragase, como tantas veces su-
cedió en vuestro devenir histórico, había que actuar con prudencia, con
pies de plomo, poniendo en lista de espera, pero sin caer en el olvido,
muchas injusticias imprescriptibles, que durante largo tiempo son imbo-
rrables de la memoria porque, como bien dijo Marañón, los efectos perni-
ciosos de las guerras civiles tardan, por lo menos, cien años en extinguirse.
En consecuencia, no debemos eludir, o marginar, la circunstancia de que
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cuando tuvo lugar la incomparable Transición solo habían transcurrido 40
años, menos de medio siglo, de la contienda del 36.
Por último, queremos lamentar que cada día estamos más alejados de los
grandes ideales que, logrados contra nuestros fantasmas domésticos, confi-
guraron la Transición –etapa política de diálogo y entendimiento, que
dejó a las naciones de nuestro entorno geopolítico con la boca abierta y sin
dar crédito a lo que estaban presenciando, porque esperaban, o temían, que
llevásemos a cabo la liquidación de la dictadura dándonos los acostumbra-
dos garrotazos goyescos.