ISSN: 1579-9794
Hikma 25 (1) (2026), 1 - 23
Hacia la consolidación de las traductoras españolas:
Panorama léxico y socioliterario
Towards the consolidation of Spanish female translators: A
lexical and socio-literary overview
ALMUDENA VIDORRETA TORRES
avidorreta@flog.uned.es
Universidad Nacional de Educación a Distancia
Fecha de recepción: 16/04/2025
Fecha de aceptación: 17/02/2026
Resumen: Durante siglos, la traducción ha sido considerada un discurso
secundario y, por tanto, accesible como recurso para algunas mujeres que
encontraron en ella una forma de participar en la vida cultural sin desafiar
abiertamente las normas sociales: es lo que se ha venido denominando,
según la crítica, un lugar seguro (Spivak, 1993) o escritura aséptica (Hibbs-
Lissorgues, 2008). Este trabajo ofrece un análisis diacrónico del papel de las
traductoras españolas y su consideración social, para subrayar la evolución
histórica de la traducción como forma de autoría legítima para las mujeres en
contextos de restricción social. La consolidación del término traductora en
el siglo XIX refleja la profesionalización progresiva del oficio y su
reconocimiento en la esfera pública. Se esboza el vínculo entre traducción y
pedagogía, prensa y feminismo, reivindicando la importancia de estas
agentes intelectuales en la circulación de saberes, literaturas, y en la
configuración de una genealogía femenina de la traducción todavía
insuficientemente estudiada. Este acercamiento cualitativo se proyecta como
un repertorio de partida para la elaboración de una futura base de datos que
permitirá facilitar estudios posteriores de carácter cuantitativo, así como
analizar la agencia de las traductoras y su función como mediadoras
culturales, además de su influencia en el estilo y la literatura de su tiempo.
Palabras clave: Historia de la traducción, Traductoras, Género y autoría,
Feminismo, Genealogías
Abstract: For centuries, translation was considered a secondary discourse,
accessible as a resource for some women who found in it a way to participate
in cultural life without openly defying social norms: this is what has been
referred to as a safe space by critics like Spivak (1993) or aseptic writing,
by Hibbs-Lissorgues (2008). This paper offers a diachronic analysis of the role
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of Spanish female translators and their social recognition, highlighting the
historical evolution of translation as a legitimate form of authorship for women
in contexts of social restriction. The consolidation of the term traductora
[female translator] in the 19th century reflects the progressive
professionalization of the practice and its acknowledgment in the public
sphere. This essay outlines the connection between translation and
pedagogy, journalism and feminism, emphasizing the importance of these
intellectual agents in the circulation of knowledge, literature, and in shaping a
still insufficiently studied female genealogy of translation. This qualitative
approach is envisioned as a starting repertoire for the development of a future
database of female translators in Spain, that will facilitate subsequent
quantitative studies, as well as the analysis of translators’ agency, their role
as cultural mediators, and their influence on the style and literature of their
time.
Keywords: History of Translation, Female Translators, Gender and
Authorship, Feminism, Genealogies
INTRODUCCIÓN
La consideración de la traducción ha sido cambiante con el paso de los
siglos. El creciente interés en disciplinas como la Historia de la Traducción y
la Traductología ha impulsado su estudio, con análisis recientes que incluyen
una perspectiva de género que logre subsanar los silencios impuestos por
una doble discriminación. La traducción ha sido tradicionalmente relegada a
un segundo plano, a una inferioridad discursiva equiparable a la que se
asociaba con la palabra de las mujeres (Chamberlain, 1992, p. 72). Fijar la
atención en el impacto y la conciencia de dichas diferencias permite desechar
tópicos tan arraigados sobre la feminidad innata de la traducción, metáforas
sexualizadas y sexistas (Godayol, 2013), y esa consideración de las tenidas
por belles infidèles, desde el retórico francés Ménage, pasando por John
Florio en sus traducciones de los Ensayos de Montaigne
1
, hasta George
Steiner
2
. Estas expresiones contribuyeron a consolidar un paralelismo cultural
problemático entre la fidelidad traductora y la conyugal, reforzando jerarquías
simbólicas de género en el discurso sobre la traducción.
1
Florio declaró: puesto que las traducciones son siempre defectuosas, deben ser, por fuerza,
femeninas (Hannay, 1985, p. 9). La metáfora de las bellas infieles alude a que las traducciones,
al igual que las mujeres, podían ser consideradas como fieles y carentes de valor estético, o bien
como estéticamente embellecidas por la intervención del traductor, pero, como consecuencia,
infieles al original.
2
En Después de Babel, decía Steiner: las mujeres poetas y novelistas no destacan como
traductoras sino como declamadoras de una lengua la suya que durante mucho tiempo estuvo
aterida (1980, p. 65).
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La investigación transversal en torno a las traductoras ha tenido
aproximaciones en el ámbito anglosajón, que han subrayado la productividad
y necesidad de adoptar perspectivas de género en la teoría de la traducción
(Simon, 1996, pp. 1-38). Lo mismo ha sucedido desde la academia
germánica, que remite, sobre todo, al periodo inmediatamente posterior a
1800 (Stark, 1999, pp. 31-63). Se trata de una de las épocas más atendidas,
también, desde el hispanismo, en lo que se refiere a la consolidación de las
escritoras en la esfera pública, que ha significado notables acercamientos al
periodo comprendido entre los años 1868 y 1939 (Romero, 2015).
El siglo XIX marca una eclosión fruto del esfuerzo de pioneras del siglo
anterior, cuya labor conviene revalorizar
3
. Hasta entonces, la escasa
participación femenina en el espacio público hacía de la traducción,
considerada un discurso secundario, una vía habitual de expresión, al punto
que muchas autoras preferían publicar obras propias como pseudo-
traducciones (Stark, 1999). La centuria siguiente significa un gran avance
para los derechos de las mujeres, y tanto su práctica traductora como el uso
del término que las designa están normalizados, por lo que la observación del
siglo XX merece una perspectiva diferente a la de estas páginas. Todo ello
pese a que, como se ha señalado en acercamientos recientes, hasta bien
entrado el siglo XXI es posible percibir en España una paradójica feminización
del sector de la traducción editorial junto con una persistente invisibilidad de
las mujeres en dicha profesión, aún alejadas del reconocimiento institucional
y el capital simbólico acaparados por los traductores (Castro, 2011, p. 113;
Fernández, 2012).
Este trabajo ofrece un repaso diacrónico de la consolidación del
concepto traductora, cuya fijación léxica y sociocultural culmina en el siglo
XIX dentro del ámbito hispánico. Se incluyen ejemplos de su uso, tardíamente
incorporado en los repertorios comunes. Se rastrea la percepción que se
desprende de su contextualización en obras literarias y en prensa periódica,
y de los fenómenos en torno a la producción de las escritoras y traductoras
que van aflorando en listas, repertorios bibliográficos y en la esfera pública.
Spivak (1993) destaca que uno de los mayores atractivos de traducir
es hablar en nombre de otra persona, con el propio lenguaje y cuerpo, una
mímica de la responsabilidad con la huella del otro en uno mismo (p. 179).
Como se verá en algunas autoras, al traducir, hallan un lugar legítimo de
enunciación, anticipándose a su tiempo. Las traductoras manifiestan cada vez
más una conciencia de su labor intelectual, de la posibilidad de expresar su
voz por medio de la traducción, dotando a sus traducciones de un carácter
3
Para el estudio de la escritura femenina previa al XIX es imprescindible BIESES, Bibliografía de
Escritoras Españolas y su base de datos.
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feminista: el lenguaje se pone al servicio de la agencia del género (Spivak,
1993, p. 179). De este modo, muchas mujeres resisten, negocian o redefinen
desde la actividad traductora roles tradicionalmente impuestos por las
estructuras patriarcales: traducir se convierte en una de las argucias a las
que recurren para abrirse un espacio entre los letrados (Delisle, 2018, p. 17-
18).
Hasta que las mujeres conquistaron un lugar legítimo en el espacio
público, la traducción significaba una forma de escritura que no despertaba
sospechas, ya que la intelectual parecía quedar eximida de la responsabilidad
de las ideas expuestas. Hibbs-Lissorgues (2008) lo denomina escritura
aséptica. Según Spivak (1993), es un modo de estar a salvo, una
estratagema para lograr seguridad, lo que sugiere que hablar y traducir
conlleva riesgos, que es necesario oponerse a una cierta violencia (p. 180).
La traducción por parte de estas mujeres constituye una intervención
transcultural que, al mismo tiempo, enfrenta una forma de dominación por el
lenguaje. Su efecto se percibe en la configuración histórica de un concepto
que nombra su propia expresión, su entidad como traductoras en el ámbito
hispánico.
1. ALGUNOS ANTECEDENTES: DE LA EDAD MEDIA A LA MODERNA
Los registros documentales sobre la labor traductora de mujeres
españolas en la Edad Media son muy escasos. No obstante, es posible
atribuir a algunas de las mujeres de letras suficiente conocimiento de lenguas
como para haber llevado a cabo traslaciones del latín a lenguas vernáculas,
aunque tales actividades no siempre fueran formalmente reconocidas.
Recientes hallazgos en torno a la atribución femenina, como el estudio de
varios centenares de colofones, no solo indican la existencia de mujeres entre
los copistas que desarrollaron su labor en la Europa medieval, sino que podría
significar el indicio de otro tipo de actividad y de otras comunidades
productoras de libros cuya identidad aún no conocemos (Ommundsen et al.,
2025, p. 4).
En el panorama peninsular se conoce algún testimonio que apunta en
dicha dirección. Valga como ejemplo sor Isabel de Villena (1430-1490),
conocida por dicho nombre al tomar hábito franciscano en 1445, aunque
nacida como Leonor. En su pionera Vita Christi presta atención a aquellos
episodios en los que las mujeres adquieren especial protagonismo.
Reivindicada como la primera escritora en valenciano, se ha señalado que
confeccionó su propia versión desde las escrituras en latín a lengua lemosina
(Pellicer, 1778, p. 64). Lo cierto es que combina fuentes diversas, de las que
hace comentarios y exégesis (Criado, 2013, p. 76). El libro original, escrito
por ella en lengua romance, quedó inacabado, pero despertó el interés de
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Isabel la Católica, fue publicado stumamente y gozó de cierto éxito
editorial.
La reina de Castilla se rodeó de algunas mujeres de excepcional
educación (Howe, 2023, p. 84). Ese fue el caso de Florencia Pinar (1470-
1530), una de las primeras poetas castellanas cuyos versos fueron recogidos
en los cancioneros y que intervino, además, en justas poéticas. En tan
distinguido séquito se contaba Beatriz Galindo, La Latina (1465-1535), signo
de su dominio de dicha lengua, en la que se le han atribuido poemas.
Asimismo, hizo unos Comentarios a Aristóteles. Su relación con la Reina
Católica y su conocimiento del latín la convirtieron en una dama
estrechamente cercana a la familia real, con un papel aún debatido. Su
desempeño como maestra de palacio no queda atestiguado por una
documentación en la que se le identifique como tal (Carabias, 2019, p. 180).
No hubiera sido razonable dicha denominación cuando el concepto era
inconcebible en el imaginario del contexto. Algo similar podría decirse de
Luisa de Medrano (1484-1527), que disfrutó de una educación privilegiada
gracias a la protección regia y llegó a recibir lecciones, entre otros, de Elio
Antonio de Nebrija. Precisamente a este se dice que llegó a sustituir en alguna
de sus clases mientras estaba ausente de la Universidad de Salamanca,
aunque no existen fuentes documentales que prueben la oficialidad de las
mismas (Carabias, 2019, p. 199).
Otras contemporáneas desarrollaron labores intelectuales entre las
que se encontrarán ejemplos que amplíen este censo de traductoras. Isabel
de Vergara, docta helenista y latinista según Lucio Marineo Sículo, tradujo a
Erasmo en la primera mitad del siglo XVI. Precisamente este, en el intercambio
epistolar que mantuvo con uno de los hermanos de Isabel, Juan de Vergara,
escribe desde Basilea que le agrada ver al femíneo sexo regresar del
postliminio y tornar a la primitiva ejemplaridad, consciente de que la española
había leído algunos de sus textos en castellano y otros en latín (Erasmo,
1956, p. 1702). Por esa misma época se tienen noticias de la noble Isabel
Joana Orrit i Pagès (1490-1564). Se hizo monja clarisa y fundó el orfanato de
Santa María de Loreto en Vercelli, y se dice que sabía griego, latín y hebreo,
y que fue escritora, aunque solo se conserve alguna de sus cartas (Chiesa,
2024, p. 212).
Suponer a estas mujeres traductoras por su conocimiento de lenguas
parece natural con políglotas como Luisa de Sigea, nacida en 1522, que
dominaba griego, latín, hebreo, árabe, sirio, italiano, portugués y francés. La
Minerva de Toledo estuvo al servicio de María de Austria y, previamente, de
Catalina de Austria y de la infanta María de Portugal. A esta dedicó su poema
Syntra, enviado al papa Pablo III con una carta redactada por la autora en
cinco idiomas (Baranda, 2013, pp. 785-788) que causó admiración.
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No tuvo tanta suerte una de las intérpretes más afamadas, Malinalli o
Malinche (c. 1500-1529), tenida por traidora desde los primeros testimonios.
Ya Bernardino de Sahagún (1999) la sitúa del lado de los conquistadores y
recuerda cómo, antes de la llegada a Tenochtitlan, fue dicho a
Mocthecuzoma cómo los españoles traían una india mexicana que se llamaba
María, […] y que traían esta por intérprete, que decía en la lengua mexicana
todo lo que el capitán D. Hernando Cortés le mandaba (p. 731). Además de
intérprete, será su pareja, convirtiéndose en una figura muy controvertida.
Durante los siglos XVI y XVII, asistimos a la aparición de más casos en
los que se hace patente la legitimación de voces femeninas a través del
manejo de varias lenguas y, gracias a la publicación de sus versiones, se
disipan las dudas sobre su dedicación traductora. El ejercicio de la traducción
en el periodo áureo tuvo mayor consideración que en épocas posteriores.
Antes de diluirse en una cierta invisibilidad que hiciera flaco favor, por
duplicado, a las mujeres dedicadas al oficio, funcionaba como una estrategia
creativa habitual y una destreza admirable en la República de las Letras. No
es de extrañar, en comparación con otros contextos europeos: en Women as
Translators in Early Modern England, Uman (2012) aboga por la importancia
de la traducción para comprender la asunción intelectual de las mujeres. La
estudiosa subraya que era corriente la percepción de que una traductora no
estaba rompiendo las restricciones de silencio y obediencia (p. 11), por lo que
gozaban de un cierto margen para la expresión y la creación.
A medida que avancen las décadas, con la aparición de más escritoras,
es posible identificar más traductoras. Muchas de ellas lograban tomar la
pluma y profundizar en sus lecturas y su formación desde el ámbito
conventual. En dicho entorno tradujo Francisca de los Ríos una vida de
Ángela de Fulgino (1618), que dedicó a Isabel de Borbón, primera esposa de
Felipe IV. Como la santa con el original, traduce el texto a edad temprana, con
otros paralelismos
4
. Dice en sus preliminares:
Dos atrevimientos he tenido, serenísima señora, en la traducción de
este libro, por la desigualdad de mis fuerzas y tierna edad de doce
a trece años: uno con la beata Ángela / Fulgino, que lo escribió en
lengua latina […] y otro en dirigirla a V. A. […]: el primero me
disculpa el segundo. (Ríos, 1618, h. 7r)
Esa intervención en la que se manifiesta el atrevimiento será reiterada
en ejemplos posteriores como el de Isabel Rebeca Correa. Autora hispano-
portuguesa de ascendencia judía, tradujo y vio publicada su versión de Il
Pastor Fido, de Guarini, en 1694 desde los Países Bajos. En sus páginas
4
Véanse la edición y las notas de Nieves Baranda en su edición de los paratextos de Francisca
de los Ríos (2015) para la base de datos Bieses (Bibliografía de Escritoras Españolas).
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introductorias, estudiadas por Francisco López Estrada (1994), hizo un
llamativo alegato por las mujeres de letras. Ilustró pasajes de la obra con
series de versos claramente identificadas con marcas en los márgenes: lo
traduje metrificado en español, no cediendo en aseo, y pompa a los dos sus
predecesores: antes permítame la modestia al decirlo, los supero en parte [...]
por haberlo ilustrado con algunas Reflexiones (1694, p. 4). Esta amplificatio
permite leer una colección de versos propios que vieron la luz y se conservan
gracias al marco de la obra original. La autora no solamente es consciente de
la validez de su trabajo, sino que, aunque siguiendo la retórica de la falsa
modestia, reafirma la entidad de cada una de las versiones, incluida la suya:
tercera vez sale al mundo metamorfoseado El pastor Fido. Confío, aunque
me gradúe de necia la misma confianza, que le servirá de tercera discreta
para granjearle el general agrado (Guarini, 1694, p. 12).
2. HACIA LA CONSOLIDACIÓN DEL TÉRMINO TRADUCTORA Y SU CONSIDERACIÓN
SOCIAL EN EL SIGLO XVIII
Según la documentación del Corpus Diacrónico del Español (CORDE),
la primera aparición de la palabra traductor en lengua española está fechada
en 1495, dentro del Vocabulario español latino de Antonio de Nebrija. Sin
embargo, como sucede con muchos otros homólogos femeninos, el caso del
término traductora es muy diferente. Habría que esperar hasta bien
avanzado el siglo XIX para detectar otro testimonio, concretamente hasta
1880-1881, cuando se registra su empleo en la Historia de los heterodoxos
españoles de Menéndez Pelayo, nuevamente según el CORDE, y empieza a
emplearse con cierta regularidad. Con dicho término se refiere el filólogo a
María Francisca de Sales Porto Carrero (1754-1808), condesa de Montijo,
que tradujo las Instrucciones cristianas sobre el sacramento del Matrimonio,
extracto en versión española de la obra homónima de Nicolás Letourneux
(1774), publicada en el siglo XVII con una llamativa inscripción en su portada,
que reza: “traducidas en español por…”
5
. Aunque la naturaleza del texto
despertaría suspicacias por su sesgo jansenista, la aristócrata cosechó
notables éxitos y obtuvo cierto reconocimiento (Demerson, 1975, p. 262).
Conocida anfitriona de salón y guía de las conversaciones celebradas en su
casa, en las que se dieron cita contertulios como Goya, Jovellanos o
Meléndez Valdés, se hizo merecedora de esa nueva nomenclatura que se
estaba fijando. La condesa prueba que uno de los géneros literarios más
utilizados por las mujeres en esta centuria fue la traducción (Franco, 2011,
p. 86).
5
La condesa se formó en el Real Monasterio de la Visitación de Madrid, fundado por Bárbara de
Braganza, y se casó con Felipe Palafox, noble aragonés vinculado con los círculos palaciegos,
recordado por su cultura y conocimiento de varias lenguas (Franco, 2011, p. 80-82).
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El aumento de la alfabetización trajo consigo la creación de sellos
editoriales, publicaciones periódicas, interés por las reediciones y la
traducción de obras extranjeras. Como consecuencia, el siglo XVIII deja
espacio a la concurrencia de algunas damas castellanas, que, en aquellos
días favorables a las musas, les presentaron sus ofrendas que acomodaron
a nuevas lenguas y géneros, pero, además, otras hubo que, si no pudieron
o no osaron poetizar, escribieron o tradujeron útilmente (Godoy, 2008,
p. 558). Así decía Manuel Godoy en sus Memorias, escritas en París entre
1836 y 1838, en las que se retrotrae hasta finales de la centuria precedente
con motivo de rememorar su trabajo en el gobierno. Menciona a Magdalena
Fernández, María Rosa Gálvez, Ana Muñoz, la marquesa de Tolosa e Inés
Joyes y Blake (Godoy, 2008, pp. 558-559).
Esas cinco mujeres se granjearon un lugar incontestable en la nómina
de traductoras del siglo XVIII. Si bien no fueron muchas en relación con los
traductores, un 2 % a la luz de investigaciones recientes (Bolufer, 2017,
p. 28), sentaron las bases para el desarrollo de la labor intelectual de sus
congéneres en la España del XIX y han merecido escasa atención, aunque
con recientes esfuerzos
6
. Así, se conocen casos como el de la mencionada
Ana Muñoz, traductora de Las conversaciones de Emilia (1797), novela
pedagógica de Louise Florence D´Epinay, visitando los acostumbrados
géneros de literatura didáctica y el gusto por el trasfondo moral de las obras
de ficción. Otro ejemplo es la poeta y dramaturga María Rosa Gálvez (1768-
1806), citada por Godoy, que imprimla adaptación de varias obras teatrales
y a la que se le reconoce su versión de textos franceses y su implicación con
el pensamiento ilustrado (García Garrosa, 2022, pp. 242-243).
Además de la voluntad de enseñar a través de la lectura, se pone de
manifiesto en la elección de los títulos traducidos una inclinación por el ideario
de la Ilustración en otras traductoras. Catalina de Caso, conocedora de seis
lenguas, con ayuda de Bárbara de Braganza, dedicataria del volumen, dio a
la imprenta su Modo de enseñar y estudiar las Bellas Letras para ilustrar el
entendimiento, de Charles Rollin (1755), rector de la Universidad de París
6
Ver López-Cordón (1996) y García Garrosa (2022), que aporta más de una treintena de
nombres a la nómina de traductoras al español en la España del XVIII: Cayetana Aguirre y
Rosales, Josefa de Alvarado, Josefa Amar y Borbón, Joaquina Basarán, Juana Bergnes, Catalina
de Caso, María Josefa Castillo, Rita Caveda, Cayetana de la Cerda, Sor María Córdoba y
Pacheco, Magdalena Fernández Figuero, María de la Concepción Fernández, María Rosa de
Gálvez, María de Gasca y Medrano, Mercedes Gómez Castro, Margarita Hickey, María Gertrudis
Hore, Inés Joyes, María Ignacia Luzuriaga, María Josefa Luzuriaga, Ana Muñoz, Gracia de
Olavide, Micaela Pastor Fernández, Rosalía Pérez Córdoba, María Francisca de Sales
Portocarrero, María Antonia de Río Arnedo, María Lorenza de los Ríos, María Romero
Masegosa, María Antonia Fernanda de Tordesillas, María Antonia Varela y María Villanova (p.
240). Son ineludibles, también, los aportes de Lafarga (2005).
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(Establier, 2020). En esa línea destaca María Romero Masegosa, que
versionó en 1792 las Lettres d´une péruvienne, novela filosófica de Madame
Graffigny publicada primeramente en 1747, gracias a la cual intervino en uno
de los debates más destacados de la Europa del momento: las polémicas en
torno a las colonias. Lo haa través de la traducción de lo que, a su vez,
nació como ficción en forma epistolar, y con un prólogo en el que declara su
pasión por los libros pese a las dificultades que encontró en su educación
(Smith, 2003, pp. 116-143). Ello le permitía aventurarse de forma más
discreta (Bolufer, 2014, p. 298), tomando distancia en la evocación de su
protagonista, viajera cautiva y exótica, puesto que se trataba de una princesa
inca apresada por los españoles.
Hay que recordar a Margarita Hickey (1728-1801), que en 1789
introdujo en sus Poesías varias, sagradas, morales y profanas o amorosas
una versión en español de la Andrómaca de Racine (1667), la más fiel, a juicio
mismo de la traductora. Pero lo interesante es que el argumento introduce, a
través del personaje femenino, ese dilema trágico entre el bien común y el
deseo individual (Establier, 2020, p. 106). Hickey tradujo, además, Zayra y
Alzira, ambas de Voltaire, aunque estas versiones nunca vieran la luz
7
. Por
su parte, Inés Joyes (1731-1808), de origen inglés, a propósito de su
traducción de El Príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson, nos regaló una
fundacional Apología de las mujeres en forma de carta a sus hijas en 1798
8
.
Otra destacada ensayista fue Josefa Amar y Borbón (1749-1833), que
tradujo desde el francés y el latín, como la también poeta María Gertrudis
Hore (1742-1801). Se refería asimismo Manuel Godoy a Magdalena
Fernández y Figuero, que versionó La muerte de Abel vengada, de Legouvé
(1803), comprometido con la igualdad de las mujeres. Pero cabría añadir
otros nombres como el de María Cayetana de la Cerda y Vera (1755-1798),
condesa de Lalaing, que tradujo las Obras de la marquesa de Lambert (1781),
Anne-Thérèse de Marguenat (1647-1733). Incluye un prólogo de la traductora
en el que declara su afinidad con la autora, que le acarreó problemas con la
censura (Bolufer, 2017, pp. 33-34).
Junto a ellas, tarea pendiente será el rescate de nombres como el de
Juliana María de Antonio, de la que se dijo que tradujo, con el padre Gaspar
de San Antonio (Serrano, 1903, p. 50) La dichosa peregrina (1714), una vida
de santa Brígida de Suecia. O María Rosario de Cepeda y Mayo (1756-1816),
que manejaba cinco lenguas y tradujo una oda de Anacreonte y una fábula
de Esopo (Serrano, 1903, p. 268), así como de tantas otras que no llegaron
7
Puede consultarse en el Ms. 18549/5 de la BNE.
8
Véase la edición exenta a cargo de García Sánchez-Migallón (Joyes, 2024), que reafirma el
carácter fundacional del texto.
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a ver publicadas sus traducciones, pero de las que se conservan solicitudes
de licencias y otros documentos que las atestiguan.
Dichas calas impulsaron definitivamente la labor traductora de las
mujeres, acorde con su mayor protagonismo en la esfera cultural y de
pensamiento. Tras la Revolución Francesa, traducir empezará a tener la
consideración de actividad femenina por excelencia porque se hace en
casa, es una actividad privada y no se da en ella esa exposición indecente en
el mercado literario (Bueno, 1997, p. 514). Aunque traducir no era un oficio
plenamente reconocido y como tal reunía las ventajas de una actividad
anónima que se podía ejercer desde la intimidad del hogar sin arriesgarse a
la publicidad casi escandalosa para una mujer (Hibbs-Lissorgues, 2008,
p. 326), se va consolidando y reconociendo, a juzgar por la aparición de
nombres de traductoras en las prensas. En dicha senda se consiguen otros
logros, como demuestra María Antonia Gutiérrez Bueno (1781-1874). Sus
trabajos como traductora se registran en 1800-1804 y 1832, mientras inicia
un diccionario de mujeres célebres para cuya redacción obtuvo acceso a la
Biblioteca Nacional en 1837, hasta entonces estado vetado a las mujeres
(Pérez Ramos, 2023, p. 23)
9
.
3. DIDACTISMO Y PROFESIONALIZACIÓN EN EL SIGLO XIX
Con el cambio de siglo afloran nuevos ejemplos del uso de la etiqueta
de traductora que refrendan su fijación. En 1800 se editan en Madrid las
Cartas selectas de una seora a una sobrina suya, entresacadas de una obra
inglesa impresa en Filadelfia, y traducidas al espaol por Doa Rita Caveda
y Solares. El de esta asturiana es un caso curioso, puesto que nunca se ha
encontrado el original, que parecía proceder de Estados Unidos y hacerse
directamente de la lengua anglosajona, y no desde Francia o por mediación
francesa, como era más frecuente (Bolufer et al., 2008, p. 146). Conocedora
del latín, el francés y el inglés, Caveda dice seleccionar doce cartas cuya
temática era la educación femenina, probablemente siguiendo una
antiquísima estrategia ficcional, como ha señalado la crítica, que en su
contexto supone, además, la consolidación del ya familiar, y pudoroso,
patrón de la mujer-traductora que venía distinguiendo el rostro público de la
escritura femenina (Bolufer et al., 2008, p. 145). A esas alturas ya pueden
encontrarse otras obras de ese cariz pedagógico firmadas por autoras, pero
la trascendencia era mínima en comparación con las de los hombres y, por
otra parte, las circunstancias pudieron seguir alentando estrategias de
9
Ver la mujer en la traducción, de Pérez Ramos (2023, pp. 27-36) y Apuntes sobre la historia
de la traducción en clave femenina (Pérez Ramos, 2023, pp. 78-86). La estudiosa se refiere a
otras traductoras de obras sobre educación femenina: María Antonia F. de Tordesillas, María
Cayetana de la Cerda, María Romero Masegosa, Ana Muñoz, María Antonia del Río, Beatriz
Cienfuegos, Gertrudis de Hore, Nicolasa Helguero y Josefa Amar (p. 30).
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alienación con las que desprenderse de responsabilidades. Su práctica
demuestra que la traducción […] construyó una vía de expresión femenina
de vital importancia (Pérez Ramos, 2023, p. 33).
Prueba de todos estos avances es también el incremento del empleo
del término traductora en los discursos documentados a lo largo de la
siguiente centuria. Así, ya avanzado el XIX, a la altura de 1884-1885, Leopoldo
Alas escribirá en La Regenta sobre el vicio grave de Ana Ozores: la
literatura. Habiéndole descubierto sus tías un cuaderno con poemas
manuscritos, se genera todo un conflicto en su entorno, preocupados porque
las literatas no eran mujeres de bien. Para colmo, había osado escribir versos
que, según el canónigo, no eran ni más ni menos que imitaciones de
Lamartine (1790-1869). Refiriéndose al barón de la Barcaza, Clarín formula
un irónico refuerzo para los argumentos en contra de tal afición: Lo mismo
opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido por una poetisa
traductora de folletines (Alas, 2005, p. 232).
Se trata de un momento crucial en el que influye el auge de la prensa
periódica del siglo XIX, ya que con él se consolida la proliferación de distintas
formas de escritura y el nacimiento de nuevos espacios disponibles para la
agencia femenina: periodismo, creación, gestión y traducción, entre otras
prácticas. Se trata de una realidad muy comentada, que flota en el ambiente
y penetra los discursos hasta convertirse en motivo de burla. El 23 de
diciembre de 1866, en la primera y la última página de la publicación satírica
Gil Blas, escribe una voz anónima, bajo el título Murmullitos: ¡Cielos!... ¡Yo
periodista como Pilar Sinués de Marco, Ángela Grassi, Robustiana Armiño,
Joaquina Balmaseda, Faustina Sáez de Melgar y otras once mil… escritoras
que llenan con sus plumas todos los semanarios de modas de este mundo y
del otro!.
Traductoras todas ellas, requieren una catalogación sistemática y
análisis transversales que ayuden a situar su labor en el cultivo de las letras.
Las exclamaciones de Clarín o del Gil Blas son consecuencia de la
proliferación de autoras con actividad constante en publicaciones periódicas.
De las mencionadas, Ángela Grassi (1826-1883), conocedora del francés y
el italiano, llegó a dirigir El correo de la moda (1867-1883) y publicó
traducciones, tanto falsas como verdaderas, algunas de ellas bajo
pseudónimo (Zúñiga, 2023, p. 10). Entre 1860 y 1880, Robustiana Armiño
(1821-1890) tradujo cuentos de los Grimm para la revista Los Niños, en la
que también particiCarolina Coronado, así como textos periodísticos de
origen anglosajón y francés en El Periódico para todos (Hernando, 2014,
p. 9). También la aragonesa Pilar Sinués (1835-1893) fue directora de El
ángel del hogar y colaboradora de La Correspondencia de España. En ellas
publicó más de un centenar de obras y traducciones de Alfred de Musset
12 Hacia la consolidación de las traductoras españolas […]
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(1810-1857), Paul Féval (1817-1887) o Hendrik Conscience (1812-1883),
entre otras, en cuya elección pesaron los temas y su deseo por introducir
obras y autores que admiraba (Pérez-Bernardo, 2023, p. 229). Compuso,
además, una Galería de mujeres célebres. Colección de leyendas biográficas
que vio sucesivas ediciones desde 1864.
Otras siguieron caminos parejos en la coordinación de revistas y la
traducción para prensa. Así, Julia Codorniu (1854-1906), nacida en Manila,
autora del libro titulado Mis versos. Contiene largas y enérgicas
composiciones en prosa y verso sobre las iniquidades de la Ley para con la
mujer casada y sobre las deplorables consecuencias de producir efectos
legales el matrimonio canónico (1894). Colaboró con La Moda ilustrada,
Flores y Perlas, La Guirnalda, La Correspondencia de España, de cuyo
suplemento Crónica de la Moda y de la Música fue primera redactora, y El
Álbum del tocador, que llegó a dirigir, en los que publicó varias traducciones
(Simón Palmer, 1991, pp. 197-199). Durante meses estuvo al mando de La
Semana Literaria y, además de traducir en La Polilla, El Álbum del tocador
(1878) y La Correspondencia de España (1883) (Turc-Zinopoulos, 2019,
p. 428), se dio conocer en el panorama madrileño con la publicación de Las
fraguas de Pont-Avesnes, traducción versificada de una novela de Georges
Ohnet con el subtítulo de Romancero seguido de varias poesías de dicha
señora (Codorniu, 1882), que ilustra con más de una treintena de
composiciones propias (Turc-Zinopoulos, 2019, pp. 317-318).
Lo mismo se puede decir de Concepción Gimeno Flaquer (1850-1919),
que residió en España, Francia, Portugal y México, y tradujo del francés y del
inglés. Fundó La Ilustración de la mujer y participó en publicaciones como El
Álbum Iberoamericano, donde puede leerse una buena colección de artículos
que dan muestra de sus convicciones: sobre madres de hombres ilustres,
mujeres de ciencia, artistas y figuras icónicas como La Malinche. Fue autora
de obras como La mujer española (Gimeno Flaquer, 1877), que captó la
atención de Víctor Hugo (Simón Palmer, 1991, pp. 363-374). Con ella, tantas
otras, como Elvira Cornellas, Antonia Corominas, Dolores Gortázar o Luisa
de Estrada (Simón Palmer, 1991, pp. 205-206).
Con el trabajo de estas escritoras involucradas en el mundo de la
prensa se desarrolla otra profesión remunerada, la de traductora, que por
primera vez se considera oficio digno, menos comprometido, en apariencia,
que el de editora o escritora. Sin su labor a lo largo del XIX no puede
entenderse la difusión de muchos textos científicos, filosóficos y literarios
esenciales para el pensamiento de la época. En palabras de Simón Palmer,
es digno de elogio el esfuerzo de aquellas que aprenden idiomas sin salir de
casa y que gracias a sus traducciones facilitan el conocimiento de novelas
hasta entonces inéditas en España (1991, pp. 12-13). Mientras que se ha
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reconocido su labor creativa, falta profundizar en esa otra faceta tan
relevante, imprescindible para la difusión de obras centrales en el canon
europeo, que con tanta dedicación leyeron y tradujeron autoras como
Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) con Lord Byron, Carolina
Coronado (1820-1911) con Petrarca, o Emilia Pardo Bazán (1851-1921) con
Heine. Todas fueron recogidas por Juan Pedro Criado y Domínguez en el
apéndice de sus Literatas españolas del siglo XIX (1889), donde figura un
listado de Traductoras bajo el acápite: Señoras que, sin ser escritoras,
figuran merecidamente en el catálogo (Criado y Domínguez, 1889, pp. 192-
193)
10
.
Vendrían después otras traductoras vinculadas con prácticas
escriturarias más allá de la creación, que pudieron desarrollar sus
capacidades en un siglo XX más indulgente con el género femenino. Matilde
Ras (1881-1969), cuyos manuales de grafología se emplean hasta nuestros
días, empezó su carrera traductora en el XIX con versiones de clásicos
infantiles como Hans Christian Andersen, Perrault o los hermanos Grimm
(Fraga, 2016). Y consta alguna incursión de Josefina Blanco (1878-1957),
actriz cuyo reconocimiento intelectual se vio opacado por su esposo, Valle
Inclán: así lo atestigua un folleto de 1910 titulado Jesucristo y la mujer, de la
condesa Ernestina de Tremaudán (Valle-Inclán Alsina, 2012, p. 194). Otro
caso es el de Antonia Rodríguez de Ureta, inspectora de educación, novelista,
directora de la Semana Católica de Barcelona (1889-1902) y traductora, por
ejemplo, de Mme. Cloven.
Aquellas líneas de Gil Blas, pero también Criado y Domínguez, se
hacían eco asimismo de Faustina Sáez de Melgar (1834-1895) y Joaquina
García Balmaseda (1837-1911). En su obra creativa, en los paratextos de sus
traducciones y en su participación en revistas de la época, ofrecen reflexiones
sobre el papel de las mujeres en el ámbito intelectual, que ponen en relación
con la faceta traductora. Es fenómeno frecuente, ya que el uso de la
intertextualidad pudo permitir una interpretación libre del texto original y así,
de una manera soterrada o poco transparente, mediante la adición, negación
y hasta manipulación del mismo, verter ideas propias (Franco, 2011, p. 87).
Faustina publicó con 18 años su primer poema en El Correo de la
Moda, y su primera novela con 25. Daba muestras de una temprana vocación
literaria que llamó la atención de Juan Eugenio Hartzenbusch (1886, p. 296).
10
Junto a las lenguas de las que traducen, menciona 45: Aguirre, Asensi, Balmaseda, Barrera,
Camps, Codorniu, Coronado, Baronesa de Cortes, Dale, Ezquerra, Fríjola, Gálvez de Cabrera,
Gasca, Gassó y Ortiz, Gayangos, Gómez Carabaño, Gómez de Avellaneda, Grassi, Haro-
Notburga, Lallana, León, Luxán, Lluch, Mañé, Martínez de Robles, Medinabeitia, Misler,
Montagne, Nesteill, Pardo Bazán, Perelló, Piedra, Pujol, Rangel, Real, Rubiano, Sáez, Santa
Cruz, Sierra, Silva, Sinués, Solance, Tartilán, Tovar y Vera (1889, pp. 192-193).
14 Hacia la consolidación de las traductoras españolas […]
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Se ha dicho que refrenel modelo conservador del ángel del hogar (García
Jáñez, 2005), pero, al mismo tiempo, afloran en su producción
reivindicaciones de corte feminista. Fundó y presidió el Ateneo Artístico y
Literario de Señoras, cuya sección de labores dirigió en 1869 Joaquina García
Balmaseda, hecho que revela las redes de sociabilidad de estas
contemporáneas. Sáez de Melgar desempeñó cargos en el Comité de
Señoras de la Sociedad Abolicionista Española desde 1865, cuando se
constituyera (Simón Palmer, 1991, p. 607). En 1871 participó en la fundación
de la Asociación de Señoras Protectora de los Esclavos en Madrid, que
presidió, con el apoyo de sus secretarias, Pilar Sinués, Ángela Grassi,
Micaela de Silva y Blanca de Gassó. En alocuciones del Ateneo de Señoras,
Faustina Sáez pone de manifiesto que su discurso, como es habitual en la
expresión de estas mujeres desgarradas entre el deseo y el poder (Hibbs-
Lissorgues, 2008, p. 325), representa un constante tira y afloja entre el sentir
y el decoro.
La traducción, para Sáez de Melgar, es una intervención, una forma de
agencia y mediación cultural, además de modo de vida. Dirigió revistas como
La violeta (1862-1866), La mujer (1871) y La canastilla infantil (1882).
Contribuye a la traducción de obras francesas edificantes, con cierto interés
económico: se le saca partido a la novela por entregas. Sáez de Melgar
tradujo Los dramas de la bolsa (1884), de Pierre Zaccone; Los vecinos (1883),
de la sueca Frederica Bremer; y, entre otros títulos, también publicó su
versión del texto rumano Flores y perlas. Colección escogida de novelas,
cuentos y leyendas (1889), de Carmen Silva, pseudónimo de Isabel, reina de
Rumanía (Simón Palmer, 1991, pp. 607-618). Las traducciones aparecen
entreveradas con el propio discurso en títulos de su autoría como Un libro
para mis hijas. Educación cristiana y social de la mujer, dedicado a las
madres y esposas (1877, p. 34). Incluye fábulas, traducciones de origen
francés, y les da consejos a las jóvenes españolas.
Más allá de la domesticación y la delgada línea entre su originalidad
literaria y la traducción (Hibbs-Lissorgues, 2008, p. 325), hay una
concienciación por parte de la autora en el aliento de modelos para la imitatio
de las escritoras:
pocos libros de este género tenemos en nuestra querida España,
donde la literatura se aprecia tan poco, que nuestros escritores se
dedican a la política, y las escritoras, no hallando estímulo que las
aliente a seguir con seriedad la carrera de las letras, solo por
pasatiempo las cultivan, y no emprenden obras de este género
(Sáez de Melgar, 1883, pp. 5-6)
Joaquina García Balmaseda, con la que compartió páginas y
proyectos, tradujo del inglés e italiano, aunque se cree que utilizó versiones
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intermedias, como el francés, lengua de mediación cultural durante el siglo
XIX (Pérez-Bernardo, 2021, p. 122). Fue la primera mujer que habló desde la
tribuna de la Universidad Central, germen de la Complutense (Huerta, 1896,
p. 3). Se granjeó respeto como poeta, escritora y traductora después de
convertirse en la encargada de la parte literaria de La Correspondencia de
España en 1864, donde ya colaboraba.En ella tradujo numerosas novelas en
forma de folletines por entregas, con afán de renovar el género (Ramírez,
2015, p. 67).
Su elección de títulos denota especial atención hacia autoras y tramas
de protagonistas femeninas, con textos, entre otras, de Madame Charles
Reybaut; de Virginie Ancelot; el Diario de una mujer, de Octavio Feuillet; La
hada de Auteuil o Los amores de Aurora, de Ponson du Terrail; El capitán del
buitre, de Mary E. Braddon; Santiago Broneau, de Madame de Clésinger-
Sand; El beso de la condesa Sabina, de Antonio Caccianiga; Amada, El
caballero Fortuna, El paraíso de las mujeres y El pretil de aventureros, de
Paul Feval; Dos madres, El conde de Coulange, La encantadora y La hija
maldecida, de Émile Richebourg; Cecilia y Creación y redención, de
Alexandre Dumas; Madama Frainex, de Roberto Halt; El abismo, de Charles
Dickens; La novia, de Enmanuel González; o Los amores de una gran señora,
de Alfredo de Brehat, entre otros
11
.
Sus comienzos, siguiendo la veta pedagógica de muchas de estas
intelectuales, estuvieron imbricados con la literatura infantil. Colaboró con
cuentos propios y traducciones en La aurora de la vida: único periódico
ilustrado dedicado a niños de ambos sexos (1860-1862), y en La Educanda
(1862-1865). En esa línea edificante, hay que destacar las traducciones por
entregas de Cendrillon, cuento popular infantil y las Memorias de una niña,
escritas en francés por Julie Gouraud, así como Memorias de una muñeca,
también sobre texto de Gouraud. Esas traducciones son caldo de cultivo de
títulos posteriores de la autora como Historia de una muñeca escrita por ella
misma: libro de utilidad y recreo para las niñas (1889).
Tradujo, entre otras, a Georges Sand, a la que la crítica tradicional
asocia al igual que Dumas, Balzac o Sue con los nuevos y nocivos aires
del Romanticismo, con el polémico género de la novela (Pegenaute, 2004,
p. 352) de autores franceses que llegaban a corromper la moralidad y las
costumbres, otorgándole a la mujer un papel que no le corresponde
(Pegenaute, 2004, p. 352). Algunas de sus versiones en prensa se
convirtieron en libros gracias a la Biblioteca de La Correspondencia y
11
Ofrecieron relación Huerta (1896) y Simón Palmer (1991, pp. 284-293), que recuerda que
dirigió El Correo de la moda (1883-1893) como sucesora de Ángela Grassi. Ver también Thion
(2024), Pérez-Bernardo (2021) y Ramírez (2015).
16 Hacia la consolidación de las traductoras españolas […]
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pueden atribuírsele otras sin firma, como El marqués de Villemer de Sand
(Thion, 2024), de quien también tradujo Las damas verdes (1863), Cesarina
Dietrich (1871) y Flammarande (1878).
Este acercamiento cualitativo deja entrever el notable incremento de
traductoras durante el siglo XIX, en un escenario cada vez más propicio para
la escritura y la expresión femeninas. No obstante, y hasta época reciente,
esa mayor presencia laboral femenina no se ha traducido en una valoración
social equitativa con los hombres dentro del campo intelectual (Fernández,
2012, p. 62). Las mencionadas, entre otros casos, son figuras esenciales
cuya labor de mediación permitió la gestación de una autoría soberana desde
espacios más allá del convento, la corte y el hogar. El desarrollo de una base
de datos diseñada para recopilar nóminas, títulos, fechas y fragmentos de la
producción de estas traductoras facilitará el estudio de conjunto sobre la
intervención cultural intraibérica, transatlántica y de intercambio con otras
literaturas europeas. Cuantitativamente, en los albores del siglo XX resulta
innegable que estas redes de mujeres han facilitado un flujo de conocimiento
y han consolidado su papel como agentes activos y esenciales en la
construcción de un espacio cultural compartido.
CONCLUSIONES
Este panorama diacrónico apenas si esboza la evolución de un término
y su percepción social, que se va consolidando gracias al empeño de tantas
traductoras, muchas más de las aquí recogidas. Su conciencia creadora se
abre paso en los paratextos de sus traducciones, en la elección de las obras
con las que trabajaron, en paráfrasis y adiciones. Desde la marginalidad de
la traducción, y de las mujeres, el devenir de los tiempos da paso a nuevas
formas de expresión y resistencia gracias a estrategias de legitimación del
discurso del yo como la traducción. Con una perspectiva de género, esta
labor traductora se revela como un acto de agencia y transgresión cultural.
Aunque escasos, hay indicios del papel de las mujeres en la traducción
en la España medieval y moderna, alguna que otra incursión, casi siempre al
abrigo de un personaje influyente o los muros de un convento. Es preciso
insertar en esta genealogía algunas mujeres cultas con dominio de múltiples
lenguas, que normalizaron así su labor intelectual, caso de la Malinche,
Beatriz Galindo, Isabel de Villena, Francisca de los Ríos o Isabel Correa, ya
a finales del seiscientos.
A medida que las mujeres van adquiriendo cierta notoriedad y
reconocimiento en distintos ámbitos de la sociedad, el aumento cuantitativo
de traductoras es exponencial. Su labor intelectual puede ser nombrada y,
como consecuencia, se puede reflexionar sobre ella, algo que sucede en el
siglo XVIII. Circunscritas según las normas sociales a los géneros de ficción,
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tanto en las lecturas como en la traducción, algunas autoras llegan a
responsabilizarse de versiones de obras extranjeras que, posteriormente,
pasaron a formar parte del canon, por lo que su pluma ejerce una influencia
en la formación de las nuevas generaciones. Aprovechando el auge editorial
y el espíritu ilustrado, destacaron figuras como Margarita Hickey o Inés Joyes,
que contribuyeron a difundir ideas modernas, educativas y feministas.
Muchas usaron la traducción como vía discreta de participación intelectual,
enfrentándose a la censura.
Traducir pasó a considerarse una actividad femenina legítima porque
podía realizarse en el ámbito doméstico. En cuanto a número, dedicación y
oficialidad, un momento culminante en la historia de las traductoras españolas
es el siglo XIX, en el que se atestigua el acceso de las mujeres a un mayor
espectro de obras y temas. Proliferan las editoras de revistas de moda y
semanarios para jóvenes y niños, tenidos por inocuos. Desde ahí introducían
novedades de otras culturas, con marcada perspectiva de géneros morales y
didácticos. Respondiendo a las necesidades de ese mercado en expansión
que supone el desarrollo de la prensa, la demanda de folletines y cuentos,
muchas escritoras conquistan una autonomía personal y profesional, también
como traductoras. Autoras como Ángela Grassi o Pilar Sinués participaron en
la prensa, combinando traducción, escritura y dirección de revistas. Faustina
Sáez o Joaquina García Balmaseda también destacaron, reivindicando los
derechos de las mujeres y difundiendo obras extranjeras, en ocasiones bajo
pseudónimo.
Aunque sea tras la máscara de otras voces, definen la suya propia en
prefacios o adendas. La traducción, como en épocas anteriores, puede ser
pretexto para dar cabida a textos de factura propia, combinada en ocasiones
con la elección de ciertos nombres consolidados que legitimaran la
publicación. El interés de la sociedad por la lectura de traducciones ofrece
una predisposición positiva, que repercute en las traductoras. Supone una
veta para la creación femenina, que puede aportar ideas subversivas
consideradas meras versiones, por tanto, de naturaleza anodina. Todo ello
se produce paralelamente al anhelo regeneracionista por la mejora de la
educación, que alienta la elección de títulos y variantes. El espacio público y
el doméstico se funden, hay una transgresión espacial que podemos leer
desde la teoría de la traducción gracias a la agencia de las traductoras.
Aumenta la lectura de obras escritas por mujeres, traducidas por mujeres,
desde la periferia, y por sujetos pertenecientes a la misma, subalternas, en
términos de Spivak (1994), que se integran así doblemente en el campo
intelectual. Un gesto solidario de naturaleza cultural que se constituye en un
fenómeno político que hay que poner en valor.
18 Hacia la consolidación de las traductoras españolas […]
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Este y otros acercamientos cualitativos contribuyen a la elaboración de
un repertorio bibliográfico específico de traductoras en el mundo hispánico,
que, en el soporte de una próxima base de datos en construcción, sirva para
difundir un catálogo que ayude a investigaciones posteriores de carácter
cuantitativo. De ese modo, se podrá estudiar la agencia de las traductoras y
su papel como mediadoras entre lenguas y producciones culturales diversas.
Además, será posible establecer, mediante datos empíricos, redes sociales,
periodizaciones y mapas que ayuden a visualizar la traducción por parte de
las mujeres como estrategia para introducirse en un universo relegado
tradicionalmente a los hombres.
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