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NUEVE REFLEXIONES EN TORNO
A LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA
CARMELO CASAÑO SALIDO
Instituto Español de Ciencias Histórico-Jurídicas. Real Academia de Córdoba
RESUMEN
Se establecen en nueve calas, o prospecciones, todo lo que tengo
pensado sobre la Transición y que –insisto– es el germen de nuestras
ideas, plasmadas en la conferencia sobredicha. Como es normal en
estos casos, habrá repeticiones, lógicos retornos que no me preocu-
pan desde que André Gide nos enseñó que, aun estando todo dicho,
el escritor debe repetir los pensamientos cardinales, pues cada vez
escasean más los que leen, entienden y recuerdan.
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ALABRAS CLAVE: Transición Española, Social Democracia, Dicta-
dura, Partidos políticos
ABSTRACT
In nine coves, or prospections, everything I have in mind about the
Transition is set out and which I insistis the germ of our ideas,
embodied in the aforementioned conference. As is normal in these
cases, there will be repetitions, logical returns that do not worry me
since André Gide taught us that, even if everything has been said, the
writer must repeat the cardinal thoughts, since those who read, un-
derstand and remember are increasingly scarce.
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EYWORDS: Spanish Transition, Social Democracy, Dictatorship,
Political parties
1. INTRODUCCIÓN
l 27 de junio pasado el Instituto Español de Ciencias Histórico-
Jurídicas de Córdoba celebró el acto de clausura del curso 2022-23
y, como es costumbre, en dicho evento se pronuncia una confe-
rencia. Este año nos ha correspondido ser el actor y llevar a cabo la diser-
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tación con el título de este trabajo. Un tema que, tras vivirlo muy cerca,
hemos explorado publicando varios artículos con el objeto de que las
nuevas generaciones –tan poco aficionadas a la Historiaconozcan aspectos
de la Transición a la democracia que, en la actualidad, sufre en nuestro país
críticas tan inexactas como mal justificadas, pues hispanistas de alta talla
intelectual, como Paul Preston, Ian Gibson, Hugh Thomas, Alain Tou-
raine... han aplaudido abiertamente la forma de haber llevado a cabo la
transformación de una extensa dictadura en democracia plena, con un
amplísimo consenso desconocido a lo largo de nuestras peripecias históricas,
llenas, en los dos últimos siglos, de graves desencuentros. Enemistades que
se concretaron en guerras civiles, especialmente crueles, como fueron las
carlistas y la que defenestró al régimen republicano en 1936, instaurando
una dictadura que perduró cuatro décadas.
Con dichos mimbres, y dado que sobre la materia hemos reflexionado
en numerosas ocasiones, ahora voy a recoger en nueve calas, o prospec-
ciones, todo lo que tengo pensado sobre la Transición y que –insisto– es el
germen de nuestras ideas, plasmadas en la conferencia sobredicha. Como es
normal en estos casos, habrá repeticiones, lógicos retornos que no me
preocupan desde que André Gide nos enseñó que, aun estando todo dicho,
el escritor debe repetir los pensamientos cardinales, pues cada vez escasean
más los que leen, entienden y recuerdan.
2. LOS RASGOS ESENCIALES DE LA TRANSICIÓN
Desde los últimos años 60 del siglo pasado, empezó a vislumbrarse que
el régimen dictatorial se iba deteriorando al mismo compás que la vida del
general Franco, aunque éste, ni en plena decrepitud temblorosa cejaba en
su autoritarismo esencial, mientras pretorianos, edecanes y aduladores pro-
fesionales se excedían en el ditirambo hacia el «centinela de Occidente»,
que era caudillo «por la gracia de Dios», como proclamaban las monedas
que acuñó. Antes de que acaeciera «el hecho sucesorio» con tal eufemismo
se nombraba la muerte del dictadorempezaron a moverse ideas democrá-
ticas, mientras el socialismo se refundaba en Surennes, los comunistas se
exhibían sindicalmente con Comisiones Obreras ente clandestino que era
su buque insignia, e iban apareciendo, con escasa resonancia popular,
como era lógico, pues hasta 1977 fueron clandestinos, pequeños grupos
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socialdemócratas, democratacristianos, liberales clásicos los llamamos así
para no confundirlos con el moderno liberalismo económicoy algunos
otros de difícil catalogación ideológica, mientras resurgían los nacionalis-
mos llamados históricos –catalanes, vascos y gallegos, a los que se sumaron
un andalucismo de centro izquierda liderado por Rojas Marcos y otro de
centro derecha, cuyo adalid era Clavero Arévalo, ambos considerándose
herederos ideológicos del notario Blas Infante, asesinado por orden del
general Queipo de Llano y tenido por muchos como padre de una hipoté-
tica y reivindicativa patria andaluza, que no ha llegado a cuajar.
Con todos estos materiales, y la contribución de algunos franquistas crí-
ticos, descafeinados, se construyó la Transición que, en puridad, fue el paso
de la dictadura a la democracia, con la aquiescencia de todos los grupos
políticos, el beneplácito real, la bendición de los USA y el vivísimo deseo
del pueblo que, al fin, se sintió soberano, con voz habla, pueblo, habla y
goza de la libertad sin ira, como pedían las canciones más populares y
voto. El filósofo Julián Marías escribió que la Transición fue «la devolución
de España a los españoles», tarea que se hizo con el deseo de superar defi-
nitivamente a las dos Españas que, según el poeta Antonio Machado, le
helaban el corazón a los españolitos que venían al mundo.
La culminación de la Transición fue la Constitución de 1978, bien lla-
mada de la Concordia. Una avenencia solidaria que raramente había exis-
tido en nuestro devenir histórico. Ya, en pleno siglo XV, el poeta caste-
llano Gómez Manrique tío de Jorge, el autor de las famosas coplas a la
muerte de su padreclamaba, cuando no existía en sentido estricto la na-
ción, por la concordia nacional, pero para conseguirla había que «facer la
mayor tala de la discordia».
Como repetimos, la Transición consiguió su máximo exponente en la
Carta Magna que en el Congreso de los Diputados solo había tenido 7
votos en contra: 6 de Alianza Popular y el otro de los criptoetarras de Ba-
tasuna. Unos números conservadores que no deben producir extrañeza
pues Fraga Iribarren , aunque luego fuera de los siete padres de la Ley de
Leyes, había escrito, desde Londres, cuando era embajador de España, que
el régimen franquista debía pervivir con unos puntuales retoques norma-
tivos. Ideas aperturistas publicadas a bombo y platillo en «la tercera» del
periódico ABC.
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Aunque no es el momento de diseccionar la Constitución vigente, que
fue aprobada por el 87% de los votantes españoles y que en Cataluña llegó
al 91% el mismo porcentaje conseguido en Córdoba, cabe expresar que
de todas las constituciones españolas, habidas desde el Estatuto de Bayona
de 1808 11 en total, la actual es la única nacida por consenso y con un
sistema de voto proporcional –levemente corregido por la Ley Dhont, ya
que en todas las anteriores imperaron el sufragio mayoritario y las pequeñas
circunscripciones que, en el mundo rural, fomentaban el caciquismo.
3. EL ESPACIO TEMPORAL DE LA TRANSICIÓN
Existen muy variados criterios y opiniones sobre el tiempo que tuvo
vigencia la Transición, pero nosotros la dilatamos desde 1976 hasta 1986; es
decir, desde que el rey Juan Carlos despide de la Presidencia del Gobierno
al llorón Arias Navarro hasta 1986, fecha de entrada en la entonces Co-
munidad Económica Europea y momento en el que, tras un referéndum
promovido por el socialista Felipe González, ratificamos nuestra pertenen-
cia a la OTAN.
Entre las dos fechas antedichas, tras una maniobra sutil y hábil, ocupó la
presidencia gubernamental una de las figuras cardinales del tiempo que
venimos rescatando del olvido: el joven abulense Adolfo Suárez González
que había llegado a la política impulsado por Herrero Tejedor, secretario
general del Movimiento, fiscal de profesión. El para muchos desconocido
Suárez, hijo y nieto de republicanos, que escasamente vistió la camisa azul
de los falangistas pese a haber sido, antes que director general de TVE,
gobernador civil de Segovia, fue, con el beneplácito real y en concordancia
con los criterios del monarca, el iniciador de la fructífera Transición que
concluyó, según nuestra personal opinión, en 1986.
No desconocemos que hay profesores y estudiosos que suelen situar el
fin de la Transición en 1982, cuando el PSOE llega al gobierno con una
amplísima mayoría parlamentaria, pero nosotros preferimos situar el fin del
importante quehacer sociopolítico cuando España se incorpora a organis-
mos internacionales que nos habían sido vedados durante la dictadura.
Ahora bien, que situemos en 1986 el fin del tiempo transicional, solo sig-
nifica que, de acuerdo con la Constitución, ya éramos plenamente demó-
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cratas, reconocidos exteriormente, pero en modo alguno se debe entender
como el momento de pasar página a las deplorables circunstancias de la
dictadura que había culminado la guerra civil más cruel de nuestra historia.
Esa tarea debía de quedar, si no queríamos trastocar la naturaleza de una
democracia recién nacida, para una posterior y necesaria coyuntura, pues la
política, de acuerdo con Bismark, es «el arte de los posible» y las conse-
cuencias perniciosas de un enfrentamiento fratricida, según el doctor Ma-
rañón, necesitan más de cien años para borrarse del todo. España, en el
momento de la Transición, estaba a menos de medio siglo del funesto mes
de julio de 1936.
4. LA FRUSTRACIÓN INTERNACIONAL
¿Pudo España librarse del sistema dictatorial antes de que muriese
Franco? La pregunta, sobre la posibilidad de una prematura transición, tiene
difícil respuesta pues el régimen, llamado Movimiento Nacional, pasó por
múltiples situaciones: desde el repudio absoluto por los organismos inter-
nacionales, a que el dictador se desplazase por la Gran Vía madrileña
acompañado por el presidente Eisenhower, que accedió a ello porque su
país había logrado en España las bases militares más baratas de todo el
mundo y Franco tenía una capacidad singular para pervivir en el poder.
Pero lo indudable es que al terminar la Segunda Guerra Mundial, entre
1948 y 1952, los norteamericanos establecieron el Plan Marshall –ayudas
económicas para la reconstrucción europea del que España resultó ex-
cluida por ser una dictadura en línea con las perdedoras potencias de Eje.
Ahora bien, la salida del agujero en el que caímos tras la deplorable guerra
civil, pudo suceder en el cuatrienio señalado, durante el cual, en el viejo
continente, bélicamente derruido, diluviaron dólares 21 billones para
restaurar a la maltrecha Europa, vencedora en la gran guerra. Dólares que,
en nuestro país, pasaron de largo, sin detenerse, como los automóviles
oficiales captados por el cineasta Berlanga, con un irónico sentido crítico,
en el filme Bienvenido Mr. Marshall, porque Truman puso como condición
ineludible para que recibiéramos fondos, que Franco desapareciera de la
escena pública. Algo que era igual que pedirle al olmo que diese peras.
Aunque el poeta Rilke escribió muchas veces que es mezquino hablar
de lo que no fue, en singulares momentos, debemos hacer una excepción
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para no derruir la tozuda verdad histórica. Por tanto, hemos de precisar,
lamentándolo, que España solo recibiera migajas, muy tarde, del plan nor-
teamericano, aunque el Ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín
Artajo, hizo grandes esfuerzos –hay documentos que lo atestiguanpara
que España no fuese excluida de las importantes ayudas. Pero dichos es-
fuerzos fracasaron estrepitosamente porque Franco, que tanto quería a su
patria, amaba más el poder, al que permaneció indisolublemente unido
hasta que lo desalojó la muerte en 1975.
En alguna ocasión, conducidos por lo antedicho, escribimos que la
Transición fue ejemplar, pero habría sido innecesaria si España, tras la Se-
gunda Guerra Mundial, hubiera gozado de un régimen de libertades y,
consecuentemente, sido partícipe de los dólares que resucitaron a Europa,
consolidando a las industrias de los USA. La penosa realidad era que,
mientras ese resurgir sucedía en los países de nuestro alrededor, aquí con-
tinuamos con las cartillas de racionamiento, el estraperlo, los rosarios de la
aurora, «la pertinaz sequía que asola nuestros campos» y algunos tiros de
gracia al amanecer. Esa es la verdad que no se la salta ni un galgo ni un
torero y que, tantas veces, nos la tergiversaron.
Exaltada sea la Transición, pero ojalá no la hubiéramos necesitado de
haber podido participar en la reconstrucción europea, cuando corrían los
años 50 del siglo pasado. Es decir, veintitantos años antes que la Constitu-
ción del 78.
5. EL ANTECEDENTE REMOTO
El antecedente remoto de la Transición lo hallamos en el lejano mes de
junio de 1962. En esa fecha se celebró en la capital de Baviera el IV Con-
greso del Movimiento Europeo, presidido por el español Salvador de Ma-
dariaga, al que asistieron 117 españoles antidictatoriales y un chivato fran-
quista de cuyo nombre no queremos acordarnos porque había nacido en la
provincia de Córdoba.
Aquel democrático encuentro puso en ebullición la cólera del periódico
falangista Arriba que lo llamó «el contubernio de Munich». Allí, el socialista
exiliado Rodolfo Llopis dijo: «Hoy, la guerra civil ha acabado», y aseguró
que apoyaría una monarquía constitucional. Faltó el Partido Comunista
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pero, posteriormente, usando su radio Pirenaica que emitía desde Ruma-
nía, declaró, repitiéndolo a diario, su adhesión a las tesis reconciliadoras
acordadas en la capital bávara. Entre los firmantes de las mismas encon-
tramos a Fernando Álvarez de Miranda, Íñigo Cavero Lataillade y Joaquín
Satrústegui este último era Medalla Militar Individual, obtenida en la
guerra civil luchando con los vencedores, por citar a unas personas que,
pasado el tiempo, fueron parlamentarios destacados de UCD. Los tres
acabaron desterrados en las islas de Hierro, Fuerteventura y Lanzarote,
porque el franquismo era implacable con quien levemente lo contradecía.
Nos atrevemos a asegurar que la Transición, en cierto modo, fue escrita
sobre la falsilla del «contubernio», cristalizando los expresados deseos de
concordia en la Constitución del 78.
6. EL ANTECEDENTE PRÓXIMO
En noviembre de 1976, un año después de que el generalísimo pasase a
mejor vida todavía, las Cortes orgánicas del régimen, cuyos procuradores
nada tenían de demócratas, aprobaron, con una mayoría muy cualificada
425 síes de 531 votos, su propia extinción que a algunos les pareció lo más
semejante a un suicidio. Estamos refiriéndonos a la Ley para la Reforma
Política. Dicha norma, enterradora del franquismo, tenía un carácter ins-
trumental «para la reforma»y gran calidad técnica debida a la autoría de
Torcuato Fernández Miranda y Landelino Lavilla. El texto legal contaba
con cinco artículos y tres disposiciones transitorias. Todos sus preceptos,
con la excepción de los Senadores de designación real, pasaron a la futura
Constitución. Esta ley, sometida a referéndum, logró el 94% de los sufra-
gios con una participación del 78% del censo electoral. Número de votos
que, tan elevado, nunca se alcanzó en nuestra vigente democracia.
En realidad, no hemos visto, desde entonces, un arrebato popular tan
vivo y asentado, tal vez porque, como aseguraba Goethe, los entusiasmos
son perecederos y «no se pueden conservar en salmuera». Y eso que nos
lastraba una inflación rondando el 30%, que los absurdos criminales de ETA
no paraban de matar y extorsionar casi a diario, así como la existencia de
ciertos militares de la facción más dura del ejército, a quienes les parecía
inadmisible el giro rupturista que tomaban los acontecimientos.
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Una vez aprobada tan clamorosamente la referida ley que abría de par en
par las puerta de las libertades democráticas y del pluralismo social, la in-
volución se puso en marcha de manera trágica, matando a dos estudiantes,
asesinando a los abogados laboralista de Atocha y, por medio de los extra-
ños terroristas del Grapo, llevando a cabo los secuestros del exministro
Oriol y del teniente general Villaescusa. Dificultades añadidas que no pu-
dieron con la fe popular.
7. LOS MÁS IMPORTANTES HITOS DEL PROGRESO
Apenas elevado Adolfo Suárez a la jefatura del Gobierno –designación
considerada por el historiador Ricardo de la Cierva, «un inmenso error»,
el joven de Cebreros, pueblito de Ávila, nombró un gobierno llamado por
los retrógrados «gabinete de penenes» es decir, gente de aluvión carente de
calidad y experiencia, cuyos aciertos se sucedían a diario con hitos de
progreso muy relevantes.
Enumeraremos los principales logros que nos hicieron pasar, en menos
de un decenio, de la dictadura monolítica a la democracia verdadera: abrir
las cárceles y las fronteras para que en España no hubiese ni exiliados exte-
riores ni presos políticos, lo que no sucedía desde 1808. A esas novedades
hay que sumar dos amnistías, el restablecimiento de la igualdad política de
los ciudadanos cada persona un voto, para lo cual se convocaron las
elecciones auténticamente democráticas de junio del 77 en las que cual-
quier español podía ser elector o elegido. También hemos de situar en el
haber del primer gobierno de la Transición la legalización de los partidos
políticos, antiguos y de nuevo cuño, con el gran acierto de no excluir a los
comunistas; la invitación al entendimiento democrático de todas las ideo-
logías y al diálogo sindical de trabajadores y empresarios en materias eco-
nómico sociales; la búsqueda, para la cohesión nacional sin excluir a las
nacionalidades, de una fórmula nueva no otra cosa fueron las autonomías
parecida a un cuasi federalismo, plasmado en el Título VIII de la Carta
Magna, que establece la descentralización administrativa de regiones y
territorios, sin mengua de la unidad del Estado; y la iniciación de unas
acciones de justicia reparadora que siempre, durante 40 años, le fueron
negadas a los vencidos en la tremenda guerra incivil.
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Todo ello, así como los pactos de la Moncloa que, fundamentalmente,
iniciaron la puesta en orden de una economía maltrecha, se fue realizando,
en un ambiente de consenso, con políticas de Estado, para mayor gloria de
la admirada Transición que nos condujo del autoritarismo tajante a la plena
democracia.
8. NO FUE UNA «CHAPUCILLA»
Aunque lo repitiera a troche y moche el sobrevalorado comunista Julio
Anguita, la Transición no fue una «chapucilla» así, en diminutivo, lo decía
para desacreditarla mejor, en la que hubo un vergonzoso pacto de silencio
sobre la dictadura. Algo absolutamente falso pues, a partir de 1976, desa-
pareció la más mínima censura, se filmaron numerosas películas denun-
ciando los crímenes acaecidos en los frentes y en las retaguardias y se pu-
blicaron una multitud de libros, de profundo análisis y racional criticismo,
sobre la dictadura.
Los novísimos detractores de la Transición también la acusan de no haber
liquidado al franquismo de manera rápida y terminante, de forma parigual a
como lo hicieron en el Cono Sur de Sudamérica con las dictaduras que
lanzaban al mar desde helicópteros, después de torturarlos metódicamente, a
sus opositores. Tal comparación es incorrecta pues aquellas crueldades nos
las había generado una guerra civil con dos bandos trágicamente enfrenta-
dos, los dictadores no habían muerto en la cama y sus regímenes no llevaron
a cabo un suicidio parlamentario como había acaecido en nuestros lares.
Nunca se deben mezclar las churras con las merinas, haciendo compara-
ciones inexactas, si queremos encontrar la más rigurosa verdad.
Ahora bien, como la Transición solo duró un decenio, quedaron por
hacer no por olvidardiversas cuestiones dolorosas que, posteriormente,
deberían encontrar su momento más oportuno para repararlas. Como su-
cedió vamos a ceñirnos a un solo ejemplo significativocon el Valle de
Cuelgamuros. Era de lógica elemental que una democracia no podía con-
sentir una obra faraónica, concebida para eternizar en piedra la dictadura y
dignificar al dictador, que llamaban Valle de los Caídos, cuando la palabra
«caídos», en el argot franquista, solo se refería a los muertos del bando de los
vencedores en la guerra del 36, por lo que el propio Franco estaba de más
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en Cuelgamuros, porque él no era un caído. A lo sumo fue un promotor de
caídos. Pues bien, estas ideas primigenias e ineludibles nunca estuvieron en
el olvido sino aguardando que llegara y llegósu instante, cuando la ac-
ción reparadora no interfiriera el proceso de concordia que se vivía.
Recordamos que, sobre dicha cuestión, el grupo liberal de UCD, en
una reunión que puso el tema sobre la mesa, llegó a la conclusión de que el
destino del funerario lugar, aclamador de los vencedores en una contienda
entre hermanos, debería ser, después de trasladar a los enterrados, clausu-
larlo, dejando que la naturaleza obrara sus destrucciones. Idea de Eduardo
Punset que fue acogida por la mayoría y que quedó aparcada porque estaba
claro que todavía no había llegado la hora de realizarla, pero que, induda-
blemente, tendría que venir pues en una democracia auténtica no puede
haber un monumento exaltador de la victoria de una bandería en una
guerra civil con más de 600 mil muertos. Por todo ello, seguir jaleando lo
contrario, resulta a extramuros del sentido común y tan surrealista como
vivir acompañados con el brazo incorrupto de Santa Teresa.
9. LA CONTRIBUCIÓN ALEMANA
Los partidos políticos alemanes se volcaron no se puede decir lo mismo
de los franceses en atenciones con la joven democracia española. Nos
consta que las principales fuerzas políticas socialdemócratas, democrata-
cristianas y liberalesapostaron fuerte y contribuyeron con generosidad al
establecimiento de la democracia en nuestro país, teniendo, en consecuen-
cia, un destacado papel en la Transición.
Sabemos, de muy buena tinta, que tanto Willy Brandt con Felipe
González como Franz Josef Strauss con Fraga aportaron mucho, tanto en el
orden material como en el ideológico, a la llegada de la democracia.
Nosotros solo vamos a referir la ayuda de los liberales que, vivencial-
mente, conocemos al detalle. El partido liberal de la República Federal
Alemana entonces había dos Alemaniasera una formación de cuadros. Es
decir, con gentes políticamente muy bien preparadas, principalmente en la
Fundación Friedrich Naumann que, obteniendo un porcentaje de sufragios
próximo al 10%, lograban, al coaligarse unas veces con la democracia cris-
tiana y otras con la socialdemocracia, un mínimo de cuatro ministerios
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importantes. En 1977 el gobierno era de socialistas y liberales y éstos regen-
taban las carteras de Asuntos Exteriores, Interior, Economía y Agricultura.
La llegada de los liberales germanos, abriendo una oficina solapada en
Madrid, se produjo en 1973, cuando España ya vivía el mustiofranquismo.
No vamos a incidir en muchos detalles pero sí reseñar que aquellos liberales
costearon publicaciones políticas, como los cuadernos Libra y, en todo
momento, quisieron, sin ostentaciones, ayudar a que llegasen a España las
libertades importantes, que nos habían sido negadas durante 40 años: las
que se escriben con minúscula pero que son el fulcro de todas ellas.
Celebradas las elecciones de junio de 1977, el grupo de los parlamenta-
rios liberales de UCD fue distinguido por la pedagogía democrática de los
amigos alemanes, que lo hacían con la buena gana y el entusiasmo de quien
cumple un deber solidario. Nos invitaron muchas veces a avión, hotel,
mesa y mantel. Aquellos parlamentarios liberales de UCD íbamos con harta
frecuencia a las reuniones que preparaban la llegada de España a las institu-
ciones europeas; en compañía de nuestros generosos anfitriones, visitamos
el Bundestag y el Bundesrat, parlamento y cámara de los lander; nos lleva-
ron a Maguncia, capital de Renania Palatinado, para enseñarnos cómo
actuaban desde la oposición y a Hamburgo donde lo hacían desde el poder.
Tuvimos numerosas reuniones en una pintoresca localidad a las afueras de
Bonn, donde respondieron a todas nuestras preguntas y desarrollaron un
comportamiento de exquisita amistad y elegancia.
Recuerdo que, en una ocasión, fue a saludarnos el ministro de Interior,
Werner Maihofer, eminente catedrático de Filosofía del Derecho, y que
nuestro traductor era el secretario del ministro de Asuntos Exteriores
Hans-Dietrich Genscher, que hablaba un español correctísimo y que, años
después, vino a Madrid, como embajador de la República Federal. Como
nos incitaban a preguntar todo lo que quisiéramos, un día, a la vista de que
en Alemania los partidos políticos nadaban en la abundancia económica y
nosotros éramos más pobres que el lazarillo de Tormes, le pedimos a
nuestro informante que explicase cómo se financiaban. No se nos olvida
que, después de un silencio pensativo, confesó, sin concretar mucho, que
existen las comisiones producidas por el comercio de Estado. El que quiera
entender, que entienda.
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10. LA TRANSICIÓN EN CÓRDOBA Y PUNTO FINAL
A veces, nos han preguntado cómo fue la Transición en nuestra pro-
vincia. Siempre respondimos orillando pequeñas anécdotas y los nombres,
tan repetidos, de los flamantes parlamentarios democráticos, entre los que
estábamos– que se desenvolvió, con precariedad de medios económicos e
ilusiones millonarias, de manera muy semejante al resto de España. Siempre
tenemos en la memoria aquellos mítines silvestres, celebrados en el cine o
en la escuela de la pequeña población, a los que acudían las gentes con una
curiosidad teñida de recelo aunque, en la puerta del local, la pareja de la
Guardia Civil, sin entender bien la mutación que estaban presenciando,
saludaba militarmente a los intervinientes, aunque algunos eran rojos, anti-
franquistas pregonados.
A nuestra provincia, bastante rural, no le falló su propia memoria histó-
rica pues, tanto en la ciudad como en los pueblos salvo dos, el voto de las
elecciones del 1977, si aceptamos la trasnochada dicotomía de derechas e
izquierdas, resultó igual que el de los últimos comicios de la Segunda Re-
pública que dieron al Frente Popular su efímero gobierno. Pero fue, ante
todo, un tiempo irrepetible en el que se alternaban el coraje y la esperanza,
en medio de importantes dificultades.
Por todo ello, queremos poner el punto final a esta somera excursión
política asegurando que uno de los mayores logros de la Transición fue
extirpar para siempre los gérmenes perniciosos del golpismo y la guerra
civil. El espíritu de la Transición, unido a nuestra presencia en Europa, la
proliferación de Universidades e Institutos, la extinción del analfabetismo,
la creciente presencia pública de la mujer, unas fuerzas armadas modernas,
afanadas en pacificadoras tareas internacionales y la vacuna del 23F repre-
sentada por la existencia de un video providencial narrando, en imágenes, la
cutre y casposa asonada..., fueron una amalgama de progreso que, al fin, ha
conseguido el reconocimiento, siglos después, de que dos famosos cordo-
beses lejanos llevaban razón cuando afirmaron: el joven mártir hispano-
rromano Marco Anneo Lucano, en La Farsalia, que «en una guerra civil la
victoria siempre acaba siendo una derrota»; y el muladí Ibn Hazm, en El
collar de la paloma, que «la flor de la guerra civil es infecunda».