CODEX. Anuario de Ciencias Histórico-Jurídicas, X (2023) 1-18 1
UN CONFLICTO POCO CONOCIDO:
LA GUERRA HISPANO-RUSA (1799-1801)
MIGUEL PINO ABAD
Catedrático Historia del Derecho. Universidad de Córdoba
RESUMEN
Las primeras manifestaciones de los problemas en las relaciones entre
España y Rusia se remontan al siglo XVII. De hecho, durante el reinado
de Carlos II, los virreyes del Perú y Nueva España tenían noticias de que
aquellos mares eran frecuentados por los rusos y que se habían produ-
cido usurpaciones de territorios perjudiciales al rey de España y a la
tranquilidad general. Las tensiones hispano-rusas se fueron acrecentando
en los años posteriores hasta la declaración de guerra en 1799. Conflicto
bélico que, curiosamente, no dejó ninguna víctima. Para encuadrarlo
correctamente hay que tener presente las llamadas guerras revoluciona-
rias francesas y la situación que afectó a la Orden de Malta.
PALABRAS CLAVE: Guerra hispano-rusa, Orden de Malta, Napoleón,
Pablo I, Carlos IV
ABSTRACT
The first manifestations of problems in relations between Spain and
Russia date back to the 17th century. In fact, during the reign of
Charles II, the viceroys of Peru and New Spain had news that those
seas were frequented by the Russians and that there had been usur-
pations of territories detrimental to the king of Spain and general
tranquility. Spanish-Russian tensions increased in the following years
until the declaration of war in 1799. A war that, curiously, left no
victims. To frame it correctly, we must keep in mind the so-called
French revolutionary wars and the situation that affected the Order
of Malta.
KEYWORDS: Spanish-Russian War, Order of Malta, Napoleon, Paul
I, Charles IV
MIGUEL PINO ABAD
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1. INTRODUCCIÓN
as primeras manifestaciones de los problemas en las relaciones entre
España y Rusia se remontan al siglo XVII. De hecho, durante el
reinado de Carlos II, los virreyes del Perú y Nueva España tenían
noticias de que aquellos mares eran frecuentados por los rusos y que se
habían producido usurpaciones de territorios perjudiciales al rey de España
y a la tranquilidad general. España expresó a Rusia de que todo esto gene-
raría inconvenientes y que los navegantes rusos no podían establecerse en
los parajes de la América española. La respuesta de la corte rusa fue que
desde mucho tiempo tenía dada orden a los que hacían expediciones para
que no se estableciesen en terrenos pertenecientes a otras potencias, pero
que si sus vasallos se hubiesen introducido por casualidad en aquella parte
de la América española, pedía al rey que pusiese remedio en ello y que las
cosas se arreglasen en buena conformidad.
A esta explicación de Rusia, contestó España que
aunque deseaba que todos los casos de toma de posesión por los rusos
fuesen terminados en buena armonía, no podía responder de lo que los
comandantes españoles de mar y tierra hiciesen a tan grandes distancias,
conforme a las leyes y a sus instrucciones generales, fundadas en los tra-
tados con todas las naciones, que les prescribían no tolerar estableci-
mientos extranjeros en los descubrimientos de las Indias españolas
1
.
Ya en el siglo XVIII, el ministro de España en Rusia, marqués de Al-
modóvar, remitió a Ricardo Wall y Devreux, secretario de Estado, un
informe el 7 de octubre de 1761 donde decía que
para que S.M. esté plenamente informado de las expediciones marítimas
de los rusos dirigidas al descubrimiento de la América y emprendidas por
el mar Pacífico desde las costas orientales de sus dominios en Asia y para
que pueda formar una idea bien fundada no solo de lo que estas expedi-
ciones han producido hasta ahora, sino de lo que se puede esperar o temer
1
Memorial histórico español. Colección de documentos, opúsculos y antigüedades que publica la
Real Academia de la Historia, Imprenta y Fundición de Manuel Tello, Madrid, tomo
XXIX, 1893, pp. 105 y 106.
L
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de las que se intenten en lo sucesivo, espero formar durante mi perma-
nencia en esta Corte una relación de todo lo concerniente a este asunto,
valiéndome no solo de lo que sobre estas expediciones se ha escrito en
lengua rusa, sino de las luces de algunos académicos con quienes ya tengo
introducida esta conversación
2
.
Las noticias recibidas por la diplomacia sobre la presencia creciente de
Rusia en la América septentrional llevaron a la Corona española a solici-
tar al virrey de Nueva España su opinión sobre este asunto. El 11 de abril
de 1773 se remitió a Antonio Bucareli y Ursúa, real orden con copia de
la carta de su ministro en la corte de Rusia para que tomase las medidas
que estimase necesarias para descubrir si continuaban dichas expedicio-
nes
3
.
Dicho esto, conviene recordar que las tensiones hispano-rusas se fueron
acrecentando en los años posteriores hasta la declaración de guerra en 1799.
Conflicto bélico que, curiosamente, no dejó ninguna víctima. Para encua-
drarlo correctamente hay que hablar en primer lugar de las llamadas guerras
revolucionarias francesas y, posteriormente, de la situación que afectó a la
Orden de Malta.
Las Guerras revolucionarias francesas
4
o Guerras de Coalición fue una
sucesión de conflictos bélicos y políticos entre el gobierno revolucionario
francés y Austria hasta la firma del Tratado de Luneville en 1801. Nor-
malmente, se dividen entre la Primera Coalición (1792-1797) y la Segunda
(1798-1801), aunque Francia estuvo constantemente en guerra con Gran
Bretaña desde 1793 hasta el Tratado de Amiens de 1802.
2
ABBAD Y LASIERRA, Íñigo: Descripción de las costas de California, Consejo Superior
de Investigaciones Científicas. Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, Madrid, 1981,
p. 198.
3
CANO BORREGO, Pedro Damián: «La expansión rusa en el noroeste de América, la
guerra hispano-rusa de 1799 y sus repercusiones en el Virreinato de Nueva España»,
Boletín del Archivo General de la Nación, 2 (mayo-agosto), 2019, p. 75.
4
Entre quienes se han ocupado de ellas, podemos citar Anthony SMITH: Nacionalismo y
modernidad: un estudio crítico de las teorías recientes sobre naciones y nacionalismo, Ediciones
Istmo, Madrid, 2001; VUCKOVIC, Aleksa: Las Guerras Napoleónicas: una oportunidad
para la gloria, Kindle Edition, Litres, 2021.
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Desde el Tratado de Utrecht de 1713, que puso fin a la guerra de suce-
sión española y que conllevó el reconocimiento internacional de Felipe V
como legítimo monarca español, a cambio de la pérdida para la Corona
española de los dominios europeos, Austria, Inglaterra y Francia habían
quedado como las tres grandes potencias hegemónicas de Europa, pero
Austria quería terminar con la influencia francesa en los Países Bajos mien-
tras que Inglaterra temía el poderío naval francés. De hecho, Francia con-
taba con aliados en las fronteras del imperio austriaco: Suecia en el norte,
Polonia en el este, Baviera en el sur de Alemania y el Reino de Nápoles en
Italia. Estas naciones fueron los aliados naturales de Francia contra su
enemigo austríaco.
2. EL NUEVO CONTEXTO A RZ DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Al final del siglo XVIII, dos nuevas potencias emergieron en el norte:
Rusia y Prusia. Estos últimos habían pasado a convertirse en un importante
reino con Federico Guillermo, que había aportado dinero y ejército, y su
hijo, Federico el Grande, que había hecho uso de ellos para expandir el
territorio. Rusia, como estaba largamente desconectada del resto de los
países, se había introducido en la política europea de la mano de Pedro I y
Catalina II. La ascensión de estas dos potencias desequilibró la anterior
balanza de poderes. De acuerdo con el Congreso de Viena, Rusia y Prusia
habían ejecutado la primera partición de Polonia en 1772
5
, y tras la muerte
de Federico el Grande, la emperatriz Catalina y el emperador José se
unieron en 1785 para hacer lo propio con la Turquía europea.
El Reino de Francia, debilitado tras la guerra de los Siete Años
6
, había
asistido a esa partición de Polonia sin oponerse. Tampoco puso obstáculos a
la caída del Imperio otomano y permitió que sus aliados de los Países Bajos
fueran derrotados por Prusia e Inglaterra sin prestarles ayuda. El único acto
que honró a la política francesa por entonces fue el apoyo dado a la inde-
5
RECIO MORALES, Óscar: «Los militares de la Ilustración y la construcción del Este
de Europa en España», Itinerarios, 31 (2020), pp. 33-56.
6
BLACK, Jeremy: «El estallido de la Guerra de los Siete Años», Desperta Ferro. Historia
Moderna, 24 (2016), pp. 6-13.
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pendencia de los Estados Unidos
7
. La revolución de 1789, aunque extendió
la influencia moral de Francia, disminuyó aún más su influencia diplomática.
Los príncipes de Europa, quienes hasta ahora no habían tenido otro
enemigo sino ellos mismos, se encontraron con un enemigo común. Las
antiguas relaciones de guerras y alianzas, que habían pasado por alto durante
la guerra de los Siete Años, habían ahora cesado por completo. Era el inicio
de la Primera Coalición.
En 1791, las monarquías europeas observaron con preocupación el
desarrollo de los acontecimientos en Francia y consideraron la conveniencia
de intervenir, ya fuera en apoyo de Luis XVI o bien para sacar provecho del
caos en el país
8
.
Al final, fue Francia quien declaró la guerra a Austria, con el voto fa-
vorable en la Asamblea el 20 de abril de 1792, tras escuchar una larga lista
de agravios pasados, presentada por el ministro de exteriores, Dumouriez
9
.
Sin embargo, la Revolución había desorganizado el ejército y las fuerzas
movilizadas eran insuficientes para una invasión. Los soldados flaqueaban al
primer signo de batalla, desertando en masa y en algunos casos, asesinando a
sus generales.
El 21 de enero de 1793, el gobierno revolucionario ejecutó a Luis
XVI
10
. Esto unió a toda Europa, incluyendo a España, Nápoles y Países
Bajos contra la Revolución. Aunque Gran Bretaña simpatizaba inicialmente
con la Asamblea, se había unido ahora a la Primera Coalición contra Francia
y se preparaban ejércitos para luchar contra ella en todas sus fronteras.
7
FERREIRO, Larri D.: Hermanos de armas. La intervención de España y Francia que salvó la
independencia de Estados Unidos, Desperta Ferro Ediciones, 2020; TURREL, Marc:
«Napoleón y la independencia de las Américas», Revista Espacio Regional, 2. 17 (2020),
pp. 61-72.
8
https://larevolucionfrancesacrismaria.wordpress.com/
9
Ampliamente, George RUDÉ: Historia de Europa. La Europa revolucionaria (1783-1815),
Siglos XXI de España Editores, S. A., Madrid, 2018.
10
https://www.lavanguardia.com/historiayvida/edad-moderna/20200731/27255/luis-
xvi-guillotina.html
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3. LA VACILANTE POSICIÓN ESPAÑOLA
Como hemos dicho, en principio, España se posicionó del lado de la
primera coalición contra Francia. Sin embargo, el 18 de septiembre de
1796 ambos países firmaron el tratado de San Ildefonso, según el cual tanto
el uno como el otro debían mantener una política conjunta contra Gran
Bretaña
11
. El cambio de posición española tuvo mucho que ver con que en
aquellos momentos su flota se viera amenazada por los británicos en sus
viajes a América. Mientras tanto, el imperio ruso se hallaba al margen del
conflicto, del que no quería formar parte. Según los términos del acuerdo,
ambos Estados convenían en mantener una política militar conjunta frente
a Reino Unido.
Tras la firma en 1795 de la Paz de Basilea, por la cual se puso fin a la
guerra hispano-francesa del Rosellón (1793-1795)
12
, ambos países deci-
dieron unir sus fuerzas contra el enemigo común británico. Francia se
encontraba en guerra contra la Primera Coalición, entre los que Reino
Unido era la principal potencia, mientras que España era, como acaba-
mos de apuntar, objetivo de la flota militar británica en las colonias ame-
ricanas.
Manuel Godoy, en nombre de Carlos IV de España, y el general Cat-
herine-Dominique de Pérignon, enviado por el Directorio francés, ajus-
taron el tratado en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso. Los
principales puntos acordados fueron:
Habría entre ambos países una alianza militar ofensiva y defensiva.
A requerimiento de cualquiera de las partes firmantes, la otra la so-
correría en el plazo de tres meses con una flota de quince navíos de
línea, seis fragatas y cuatro corbetas, todos ellos debidamente ar-
11
CHINCHILLA GALARZO, Ainoa: «El Tratado de San Ildefonso de 1796: ¿pragma-
tismo político, error de Godoy o Pacto de Familia pero sin Familia», Nuevas perspectivas
de investigación en Historia Moderna: economía, sociedad, política y cultura en el mundo hispá-
nico, (coord. María Ángeles Pérez Samper, José Luis Beltrán Moya), 2018, pp. 680-690.
12
BALCELLS Y PINTO, José María: Las relaciones diplomáticas entre España y Francia desde
el Tratado de Paz de Basilea hasta la caída de D. Manuel Godoy en marzo de 1798, 1922;
REGINO, Francisco: «El Tratado de Paz de Basilea. Toussaint Louverture y Napoleón
Bonaparte, 1795-1803», Boletín del Archivo General de la Nación, 70 (2008), pp. 305-338.
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mados y avituallados. A esta armada se añadirían fuerzas de tierra de
18.000 soldados de infantería, 6.000 de caballería y artillería en pro-
porción.
El mantenimiento de estas fuerzas correría por cuenta del país al que
pertenecieran.
En caso de guerra de común acuerdo, ambas potencias unirían todas
sus fuerzas militares y actuarían según una política conjunta.
Las potencias contratantes se garantizaban mutuamente, sin reserva ni
excepción alguna, todos los Estados, territorios, islas y plazas que poseen y
poseerán respectivamente y si una de las dos se viese amenazada o ataca-
da bajo cualquier pretexto que sea, la otra promete y se obliga a auxiliar-
la
13
.
4. RUSIA Y LA SEGUNDA COALICIÓN
De otro lado, hay que resaltar que un año después, en 1797, la Orden de
Malta y el Imperio ruso firmaron un tratado según el cual aquélla se am-
paraba bajo la protección y la soberanía de los zares rusos. Poco antes, el zar
Pablo I había asumido el gobierno de Rusia tras la muerte de su madre, la
emperatriz Catalina II.
Su primer mandato fue solicitar información sobre el testamento de la
fallecida y destruirlo, ya que se rumorea que había expresado deseos de
excluir de la sucesión a Pablo y dejar el trono a Alejandro, su nieto mayor.
Estos temores contribuyeron probablemente a la promulgación de las co-
nocidas como leyes Leyes Paulinas, que establecían el estricto principio de
la primogenitura en la dinastía Románov y que no podía ser modificado
por sus sucesores.
En el primer año de su reinado, Pablo cambió muchas de las reformas
políticas de su madre. Acusó a muchos de jacobinismo y exilió a personas
simplemente por llevar ropa de estilo parisino o leer libros franceses. Era
idealista y capaz de una gran generosidad, pero también era irascible y
13
https://es.wikisource.org/wiki/Tratado_de_San_Ildefonso_entre_Espa%C3%B1a_y_
Francia_-_1796
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vengativo. Consideraba a la nobleza rusa como decadente y corrupta, y
pretendía transformarla en una disciplinada casta de leales, algo semejante al
espíritu caballeresco medieval. Los que no compartían sus puntos de vista
fueron despedidos o perdieron sus puestos en la corte. Así, siete mariscales
de campo y 333 generales cayeron en desgracia
14
.
De acuerdo con sus ideales caballerescos, fue elegido Gran Maestre de la
Orden de los Caballeros Hospitalarios, a quienes dio refugio tras su expul-
sión de Malta por Napoleón
15
. Su liderazgo estableció la tradición imperial
rusa de llevar las insignias de los Caballeros Hospitalarios junto con las de
otras órdenes rusas.
En 1798, hizo entrar a Rusia en la Segunda Coalición contra Francia
16
,
enviando a Suvórov a luchar contra Napoleón en Suiza y a Ushakov para
ayudar a Nelson en sus operaciones en el Mediterráneo. Después de pa-
decer grandes penurias y no ganar en ninguna campaña, el emperador ruso
dio un giro en su política exterior y cambió a una neutralidad armada
contra Gran Bretaña.
En ambos casos se guió por motivos personales, primero luchó contra
Francia por un interés «sentimental» hacia los Hospitalarios; y luego contra
Gran Bretaña, cuando los ingleses conquistaron Malta, el hogar tradicional
de la orden. Pero su intención de obligar a la nobleza rusa a adoptar un
código de caballería hizo que perdiera la confianza de muchos de sus ase-
sores. El zar había descubierto también una serie de maquinaciones y co-
rroboró la corrupción en la tesorería. A pesar de que Catalina II había
derogado la ley que permitía el castigo corporal de las clases libres y dirig
reformas destinadas a conceder un mayor número de derechos a los cam-
pesinos y un mejor tratamiento para los siervos, la mayoría de sus políticas
14
LATORRE-IZQUIERDO, Jorge: El zar Pablo I: ¿último Quijote del conservadurismo o
primer Quijote del romanticismo?, 2015.
15
FERNÁNDEZ DE BETHENCOURT, Marcos: El gran maestrazgo del zar Pablo I sobre
la Soberana Orden de Malta (1798-1801), 2018, pp. 193-211.
16
CHANDLER, David: «Las campañas de Napoleón», en Un emperador en el campo de
batalla de Tolón a Waterloo (1796-1815), La esfera de los libros, Madrid, 2005; COSTA,
Pedro: «Las revoluciones del siglo XVIII: cambios políticos decisivos», Antena de tele-
comunicación, 176 (2009), pp. 54-59
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se consideraban como una molestia para los nobles, así que sus enemigos
elaboraron un plan de acción contra él
17
.
Se organizó una conspiración por varios nobles, donde también parti-
cipó el español José Pascual de Ribas. La muerte repentina de Ribas retrasó
la ejecución del plan. En la noche del 11 de marzo de 1801, Pablo fue
asesinado en su dormitorio del Castillo de San Miguel por una banda de
funcionarios que habían caído en desgracia. Entraron en su dormitorio y se
encontraron a Pablo escondido tras unas cortinas. Los conspiradores trata-
ron de obligarlo a firmar su abdicación, pero ofreció cierta resistencia y uno
de los asesinos le golpeó con una espada, siendo después estrangulado y
pisoteado hasta la muerte.
Fue sucedido por su hijo, Alejandro I, que se encontraba en el palacio, y
a quien el general Nikolái Zúbov, uno de los asesinos, anunció su ascen-
sión.
5. LA ORDEN DE MALTA Y SU PAPEL EN EL CONFLICTO
Como hemos dicho, Pablo I dio refugió a los caballeros hospitalarios
que habían sido expulsados tras la invasión de Malta por Napoleón. A las
alturas de 1798, solo los ingleses estaban aún en guerra con Francia. Fue el
momento que Napoleón concibió invadir Egipto, para satisfacer su deseo
personal de gloria. El objetivo militar de la expedición no estaba claro, pero
éste podía amenazar la dominación inglesa de la India
18
.
Napoleón navegó a Alejandría, desembarcando en junio. Marchó hacia
El Cairo y obtuvo una gran victoria en la Batalla de las Pirámides
19
. Sin
17
GARCÍA FERNÁNDEZ, Francisco Javier : «El pensamiento político de la emperatriz
Catalina II conforme a la instrucción de 1767», Revista de Estudios Políticos, 120 (2003),
pp. 103-126; RAMÍREZ RIVAS, Rufina Rocío: Pedro I y Catalina la Grande de Rusia.
Contexto económico, social y político, 2019.
18
DEL REY, Miguel: Napoleón en Oriente: las campañas de Egipto y Siria, La Esfera de los
Libros, 2022.
19
SOKOLOV, Oleg: «La marcha sobre El Cairo y la Batalla de las Pirámides», Desperta
Ferro. Historia Moderna, 41 (2019), pp. 30-37.
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embargo, su flota fue destruida por el inglés Nelson en la Batalla del Nilo,
dejándole atrapado en Egipto
20
.
Los aliados pusieron en marcha numerosas invasiones en Europa, in-
cluyendo campañas en Italia y Suiza, y una anglo-rusa de los Países Bajos.
El general Aleksandre Suvórov infligió una serie de desastres a los franceses
en Italia, llevándolos en retroceso hasta los Alpes. Sin embargo, los aliados
tuvieron menos suerte en los Países Bajos, donde los ingleses se retiraron
tras estancarse y en Suiza, donde, tras una serie de victorias iniciales, el
ejército ruso fue completamente derrotado en la Segunda Batalla de Zú-
rich
21
.
El mismo Napoleón invadió Siria desde Egipto, pero tras el fracasado
asedio de Acre volvió a retirarse a Egipto, repeliendo una invasión an-
glo-turca. Tras tener noticias de la crisis política y militar en Francia, vol-
vió, dejando tras él a su ejército, y usó su popularidad y el apoyo del ejér-
cito para dar un golpe de estado que le convirtió en Primer Cónsul y cabeza
del gobierno francés
22
.
Durante este periodo la isla de Malta no había pertenecido ni a un es-
tado ni a un rey, sino a la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San
Juan de Jerusalén de Rodas y Malta, fundada en el siglo XI. La Orden de
Malta era de cariz católica y desde un principio desarrolló acciones militares
contra los musulmanes.
En 1530, ocho años después de haber salido de Rodas, Carlos I de Es-
paña con el beneplácito de Clemente VIIcedió a la Orden las islas de
Malta, Gozo y Comino, así como Trípoli. La intención era proteger el
Mediterráneo occidental del avance otomano, que en 1534 ya había con-
quistado la ciudad de nez. Por su parte, la Orden debía permanecer
neutral en las guerras entre naciones cristianas.
20
GRACIA ALONSO, Francisco: «La Batalla del Nilo: Egipto contra los Pueblos del
Mar», Desperta Ferro. Antigua y Medieval, 6 (2011), pp. 8-14.
21
SICILIA CARDONA, Enrique: «Masséna en la segunda batalla de Zúrich», Ares
Enyalius. Revista de Historia y actualidad militar, 37 (2014), pp. 2-9.
22
FERNÁNDEZ CEPEDAL, José Manuel: «Ideología brumarista y Napoleón Bona-
parte», El Basilisco, 17 (1994), pp. 37-44.
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En esta época, sin embargo, la Orden atravesó por graves dificultades
económicas, pues varios Grandes Prioratos desaparecieron a causa de la
Reforma Protestante y otros comenzaban el proceso de conversión al
protestantismo, como gran parte de los caballeros alemanes y holandeses.
En 1798, Napoleón Bonaparte, durante la campaña de Egipto, ocupó la
isla de Malta, obligando a la Orden a abandonarla
23
.
6. LA DECLARACIÓN DE GUERRA
El zar Pablo I rechazó el tratado de entrega de Malta a Francia y rompió
con todos aquellos estados que lo reconocieron. Entre éstos, estaba España.
Además, Carlos IV se negó a aceptar al emperador ruso como Gran Maestre
de la orden, alegando que no profesaba la religión católica, sino la ortodoxa
rusa. Por todo ello, el imperio ruso declaró la guerra a España el 15 de julio
de 1799, siendo aceptada por real cédula de 9 de septiembre de ese mismo
año
24
.
La postura de la corte española, que rehusaba declararse antifrancesa y la
oposición de los prioratos españoles en conceder al zar el tratamiento de
gran maestre provocaron la irritación de Pablo I. En su decreto decía que
hemos resuelto destruir al gobierno anárquico e ilegítimo que actual-
mente reina en Francia y en consecuencia dirigir contra él todas nuestras
fuerzas. Entre el pequeño número de potencias europeas que aparente-
mente se han entregado a él se halla España. En vano hemos empleado
todos los medios para hacer ver a esta potencia el verdadero camino del
honor y la gloria. Por ello, hemos mandado salir de nuestros Estados a su
encargado de negocios. Pero habiendo sabido ahora que nuestro encar-
gado de negocios ha sido forzado también a alejarse de los Estados del Rey
de España, consideramos esto como una ofensa a nuestra majestad y le
declaramos la guerra por la presente publicación. Para lo cual mandamos
23
SAN MARTÍN VISCOSILLAS, Daniel: La personalidad jurídica internacional de la
Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta y sus
relaciones con la Santa Sede, 2016.
24
LA PARRA LÓPEZ, Emilio: «La crisis política de 1799», Revista de Historia Moderna,
8-9 (1988-1990), pp. 219-231.
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que se secuestren y confisquen todos los barcos mercantes españoles que
se hallen en nuestros puertos y que se envíe la orden a todos los coman-
dantes de nuestras fuerzas de mar y tierra para que obren ofensivamente en
todas partes contra todos los vasallos del rey de España. Dado en Peterhofs
el 15 de julio de 1799.
Por su parte, en el decreto de Carlos IV de 9 de septiembre de 1799 se
recogía lo siguiente:
la religiosa escrupulosidad con que he procurado y procuré mantener la
alianza que contraté con la República francesa y los vínculos de amistad y
buena inteligencia que subsisten entre los dos países y se hallan cimentados
por sus mutuos intereses políticos, han excitado los celos de algunas po-
tencias, particularmente desde que se ha celebrado la nueva coalición.
Entre ellas ha querido señalarse Rusia, cuyo Emperador, no contento con
arrogarse títulos que de ningún modo pueden corresponderle, acaba de
expedir el decreto de declaración de guerra. He visto sin sorpresa esta
declaración porque la conducta observada con mi encargado de negocios
hacía tiempo que me anunciaban que llegaría este caso. Así, en haber
ordenado al encargado de Rusia, el consejero Buzov, la salida de mi Corte
y Estados, tuvo mucha menor parte el resentimiento que las considera-
ciones imperiosas de mi dignidad. Conforme a estos principios, me hallo
muy distante de querer rebatir las incoherencias del manifiesto ruso y lo
que hay de ofensivo para mi y para todas las potencias soberanas de Eu-
ropa, por lo que mis vasallos quedan autorizados para que obren hostil-
mente contra Rusia, sus posesiones y habitantes
25
.
No obstante, el nuevo estado de guerra no tuvo consecuencias prácticas.
Enfrentó a dos enormes imperios cuyos territorios distaban miles de kiló-
metros. La única excepción se producía en el extremo septentrional del
continente americano, donde desde hacía unos años se habían producido
asentamientos rusos en el territorio de Alaska. Esta cercanía con los terri-
torios de California hizo que el virrey de Nueva España, Miguel José de
Azanza, plantease a la corte la necesidad de tomar medidas para resguardar
sus costas de los posibles ataques rusos. Escribió lo siguiente:
25
http://webs.ucm.es/BUCM/blogs/Foliocomplutense/4685.php#.YqtUKCdByUk
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Por algunas cartas y gacetas que han traído los navíos hemos sabido que
está declarada la guerra entre el rey nuestro señor y el emperador de Rusia
y eso me ha hecho pensar en el riesgo que corren nuestros modernos es-
tablecimientos en la Alta California, si los rusos quisieran invadirlos. Yo sé
muy bien todas las dificultades que le ofrecería una empresa de esta na-
turaleza, pero como esta nación está en el tiempo de invadirlo todo y ha
dado de algún tiempo a esta parte bastantes muestras de su afán por formar
colonias en nuestras costas de la California, creo que exige la prudencia no
mirar como impracticable un designio semejante. Para frustrarlo son muy
pocos los medios que están en mi arbitrio. La escasísima población espa-
ñola en la larga costa de ambas Californias reducida a setecientos cuarenta
hombres de todas las edades, la distancia media entre aquella península y
las provincias que pudieran prestar algunos recursos y la necesidad de
atender con la poca tropa que hay en todo el virreinato a otros puntos más
arriesgados hacen que no se pueda pensar en poner la California Alta en
estado de defensa por medio de fuerzas permanentes
26
.
Mientras tanto, Mariano Luis de Urquijo, secretario de Estado, remitió
al general estadounidense David Humphreys, ministro plenipotenciario en
España, una copia de la respuesta del gobierno español al zar Pablo I sobre
declaración de guerra, solicitándole la confirmación de la imparcialidad de
los Estados Unidos en el conflicto, lo que fue contestado afirmativamente
por el citado Humphreys dos días después
27
.
7. EL FINAL DE LA GUERRA
Tras la victoria francesa en la batalla de Marengo (14 de junio de 1800),
Rusia cambió su actitud. Al conquistar los ingleses Malta y negarse a de-
volver la isla a la Orden Hospitalaria, no queriendo dar en bandeja a los
rusos tan estratégico puerto, el zar rompió con Gran Bretaña y pasó a ser
aliado de Francia.
Alejandro I, que contaba con veinte años al ser proclamado zar de todas
las Rusias, en los meses iniciales de su reinado puso énfasis en cerrar las
26
CANO BORREGO: «La expansión rusa en el Noroeste de América», p. 80.
27
Ibidem, p. 82.
MIGUEL PINO ABAD
14 CODEX. Anuario de Ciencias Histórico-Jurídicas, X (2023) 1-18
heridas producidas por las torpezas de su padre. Uno de aquéllas había sido
declarar la guerra a España. Así, el 4 de octubre de 1801 ambos estados
firmaron en la capital francesa el Tratado de París, poniendo fin a la guerra
hispano-rusa. Según los tres artículos del tratado, ambos países restablecían
la paz y amistad y nombraban sendos embajadores. Los encargados de fir-
marlo fueron José Nicolás de Azara (embajador español en París)
28
y el
conde Arcadi Marcov.
En él se dispuso que:
1º. Desde aquel instante hubiese paz, amistad y buena inteligencia entre el
emperador de todas las Rusias y el rey de España; 2º, que para mantener y
cultivar este orden de cosas las dos Cortes nombrarían ministros y las ha-
rían residir la una cerca de la otra, según el uso antiguo y que procedería a
ello recíprocamente al principio del año inmediato de 1802 o antes si
fuese posible; 3º, que después que los dos soberanos aprobasen el tratado
publicarían en sus Estados decretos que, revocando lo pasado, mandasen a
sus respectivos vasallos que se tratasen como súbditos de naciones amigas y
que observasen entre ellos proceder amistoso en todas las relaciones, ya
comerciales o ya de cualquier orden.
En 1802 Inglaterra firmó la Paz de Amiens en la que fueron reconocidos
los derechos de la Orden sobre la isla y su devolución.
En dicho tratado, además de confirmar «paz, amistad y buena inteligen-
cia» se estableció:
1. Acuerdo para la liberación de prisioneros de guerra.
2. El Reino Unido devolvió la colonia de El Cabo.
3. El Reino Unido devolvió la mayor parte de las Indias Orientales
Neerlandesas.
4. El Reino Unido devolvió la Guayana Neerlandesa.
5. La retirada francesa y británica de Egipto y su devolución al Imperio
Otomano.
28
GIMENO PUYOL, María Dolores: «José Nicolás de Azara o la vieja diplomacia en
una Europa nueva», 2012, p. 101-117.
UN CONFLICTO POCO CONOCIDO: LA GUERRA HISPANO-RUSA (1799-1801)
CODEX. Anuario de Ciencias Histórico-Jurídicas, X (2023) 1-18 15
6. La restitución por parte de Reino Unido de todas las conquistas
hechas a Francia y sus países aliados, excepto Ceilán (actual Sri Lan-
ka) y la isla de Trinidad y Tobago. La isla de Menorca sería devuelta a
España y la Isla de Elba cedida a Francia.
7. La evacuación de Nápoles y los Estados Pontificios por parte de
Francia.
8. Fijación del río Araguari como frontera entre la Guayana Francesa y
la Guayana portuguesa.
9. La devolución de la isla de Malta, Gozo y Comino a los Caballeros
Hospitalarios. Todas estas islas fueron declaradas neutrales
29
.
El tratado, que significó el colapso final de la Segunda Coalición, dejó
sin solucionar cuestiones muy importantes, por lo que la paz duró tan sólo
un año: el Reino Unido organizaría la Tercera Coalición, declarando la
Guerra a la Primera República Francesa el 18 de mayo de 1803
30
.
Posteriormente, merece destacarse el tratado de amistad, unión y alianza
entre España y Rusia, celebrado el 8 de julio de 1812 y ratificado por
unanimidad por las Cortes en Cádiz el 2 de septiembre del mismo año.
Conforme al mismo, se dispuso que habría entre el rey de España y de las
Indias y el emperador de Rusia, sus herederos y sucesores no solo amistad,
sino también unión y alianza. El emperador reconoció por legítimas las
Cortes de Cádiz y la Constitución por ellas decretada y sancionada. Las
relaciones de comercio serían restablecidas desde entonces. Tal tratado
debía ser ratificado en San Petersburgo en el término máximo de tres meses
o antes si fuera posible
31
.
Sin embargo, los recelos hacia los rusos se mantuvieron en los años si-
guientes. A modo de ejemplo y para concluir, por real orden de 23 de
junio de 1818, enviada al virrey Juan Ruiz de Apodaca, se le ordenó ads-
29
RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín Ramón: Bicentenario de la Paz de Amiens,
2002.
30
FRANCISCO OLMOS, José María de: «Las acuñaciones de los napoleónicas: imagen
de una nueva Europa (1803-1815)», Documenta & Instrumenta 5 (2007), pp. 157-192.
31
LLORCA VILAPLANA, Carmen: «Relaciones diplomáticas entre España y Rusia
desde 1812 hasta 1820», Hispania, vol. 10, n.º 41 (1950), p. 716.
MIGUEL PINO ABAD
16 CODEX. Anuario de Ciencias Histórico-Jurídicas, X (2023) 1-18
cribir fuerzas terrestres y navales para arrebatar a una compañía rusa un
enclave ocupado en las cercanías del Puerto de la Bodega, en la Alta Ca-
lifornia
32
.
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