
Eduardo Blanco Amor y la autotraducción recreadora… 244
Hikma 19 (1) (2020), 239 - 264
autotraducirse entre sus dos idiomas con esta atinada imagen: «He sido
capaz de ir hasta la otra orilla, eso sí, pero no de volver atrás con la misma
barca» (Gumpert, 1995: 187)
La trascendental dosis de recreación que puede brillar en la conducta
autotraductora es lo que, de vez en cuando, ha desembocado en que se
dictamine que no resulta adecuado integrarla en la esfera de la traducción.
Sin embargo, Ramis (2014: 23) propugnó con sensatez que esta posición
maximalista responde a un concepto demasiado restrictivo del hecho
traductor. A su juicio, es indiscutible que el autotraductor se halla en
situación de proveer una traducción más libre o, por decirlo en otros
términos, menos convencional. Con todo, esto no basta para establecer que
la autotraducción no es traducción, puesto que existe el designio de
suministrar un mismo producto en otra lengua, aunque envuelva mutaciones
más o menos importantes (Ramis, 2014: 27). Al fin y al cabo, como este
autor realzó, toda traducción encierra una incuestionable faena de
reescritura, y hasta se podría apostillar que lo mismo sucede con las nuevas
ediciones de una obra si en puridad lo son.
Con referencia de manera precisa a nuestro espacio peninsular, es
forzoso acotar el número nada despreciable de autotraductores que ha
meditado en profundidad sobre esta materia. Así, en el ámbito catalán,
Carme Riera encuadró la autotraducción directamente como un «ejercicio
de recreación», conforme el título que dio a un breve ensayo (Riera, 2002).
En otra aportación, subrayaba que se parte aquí del axioma irrefutable de
que es el mismo autor quien traduce, «y tiene, faltaría más, toda la libertad
del mundo, para añadir, quitar, cambiar y manipular el propio texto a su
antojo» (Riera, 2013: 395). Aseguraba, sin dilación, que esto no se logra
traduciendo alógrafamente, o sea, «siendo fiel y estando encadenado al
texto original, como debe ser y hacer un traductor, sino, por el contrario,
siendo infiel y libérrimo».
Otro escritor catalán, Antoni Marí, aludió a la autotraducción como un
mecanismo versátil que oscila incesantemente entre la «fidelidad» y la
«licencia» (Marí, 2002). Tras haber dado forma en español a su novela El
camí de Vicennes (1995), con el título El camino de Vicennes (1995),
declaraba que se percató de que la traducción le había posibilitado regresar
al original para pulirlo o trastocarlo con plena autonomía. Asimismo, reparó
en que se había otorgado en el texto de llegada, arbitrariamente, «unas
libertades que un traductor de oficio no habría podido permitirse nunca sin
que le acusaran de traidor» (Marí, 2002: 16). Un autor más de la literatura
catalana, Lluís Maria Todó, admitió que cuando se traduce ejerce una
soberanía que jamás tendría al trasladar una obra ajena. Es como si se
instalase prodigiosamente «en un punto mental (intelectual, pasional) previo