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Hikma 22(1) (2023), 249 - 275
1978, p. 164) que, a pesar de ser considerado como «pobre» por algunos
autores (Hernández, 1991, p. 16), se nutre constantemente de los sociolectos
marginales y las lenguas extranjeras, así como de términos ya existentes en
la propia lengua que son deformados o que adquieren acepciones diferentes
(Rodríguez, 2002), todo con el fin de designar nuevas realidades o tratar
temas antiguamente tabuizados. Según Hernández (1991), tres son los
factores que condicionan la comunicación oral popular: los psicolingüísticos,
sociolingüísticos y lingüísticos. Así, el secretismo, la expresividad, el humor,
lo despectivo, la necesidad de dar nombre a nuevos y viejos conceptos, la
afectividad, la economía lingüística, y el «afán de participar en el coloquio» y
«dominar la comunicación» (Hernández, 1991, p. 13) mantienen a los jóvenes
en una búsqueda constante de voces que renueven su repertorio lingüístico.
En este sentido, el autor identifica una serie de elementos lingüísticos que
caracterizan este lenguaje argótico: una gran abundancia de sufijos,
apócopes, metáforas, disfemismos, «tacos» desemantizados y expresiones
irónicas o humorísticas, además de la recurrencia a la sinonimia, polisemia,
hipérbole, y, aunque de manera menos frecuente, a la paradoja, metonimia y
sinécdoque. Así pues, la lengua se convierte en un «instrumento vivo y
creativo para la comunicación» (Santos, 1997, p. 457) que todo traductor
debe saber interpretar para dotar al texto meta de igual dinamismo y valor
connotativo.
Para abordar el lenguaje juvenil, es necesario atender a dos
perspectivas. Por un lado, desde la perspectiva diafásica, observamos que
se hace uso de este en contextos coloquiales, en los cuales se produce un
intercambio oral e informal entre dos o más interlocutores. Por otro, desde la
perspectiva diastrática, entendemos la jerga juvenil como una forma de hablar
exclusiva de una generación o de un grupo de edad determinada (Santos,
1997, p. 455), sin otorgar la misma prominencia a otros factores sociales de
variación como el sexo, el nivel cultural o la clase social (Herrero, 2002, p. 68).
Es importante, por ende, contextualizar el uso de este lenguaje dentro de un
grupo concreto de edad, ya que coincidimos con Boháčková (2008, p. 17) en
que «la edad de los hablantes es uno de los rasgos sociales que determinan
los usos lingüísticos dentro de una comunidad de habla. Las diferencias entre
cada grupo generacional contribuyen a singularizarlos desde el punto de vista
sociolingüístico». Por ello, en este capítulo hablaremos sobre el lenguaje
juvenil en su sentido más amplio, sin distinguir a sus interlocutores por otro
factor que vaya más allá de su adolescencia y sus relaciones interpersonales.
Otro de los motivos para apoyarnos en el estudio de Boháčková (2008) es
que la autora se centra en la creación lingüística de este tipo de lenguaje en
español, y destaca el uso de diminutivos, aumentativos, nominalizadores,
adjetivadores, prefijación, acortamientos, préstamos (sobre todo,
anglicismos), muletillas, metáforas, paralenguaje o intensificadores, entre