
N
ATALIA
J
IMÉNEZ
A
RROYO
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CODEX.
Anuario de Ciencias Histórico-Jurídicas
, XI (2024) 1-23
gremios. Esta estructura administrativa brindaba una cierta autonomía,
permitiendo a la comunidad musulmana gestionar sus propios asuntos
internos y preservar una parte de su sistema social y cultural, aunque su-
bordinado al nuevo poder. Este reconocimiento parcial de la autonomía
era, en teoría, un esfuerzo por mantener la paz y facilitar la transición tras
siglos de gobierno nazarí en la región [CORTÉS PEÑA, 2004].
Sin embargo, a pesar de estas concesiones formales, muchos líderes na-
zaríes y miembros de la élite musulmana eligieron emigrar, previendo que
el nuevo orden cristiano inevitablemente conduciría a la erosión de sus
derechos y modos de vida. La decisión de emigrar no fue solo una cuestión
personal, sino una respuesta al contexto político que anticipaba un cambio
progresivo y, eventualmente, hostil para quienes decidieran quedarse.
Los Reyes Católicos, conscientes de esta realidad, no solo permitieron la
emigración, sino que la alentaron de manera sutil, pues facilitaba la disolu-
ción de las estructuras sociales y de poder musulmanas, minimizando así el
riesgo de futuras rebeliones. La partida de la élite nazarí y de un número
considerable de musulmanes ayudó a los Reyes en su proyecto a largo
plazo: la unificación del reino bajo un solo orden político, social y religioso,
eliminando cualquier potencial dualidad que pudiera amenazar la estabili-
dad del naciente Estado. En definitiva, mientras las capitulaciones ofrecían
una apariencia de coexistencia y protección, formaban parte, en realidad,
de una estrategia más amplia para integrar gradualmente el territorio en la
cristiandad, diluyendo la influencia musulmana.
El caso del último rey nazarí, Boabdil, ejemplifica claramente la natu-
raleza de las capitulaciones y el proceso de desmantelamiento gradual del
dominio musulmán en Granada. Tras la rendición de la ciudad en 1492,
Boabdil fue recompensado con el señorío de la Alpujarra, una región
montañosa que le permitiría conservar un grado de poder simbólico y
autonomía personal. Sin embargo, esta concesión fue efímera. En 1493,
apenas un año después, Boabdil, enfrentado a una creciente presión por
parte de las autoridades cristianas, decidió exiliarse a Marruecos junto con
más de seis mil de sus seguidores, llevándose consigo las esperanzas de
quienes aún confiaban en la supervivencia de algún vestigio del reino na-
zarí. Este exilio marcó el fin definitivo del reino nazarí de Granada y fue un
golpe simbólico para la comunidad musulmana que optó por permanecer
en la región. La partida de Boabdil significaba el desmantelamiento de la
última figura de liderazgo musulmán en la península ibérica. Para los mu-