12 Hacia la consolidación de las traductoras españolas […]
Hikma 25 (1) (2026), 1 - 23
(1810-1857), Paul Féval (1817-1887) o Hendrik Conscience (1812-1883),
entre otras, en cuya elección pesaron los temas y su deseo por introducir
obras y autores que admiraba (Pérez-Bernardo, 2023, p. 229). Compuso,
además, una Galería de mujeres célebres. Colección de leyendas biográficas
que vio sucesivas ediciones desde 1864.
Otras siguieron caminos parejos en la coordinación de revistas y la
traducción para prensa. Así, Julia Codorniu (1854-1906), nacida en Manila,
autora del libro titulado Mis versos. Contiene largas y enérgicas
composiciones en prosa y verso sobre las iniquidades de la Ley para con la
mujer casada y sobre las deplorables consecuencias de producir efectos
legales el matrimonio canónico (1894). Colaboró con La Moda ilustrada,
Flores y Perlas, La Guirnalda, La Correspondencia de España, de cuyo
suplemento Crónica de la Moda y de la Música fue primera redactora, y El
Álbum del tocador, que llegó a dirigir, en los que publicó varias traducciones
(Simón Palmer, 1991, pp. 197-199). Durante meses estuvo al mando de La
Semana Literaria y, además de traducir en La Polilla, El Álbum del tocador
(1878) y La Correspondencia de España (1883) (Turc-Zinopoulos, 2019,
p. 428), se dio conocer en el panorama madrileño con la publicación de Las
fraguas de Pont-Avesnes, traducción versificada de una novela de Georges
Ohnet con el subtítulo de Romancero seguido de varias poesías de dicha
señora (Codorniu, 1882), que ilustra con más de una treintena de
composiciones propias (Turc-Zinopoulos, 2019, pp. 317-318).
Lo mismo se puede decir de Concepción Gimeno Flaquer (1850-1919),
que residió en España, Francia, Portugal y México, y tradujo del francés y del
inglés. Fundó La Ilustración de la mujer y participó en publicaciones como El
Álbum Iberoamericano, donde puede leerse una buena colección de artículos
que dan muestra de sus convicciones: sobre madres de hombres ilustres,
mujeres de ciencia, artistas y figuras icónicas como La Malinche. Fue autora
de obras como La mujer española (Gimeno Flaquer, 1877), que captó la
atención de Víctor Hugo (Simón Palmer, 1991, pp. 363-374). Con ella, tantas
otras, como Elvira Cornellas, Antonia Corominas, Dolores Gortázar o Luisa
de Estrada (Simón Palmer, 1991, pp. 205-206).
Con el trabajo de estas escritoras involucradas en el mundo de la
prensa se desarrolla otra profesión remunerada, la de traductora, que por
primera vez se considera oficio digno, menos comprometido, en apariencia,
que el de editora o escritora. Sin su labor a lo largo del XIX no puede
entenderse la difusión de muchos textos científicos, filosóficos y literarios
esenciales para el pensamiento de la época. En palabras de Simón Palmer,
“es digno de elogio el esfuerzo de aquellas que aprenden idiomas sin salir de
casa y que gracias a sus traducciones facilitan el conocimiento de novelas
hasta entonces inéditas en España” (1991, pp. 12-13). Mientras que se ha