Tradición
costumbrista, estereotipos populares y procesos de significación formal en la
Andalucía de Florián Rey
Folkloric traditions, Popular stereotypes, and Processes of formal signification
in Florián Rey’s Andalusia
Alberto Añón
Lara
Universidad de Córdoba
https://orcid.org/0000-0003-0343-5547
Resumen
Acusado con frecuencia de ofrecer
una imagen distorsionada de la realidad social de regiones como Andalucía, el
cine español producido durante la Segunda República cuenta con algunas
producciones adscritas al género de la españolada que fueron duramente criticadas
por la prensa especializada del momento. Esta situación acabaría dando lugar a
la aparición de ciertas corrientes historiográficas que, como ocurriera en los
años treinta del pasado siglo, siguen ancladas en la crítica hacia unas formas
de representación cinematográfica de los imaginarios regionales que, como
sucede en Morena Clara (Florián Rey, 1936), se alejan de cualquier
intento de utilizar el cine como una herramienta capaz de dar cuenta de los
problemas materiales de la población. Tomando estos debates sobre la españolada
cinematográfica como punto de partida, este artículo plantea, en primer lugar,
una reflexión en torno al peso que tuvieron los tópicos de origen romántico en
la configuración de la imagen cinematográfica de Andalucía. Tras estas
consideraciones previas, el artículo se centrará en el estudio de los procesos
de significación formal de la película de Florián Rey, con el objetivo de
desentrañar el funcionamiento de los mecanismos formales que posibilitan la
articulación de interesantes discursos sobre el racismo.
Abstract
Often
accused of presenting a distorted image of the social reality of regions such
as Andalusia, Spanish cinema produced during the Second Republic included
several films classified as españoladas that
were harshly criticized by the specialized press of the time. This situation
would eventually give rise to certain historiographical trends that, as
occurred in the 1930s, remain rooted in criticism of certain forms of cinematic
representation of regional imaginaries which, as in Morena Clara
(Florián Rey, 1936), stray from any attempt to use cinema as a tool capable of
addressing the material problems of the population. Taking these debates on the
españolada as our starting point, this article
first reflects on the influence of romantic tropes in shaping the cinematic
image of Andalusia. Following these preliminary considerations, the article
will focus on the study of the processes of formal signification in Florián
Rey’s film, with the aim of unraveling the functioning of the formal mechanisms
that enable the articulation of interesting discourses on racism.
Palabras clave
Florián Rey; Andalucía; Españolada;
Gitanos; Racismo.
Keywords
Florián Rey; Andalusia;
Españolada; Gypsies; Racism.
1. Introducción
Cuando intentamos
aproximarnos al estudio de las producciones cinematográficas más destacadas de
Filmófono y Cifesa, resulta relativamente sencillo encontrar numerosos trabajos
académicos que, con la rigurosidad que caracteriza a sus autores, dan buena
cuenta de la riqueza artística del cine producido en España durante la Segunda
República. Sin embargo, no podemos pasar por alto que muchos de estos estudios,
al mismo tiempo que reivindican la labor desempeñada por la industria durante
uno de los períodos más fructíferos de la historia de nuestro cine, suelen ser
bastante críticos con todas aquellas películas a las que califican
peyorativamente como españoladas. Esta postura que acabamos de evidenciar
queda, a nuestro juicio, perfectamente sintetizada en la descripción que Román
Gubern hace de los principales ejes temáticos que suelen estar presentes en
este tipo de producciones:
Una variante sumamente
específica del cine musical es la «españolada», género hoy autónomo, pero de
origen francés (espagnolade), generado en el período romántico mediante una
exasperación del «color local» y del «pintoresquismo» andaluz. [...] un género
caracterizado por una sublimación idealista del tipismo diferencial de las
zonas rurales económicamente deprimidas y de coloración feudal, y definida por
lo tanto por la exaltación del agrarismo (con todo [sic] caciquil y
latifundista), por su nacionalismo xenófobo, por su machismo antifeminista y
por su concepción religiosa ultraconservadora. [...] Los años treinta, en los
que los problemas de la España rural saltan por vez primera al debate público
en gran escala, son años áureos para la «españolada» en el cine nacional (Gubern, 1977: 124-128).
Un concepto, este de la
españolada, bastante problemático, en tanto que su propia definición, tal y
como fue planteada por Román Gubern, excluye la posibilidad de encontrar en los
modelos populistas del cine republicano un resquicio mediante el cual muchas de
sus películas pudieran ser valoradas como algo más que una simple caricatura
del costumbrismo regional andaluz. Efectivamente, como puede deducirse de las
palabras de Gubern, tratar de encontrar en el cine español de los años treinta
una producción cinematográfica que se mostrara comprometida con la realidad
social del momento resulta, cuanto menos, una tarea hartamente compleja. Si,
además, fijamos nuestra mirada en el trabajo desarrollado en esta misma época
por otros países de nuestro entorno, parece evidente que el cine del período
republicano difícilmente podía equipararse a las incipientes corrientes
realistas que estaban comenzando a tomar forma en países como Francia. Allí
donde cineastas como Jean Renoir empezaban a introducir en el cine una
dimensión social próxima a la practicada por Gustave Courbet en el ámbito de la
pintura, el cine español aún seguía tratando de definir su propia personalidad.[1]
No podemos negar que el
grueso de la producción republicana explotó con tesón «[…] el tipismo
diferencial y el folclorismo de las zonas más deprimidas y premodernas de la
España rural, como la Andalucía latifundista, que se presentaba poblada por
gitanos y toreros, con criterios atávicos, reaccionarios y machistas» (Gubern,
2021: 157). Sin embargo, como trataremos de demostrar a continuación, es en la
utilización de estos elementos temáticos descritos por Gubern donde reside la
fuerza discursiva de algunos de los títulos más representativos de la
españolada cinematográfica. Partiendo de esta premisa, el objetivo de este
trabajo consiste en analizar los discursos de corte progresista que se
articulan en Morena Clara a partir de un análisis de los movimientos de
escritura que el filme pone en juego.
Esto hace necesario
recordar que «[...] cada película impone y determina las leyes que le son
propias, no estando las codificaciones que supone más que en función de un
contexto imperativo» (Mitry, 1990: 94). Si nuestra reflexión no parte desde
y hacia la imagen, sino que se ve condicionada por el peso
historiográfico que sigue teniendo el concepto de españolada, convirtiéndose
así en el operador textual que guíe nuestro análisis, el estudio de la
dimensión discursiva de Morena Clara quedaría determinado por un
elemento que nos alejaría progresivamente de la atención a la forma fílmica. Se
trata, en definitiva, de que nuestra reflexión quede organizada por criterios
que nos permitan interrogar los mecanismos formales que constituyen a este
filme en un objeto significante. La decisión de situar nuestra mirada dentro de
los límites concretos del texto fílmico, atendiendo para ello a sus operaciones
de formalización, no implica, en cualquier caso, ignorar la influencia que
efectivamente ejercen en la configuración de su universo narrativo esas viejas
estampas románticas que tanto rechazo siguen generando entre los detractores de
la españolada.
2. La españolada y la construcción
cinematográfica de Andalucía durante la Segunda República
Para tratar de responder
a algunos de los interrogantes que pueden plantearse en torno al concepto de la
españolada, debemos comenzar señalando que la configuración de la imagen
cinematográfica de Andalucía durante el período republicano estuvo ampliamente
determinada por las visiones románticas de nuestro país surgidas a lo largo del
siglo XIX. Abordar el estudio de Morena Clara en los términos
establecidos en la introducción implica, en consecuencia, asumir que un número
significativo de las producciones calificadas como españoladas convirtieron
estas visiones arquetípicas de los imaginarios regionales en una de sus
principales señas de identidad. Esto nos sitúa ante un escenario que, como
veremos en lo que sigue, acabaría generando intensos y complejos debates sobre
los posibles efectos adversos que esta tendencia acabaría teniendo en el
desarrollo estético de la cinematografía española.
Fue a partir de los años
veinte, coincidiendo con la enorme expansión que experimenta la prensa
cinematográfica en España, cuando comienzan a surgir las primeras voces que
abogaban por que la industria pusiera fin a la utilización de estos
estereotipos de origen romántico. Entendiendo que su uso suponía un lastre para
las aspiraciones artísticas del cine español, lo que defendían muchos de los
críticos de estas revistas especializadas era el desarrollo de una cultura
cinematográfica que posibilitara la construcción de un cine nacional capaz de
reflejar con autenticidad la realidad social del pueblo español.[2]
Esta postura no implicaba, en cualquier caso, que todos aquellos elementos que
estuvieran relacionados con la cultura popular española tuvieran que ser
erradicados de la gran pantalla, sino que su representación fílmica debía ser
sometida a un proceso de depuración que garantizara una alternativa a esos
tópicos románticos que seguían distorsionando la imagen de nuestro país (García
Carrión, 2013: 328-336).
Sin embargo, el grueso
de estas demandas acabaría cayendo en saco roto debido a las enormes carencias
materiales que presentaba la industria cinematográfica en aquel momento. La
difícil situación económica que atravesaba el país, unida a la falta de recursos
financieros y a la ausencia de infraestructuras industriales sólidas, obligó a
las productoras españolas a continuar explotando comercialmente «[…] the powerful iconography
of Andalusian folk customs, flamenco, banditry, and bullfighting as the essence of Spain» (Griñán Doblas,
2016: 488). De este modo, la animadversión hacia la españolada, entendida como
una exacerbación caricaturesca de la idiosincrasia de los habitantes y del
folclore de nuestro país, acabaría alcanzando tal magnitud que su influencia
sigue determinando en la actualidad el enfoque adoptado por gran parte de los
trabajos dedicados al estudio del cine producido durante la Segunda República.
Llegados a este punto, conviene que rescatemos de Popular Film (1926 –
1937), una de las revistas cinematográficas más destacadas de la época, las
que, a nuestro juicio, se constituyen como una de las reflexiones más
beligerantes del momento:
Mientras los
norteamericanos perfeccionan – aunque con harta lentitud – sus películas en
español, nosotros no intentamos siquiera crear la película española. Hay aquí
empresas de bastante solvencia económica, cabe formar otras. Falta el cerebro
director que oriente el cinema nacional, no porque no exista, sino porque está
ausente de esas empresas, o porque se le ahoga y no se le deja surgir.
Hallaríamos espigando en nuestro teatro y en nuestra novela, obras filmables
sin necesidad de recurrir a lo extranjero que cada vez nos aleja más de
imprimir un carácter racial, ibero y latino, a la cinematografía española
(Santos, 1931).
Con estas duras palabras
dirigidas al corazón de la industria cinematográfica española, escritas apenas
un mes antes de la proclamación de la Segunda República y en plena
consolidación del cine sonoro, el crítico Mateo Santos sacaba a relucir la
acuciante necesidad de encontrar un espíritu creativo propio que, apoyado en la
extensa y rica tradición cultural de nuestro país, permitiera desarrollar de
una vez por todas una cinematografía netamente española. Una producción
cinematográfica que, en definitiva, nos permitiera rivalizar con otros países
de nuestro entorno y consiguiera en lo estético reflejar con fidelidad nuestras
costumbres, así como la ligazón espiritual del pueblo español con las mismas.
En este contexto, cabe preguntarse si la puesta en marcha de los denominados
modelos populistas, de la que tanto Filmófono como Cifesa fueron sus
principales responsables, pudo o no satisfacer los requerimientos de unos
críticos que, como venimos señalando, defendían el desarrollo de un cine capaz
de priorizar la componente artística del medio frente a cuestiones
estrictamente comerciales. No parece ser este el caso de Mateo Santos, quien
poco tiempo después volvería a censurar desde las páginas de Popular Film
a aquellas productoras españolas que continuaban proyectando en sus películas
una imagen estereotipada y pintoresca de nuestro país:
De la misma pandereta
salen los films realizados en Hollywood y Joinville, que los hechos en España
por los españoles. […] Estamos haciendo creer al mundo que aquí no hay más que
mozos crudos y pintureros, que cantan coplas evocadoras del presidio y del hospital,
que deshonran doncellas mediante juramentos de amor ante un Cristo exangüe y
que apuñalan, a traición, a sus rivales. Toda la gama de la criminalidad y del
flamenquismo son alma y nervio de las cintas españolas. […] No se concibe un
cinema que sea espejo de la realidad circundante. Todo se vuelve desempolvar
viejos romances o rancias estampas de hembras bravías, con ojos como puñales,
que matan y mueren por amor (Santos, 1932).
Si tomamos como
referencia los motivos temáticos presentes en Morena Clara o La hija
de Juan Simón (José Luis Sáenz de Heredia, 1935), dos de los títulos más
representativos del cine republicano, resulta complicado negar que muchos de
los elementos mencionados en esta crítica constituían parte esencial de las
películas españolas de la época. A fin de cuentas, no podemos olvidar que,
durante su actividad en la Segunda República, Filmófono y Cifesa adaptaron
numerosas obras teatrales y literarias que explotaban hasta la extenuación
muchos de los tópicos románticos que Mateo Santos criticaba con dureza. Aun
siendo conscientes de las connotaciones negativas asociadas a las visiones
arquetípicas de los imaginarios regionales descritas en el texto, esta
circunstancia no debería impedirnos mantener el reconocimiento de la materialidad
del texto fílmico en el centro de nuestro análisis. Se trata, en definitiva, de
reivindicar el estudio de los procesos de significación formal de unas
películas que son capaces de movilizar discursos de corte progresista,
aprovechándose para ello de los estereotipos de origen romántico
tradicionalmente asociados a la españolada.
Reconociendo que muchas
de estas producciones están repletas de personajes de extracción popular, y que
en ellas puede rastrearse algún que otro tímido intento por abordar problemas
de índole social, creemos que intentar establecer un paralelismo entre sus
narraciones y la realidad social del momento trasciende con creces los
propósitos de un cine que nació con un fin eminentemente comercial. No
obstante, negar a estas películas cualquier valor estético o discursivo como
consecuencia de su naturaleza comercial o de los ambientes pintorescos que
muchas de ellas presentan resulta, en nuestra opinión, un tanto
desproporcionado.
En este sentido, si nos
fijamos en el caso concreto de Florián Rey, es posible identificar en su
producción cinematográfica ciertos aspectos que pueden relacionarse con algunos
de los problemas de la España rural que afectaban a las clases sociales más desfavorecidas.
Según Román Gubern, estos elementos cumplen una función testimonial ya que la
realidad social que presentan títulos como Nobleza baturra (Florián Rey,
1935) o Morena Clara habría sido sometida a una manipulación tendenciosa
que anularía cualquier posibilidad de establecer un vínculo genuino entre estas
películas y el contexto histórico en el que fueron producidas (Gubern, 1977:
134-135). Si bien estamos de acuerdo con el hecho de que estos aspectos cumplen
una función testimonial, debemos insistir una vez más en que este cine no tenía
como objetivo visibilizar las dificultades materiales del pueblo español, ni
tampoco cuestionar el orden social establecido. Por el contrario, era un cine
con una clara vocación comercial que encontró en el casticismo costumbrista una
manera eficaz de conectar con los gustos del público. Entre otras muchas
razones, esta sería una de las causas que explicarían por qué las duras
condiciones de vida del pueblo español durante los años treinta, así como la
creciente polarización de la sociedad española, nunca lograron materializarse
con fuerza en la mayor parte de las producciones cinematográficas de la época.[3]
Por otro lado, aunque
pueda resultar llamativo que las diferencias sociales presentes en el cine de
ambientación andaluza de Florián Rey no suelan ser motivo de conflictos de
clase, es importante tener en cuenta que la vindicación populista de sus películas
«[…] no se define en términos socioeconómicos, sino morales» (García Carrión,
2013: 212). Como trataremos de demostrar a continuación, la construcción de
este sentido moral, presente en películas como Morena Clara, depende
directamente de esa visión arquetípica de Andalucía que los modelos populistas
del cine republicano convirtieron en una de sus principales señas de identidad,
hecho que, como señalamos anteriormente, mantiene una estrecha relación con
«[…] las visiones foráneas labradas sobre España durante el siglo XIX por los
viajeros británicos, franceses o alemanes que recorrieron el país en busca de
exotismo» (Benet Ferrando y Sánchez-Biosca, 2013: 560-561). La existencia de
esta relación de parentesco nos invita a pensar, en consecuencia, que el
fenómeno de la españolada es mucho más complejo de lo que aparenta ser en un
primer momento:
La presencia del
exotismo ibérico – en términos de Pageaux – en el
imaginario francés no significa un conocimiento real y preciso de la cultura
hispánica; más bien lo contrario. No se trata de mostrar una realidad cultural
varia, sino de generar una estampa más elemental y representativa que facilite
el conocimiento – aunque parcial – del otro. El resultado es una realidad
binaria, con frecuencia formada de elementos disonantes entre sí – decadencia
nacional y pasado heroico, desidia nacional y orgullo de raza... –, una serie
de tópicos que han de parecer verosímiles sin ser completamente auténticos. A
fin de cuentas, las ideas sobre un país, su cultura o el carácter de sus gentes
responden a una realidad imaginada, subjetiva, tan inventada como la idea que
tienen los españoles de sí mismos (Sazatornil Ruiz y
Lasheras Peña, 2005: 269).
No es para nada
intrascendente lo que esta reflexión trata de poner de manifiesto al señalar
que la imagen que los españoles tenemos de nosotros mismos puede llegar a estar
tan distorsionada como la imagen que los viajeros románticos proyectaban de
nuestro país en el extranjero. Decimos esto porque los argumentos esgrimidos en
contra de la españolada parecen sustentarse exclusivamente en esta idea, lo que
ha llevado al erróneo convencimiento de que muchos de los cineastas españoles
que trabajaron durante el período republicano se limitaron a apropiarse de
estos estereotipos románticos y a explotarlos con fines comerciales. Sin
embargo, aunque somos conscientes de que nos encontramos ante fórmulas propias
de un cine de evasión y entretenimiento cuya prioridad era generar el mayor
beneficio económico posible, no podemos obviar que estos estereotipos fueron
sometidos a un proceso de reelaboración que, en numerosas ocasiones, continúa
pasándose por alto.
Teniendo en cuenta las
circunstancias expuestas hasta el momento, y atendiendo en lo que sigue a los
movimientos de escritura que Morena Clara pone en juego, consideramos
necesario someter el concepto de españolada a un proceso reflexivo que nos
permita valorar en su justa medida la enorme riqueza cultural y artística que
encierran estos estereotipos de origen romántico. La utilización de estos
estereotipos por parte de Florián Rey responde, como veremos a continuación, a
un interés por construir espacios narrativos amables y pintorescos en los que
la exaltación del carácter andaluz – encarnado fundamentalmente por la figura
de gitanos y bandoleros – acabará dando lugar a la aparición de «[…]
interesantes discursos sobre el racismo bajo el formato del musical folklórico
y populista» (Trenzado Romero, 2000: 196). Unos discursos que, pese a
cristalizar con fuerza en películas como Morena Clara gracias al
depurado estilo cinematográfico del cineasta aragonés, han permanecido durante
mucho tiempo en el olvido bajo el restrictivo paraguas de la españolada.
Así pues,
distanciándonos de ahora en adelante de todas aquellas voces reacias a este
tipo de producciones, trataremos de dar cuenta en el siguiente apartado de la
función que desempeñan estos estereotipos románticos en el filme de Florián
Rey.
3. Puesta en escena, racismo y espacios de
opresión en Morena Clara
Dos años después de
haber decidido apostar por el desarrollo de una producción propia, el tándem
creativo formado por Cifesa y Florián Rey alcanzaba su punto más álgido con el
estreno de Morena Clara en abril de 1936. La gran acogida que tuvo la
película entre el público español terminó convirtiendo esta adaptación
cinematográfica de la obra original de Quintero y Guillén en la producción más
taquillera del cine republicano (Gubern, 2021: 147). Un éxito rotundo que llevó
a la prensa nacional e internacional a encumbrar definitivamente a Florián Rey
como uno de los grandes realizadores españoles del momento, dando buena cuenta
de ello las palabras de elogio que el crítico Louis Vicens dedicaba tanto al director
aragonés como a la productora valenciana en la revista La cinématographie française
(1918 – 1966):
Evidemment,
la grande révélation du cinéma espagnol est sans contredit la Compagnie
Industrielle Film Espagnol S. A. (C. I. F. E. S. A.) de Valence. Cette firme,
conduite par les frères Luis et Vicente Casanova, s’est placée dans l’espace
d’un an et demi, sur un plan nettement international. […] Les premiers films de
C. I. F. E. S. A. se sont immédiatement imposés par leur tenue artistique et
commerciale: La hermana de San Sulpicio,
Rumbo al Cairo, Es mi Hombre, La Verbena de la Paloma, Nobleza Baturra. […] Un
autre gros succès en perspective est Morena Clara réalisé par Florian Rey avec
Imperio Argentina, la vedette nationale. C. I. F. E. S. A. fait preuve d’une
remarquable organisation et elle n’a pas hésité à engager sous contrat deux des
meilleurs metteurs en scène espagnols: Florian Rey et Benito Perojo (Vicens,
1936: 86).
En esta misma línea, la
revista estadounidense Variety también
se hizo eco del éxito de Morena Clara y aprovechó la oportunidad para
publicar en sus páginas una interesante reseña en la que se destaca el gran
trabajo realizado por Florián Rey, así como la calidad técnica de algunas de
las escenas más representativas del filme. Halagos que cobran todavía más
fuerza cuando se mencionan los nombres de Imperio Argentina y Miguel Ligero,
cuyas actuaciones son calificadas de brillantes, ya que ambos logran captar a
la perfección la gracia y el salero que, supuestamente, caracteriza a las
personas de etnia gitana. Sin embargo, aunque estas alusiones a cuestiones
técnicas e interpretativas se constituyen como un claro ejemplo de la creciente
popularidad internacional del cine español en esta época, encontramos
especialmente llamativo que en el texto se afirme que gran parte del encanto de
la película radica en la fidelidad con que esta representa la naturaleza de los
gitanos españoles (Anónimo, 1936: 23). Esta última afirmación, a nuestro juicio
bastante significativa, establece un claro contraste con las posturas
monolíticas en las que ciertas corrientes de la crítica y de la historiografía,
contrarias a la deformación de la realidad asociada a los estereotipos románticos
de la españolada cinematográfica, siguen manteniéndose ancladas en la
actualidad.
En este sentido,
acostumbrados desde principios de los años veinte a lidiar con las imágenes
excesivamente estereotipadas de numerosas películas extranjeras de temática
española, es posible encontrar en la prensa especializada de nuestro país a
algunos críticos que identificaron en el registro cómico de la película de
Florián Rey una clara voluntad por «[...] alejarse de la tosquedad y vulgaridad
que en ocasiones acompañaba a la representación de los estereotipos populares»
(García Carrión, 2013: 208). Así, estas lecturas realizadas por la prensa
nacional e internacional a las que acabamos de hacer alusión resultan
especialmente valiosas por cuanto posibilitan la apertura de nuevos y
necesarios espacios de reflexión sobre los modelos populistas del cine republicano.
En definitiva, espacios que nos permiten comenzar a distanciarnos de todos
aquellos discursos historiográficos esclerotizados que siguen instalados en el
desprecio hacia estas formas de representación cinematográfica de los
imaginarios regionales.
Ni siquiera el
virtuosismo técnico de Florián Rey fue motivo de peso suficiente para evitar
que Morena Clara terminara siendo considerada por la historiografía
tradicional como uno de los ejemplos más representativos de la españolada
cinematográfica, un hecho que no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que nos
encontramos ante una película que, siguiendo la moda del gitanismo lorquiano,
«[…] sublimó, y por lo tanto mixtificó, las virtudes tradicionalmente
atribuidas al gitano: extroversión, cordialidad, gracejo, ingenio» (Gubern,
1977: 138). De esta manera, una primera aproximación a la película demuestra que
todo el peso cómico recae sobre unos protagonistas cuya personalidad está muy
lejos de poder ser calificada como original. Las virtudes atribuidas a las
personas de etnia gitana a las que alude Gubern, que se ponen de manifiesto en
el viaje que Trinidad (Imperio Argentina) y Regalito (Miguel Ligero) emprenden
hacia Sevilla en el arranque de la película, tienen su origen en la visión
estereotipada de España que los viajeros románticos difundieron a través de
textos, grabados y fotografías, elevando lo andaluz a la categoría de mito a lo
largo del siglo XIX.
En cualquier caso, la
falta de originalidad atribuible a estas viejas estampas del romanticismo no
resta importancia a la influencia que estas ejercen en la configuración de los
personajes que forman parte del universo narrativo de la película. Como quedará
patente en el alegato que el fiscal don Enrique (Manuel Luna) pronuncia durante
el juicio al que ambos hermanos son sometidos como consecuencia del robo de
unos jamones en la venta sevillana de los Platillos, los personajes del filme
nunca llegan a cuestionarse si los rasgos atávicos con los que son
caracterizados los dos gitanos son, en un sentido estrictamente moral,
adecuados o no:
Comenzaré por hacer a la
sala una manifestación de orden sentimental. A mí no me hace ninguna gracia la
gracia aparente de los gitanos. Porque estoy convencido de que su agudeza, su
zalamería, su ingenuidad y talante no son más que un tapiz de flores que oculta
la intención dañina de unos enemigos perpetuos de la sociedad. Por regla
general nacen, viven y mueren al margen de la gente. Es decir… que, si la
justicia puede inclinarse a la clemencia ante el ciudadano que delinque por un
motivo circunstancial, si el delincuente es un gitano el delito obedece siempre
a un mandato de su rebelde constitución moral y, en este caso, la justicia debe
actuar con el máximo rigor. Mi convicción la ha forjado la experiencia. Jamás
se me acercó un individuo o individua de esta raza que no pretendiera
engañarme.
Aunque en un primer
momento pueda parecerlo, estas duras palabras que expone el ministerio fiscal
en su discurso acusatorio están muy lejos de querer perpetuar los estereotipos
peyorativos con los que los viajeros románticos identificaban a los gitanos andaluces.
Debemos recordar una vez más que muchas de estas representaciones
estereotipadas estaban plenamente asentadas en el cine desde las primeras
décadas del siglo XX. En consecuencia, es poco probable que los espectadores de
la época se sorprendieran o encontraran algún tipo de aliciente en una
producción cinematográfica que se limitara a explotar los falsos tópicos que
habían poblado las pantallas españolas desde prácticamente el advenimiento del
cinematógrafo.
Asimismo, en consonancia
con el proceso de destilación llevado a cabo por autores pertenecientes a las
vanguardias literarias de nuestro país, no podemos olvidar que el cine también
contribuyó a la reformulación de gran parte de los elementos asociados al
imaginario romántico de lo andaluz (García Carrión, 2013: 202). Estas
circunstancias nos llevan a pensar que el uso recurrente de estos estereotipos
a lo largo de toda la película no puede ser examinado desde los enfoques
teóricos que tradicionalmente se han adoptado en el estudio de la españolada,
sino desde la atención a las operaciones de formalización implementadas por
parte de Florián Rey.
Llegados a este punto,
conviene que nos detengamos en la secuencia en la que Enrique saca a relucir
sus sentimientos de animadversión hacia las personas de etnia gitana, pues este
es uno de los momentos más reveladores en lo que se refiere a la puesta en
forma del filme. Es importante señalar que el cineasta aragonés se distancia de
las palabras proferidas por el fiscal en su discurso acusatorio al hacer que la
cámara adopte un extraordinario estatismo que nos mantiene alejados moralmente
en todo momento de su figura. Sin embargo, es el contraste que se produce entre
estos planos sostenidos (laterales) del fiscal, los primeros planos (frontales)
de Trinidad y el travelling de aproximación que emprende la cámara cuando la
abogada defensora trata de exculpar a sus acusados lo que hace que estas
imágenes adquieran una significación especial dentro del universo narrativo de Morena
Clara (F1).
Esta situación alcanza
su punto álgido cuando la cámara, coincidiendo con el momento exacto en que la
defensa desmonta la tesis sentimental del ministerio público, es colocada sobre
el eje mismo de la acción. Unas decisiones formales que interpelan al
espectador, haciendo que este se sienta obligado a posicionarse del lado de
unos personajes a los que, en lo que resta de película, se les exigirá
renunciar a su carácter intrínsecamente andaluz a fin de ser aceptados por la
alta sociedad sevillana a la que pertenece Enrique.
F1. Morena Clara (Florián Rey, 1936).
De este modo, nos
encontramos ante una de las muchas aportaciones cinematográficas que Florián
Rey incorporará al filme para cuestionar el peso deformante de todos aquellos
estereotipos negativos que el fiscal imputa a la comunidad gitana. Sin
abandonar nunca el registro cómico de la obra original, esto favorecerá el
desarrollo de una operación que permitirá al cineasta aragonés apropiarse de
los falsos tópicos vinculados al imaginario andaluz y encontrar en ellos una
oportunidad desde la que empezar a construir «[…] una suerte de plataforma
integradora de los más diversos materiales, procedieran estos de donde
procedieran: cortijos y tabernas, ruedos y academias, romanceros payos y
gitanos, poetas terruñeros y vanguardistas cosmopolitas…» (Sánchez Vidal, 1991:
184). La posición social que ambos gitanos deberán ocupar en la película a
partir de este momento estará determinada por una puesta en escena que, aunque
seguirá exponiendo las enormes diferencias sociales que los separan del joven
fiscal, acabará dinamitando las diferencias de clase ocultas tras unos
estereotipos sumamente peyorativos que habían estado presentes en las ficciones
cinematográficas españolas incluso antes de producirse la consolidación del
cine narrativo a principios de la década de 1910.
Este hecho vendría a
explicar las soluciones formales que el cineasta aragonés adopta en el
transcurso de la emblemática secuencia de la Cruz de Mayo, una de las más
recordadas de la película por la vinculación de sus imágenes con las
composiciones caleidoscópicas y geométricas características de los números
musicales que diseñaba Busby Berkeley para la Warner Bros en los años treinta
(Benet, 2012: 106). Desviándose en este punto de la obra teatral de Quintero y
Guillén, el filme vuelve a ceder todo el protagonismo a unas soluciones
formales que pretenden subrayar visualmente el contraste que se produce entre
la alta sociedad sevillana y los gitanos. En consecuencia, no debe resultarnos
extraño que la singularidad de este momento recaiga, como veremos en lo que
sigue, en el diferente tratamiento que reciben los dos números musicales que
tienen lugar a lo largo de esta secuencia.
Pues bien, al
aproximarnos, como decíamos, a la secuencia de la fiesta de la Cruz de Mayo, lo
primero que llama nuestra atención es que esta se inicia con una cámara que,
replicando la pasividad de los asistentes, permanece estática ante el cuerpo de
baile que ameniza la celebración en la casa familiar de Enrique. Aprovechando
los distintos elementos decorativos del patio para crear juegos compositivos
que armonizan las diferentes tomas del cuerpo de bailarinas, muchos de los
planos sostenidos que constituyen este primer segmento parecen replicar, en
numerosas ocasiones, el punto de vista de unos invitados que, como acabamos de
señalar, se muestran impasibles ante un espectáculo del que la puesta en escena
los mantiene apartados (F2).
F2. Morena Clara
(Florián Rey, 1936).
Esta situación no se
revertirá hasta que Trinidad y Regalito, ambientando la fiesta con su
particular interpretación de unas bulerías tituladas Échale guindas al pavo,
consigan que la cámara rompa con el estatismo adoptado hasta el momento. Será a
partir de entonces cuando las imágenes de este segundo número musical muestren
un marcado contraste entre la cuidada planificación del primero de los números
musicales y el dinamismo de unos planos que, ahora sí, acogen en el interior
del encuadre a una muchedumbre rendida ante la singular actuación de los hermanos
(F3).
F3. Morena Clara (Florián
Rey, 1936).
Finalizada la
celebración, Enrique se verá obligado, como consecuencia de una nueva artimaña
que parece perpetuar las connotaciones negativas asociadas a los estereotipos
con que el filme caracteriza a los gitanos, a acoger en su casa familiar a
Trinidad. Sin embargo, no podemos perder de vista que esta aceptación en el
seno de la burguesía sevillana se verá condicionada por unas operaciones de
formalización que, como hemos señalado anteriormente, seguirán haciendo
hincapié en todas aquellas diferencias que separan socialmente a los gitanos
del resto de la sociedad.
De hecho, este contraste
se intensificará de manera progresiva hasta el punto de convertir el patio
andaluz de la casa sevillana en un espacio de opresión y sometimiento para
Trinidad. Es por este motivo que, tras ser acogida en casa del fiscal como parte
del servicio doméstico, la gitana intentará despejar cualquier duda que Enrique
pudiera tener acerca de su honradez desprendiéndose de todos aquellos rasgos y
atributos que la caracterizan como tal. Una circunstancia que se verá reflejada
en los sucesivos cambios de escala que se producen cuando esta interpreta El
día que nací yo, los cuales ponen de manifiesto la soledad e incomprensión
que siente Trinidad como consecuencia de los prejuicios a los que se ve
sometida (F4).
F4. Morena Clara (Florián
Rey, 1936).
Como ocurriera durante
la secuencia del juicio, serán estos movimientos de escritura los que hagan que
nos congraciemos con ella y que el joven fiscal acabe prometiéndole matrimonio
en un final que puede ser interpretado como un acto de mestizaje que conduce a
una reconciliación simbólica entre payos y gitanos. De este modo, apropiándose
de muchos de los aspectos negativos que la historiografía sigue imputando a la
españolada cinematográfica, Florián Rey consigue plantear unos discursos sobre
el racismo que, en última instancia, posibilitan la subversión de las
posiciones sociales que los personajes de la película ocupaban de acuerdo a los rasgos estereotipados con los que estos
habían sido caracterizados. Conviene señalar, en cualquier caso, que esta
lectura adquiere aún más fuerza cuando confrontamos las imágenes del filme de
Florián Rey con aquellas presentes en la versión de Morena Clara que
dirige Luis Lucia en 1954.
Habiendo encontrado en
el cine del período republicano un retrato excesivamente amable de las clases
populares, contrario a los presupuestos ideológicos y estéticos del régimen, el
cine desarrollado durante los primeros años de la dictadura franquista hizo
todo por «[…] desactivar la espoleta de «lo popular», intentando reducir la
presencia de las clases proletarias y campesinas en las pantallas al mero juego
del tópico optimista» (Zunzunegui, 2005: 167). Esta decisión afectaría a la
carrera de cineastas como Florián Rey, quien se vio obligado a hacer frente a
las duras críticas que la prensa especializada de la época dedicaba a todas
aquellas películas de su filmografía que cedían el protagonismo a «[…] unas
clases sociales no explícitamente vinculadas a los vencedores de la Guerra
Civil» (Castro de Paz, 2012: 80). En consecuencia, no debería sorprendernos que
las soluciones formales adoptadas por el cineasta aragonés fueran abandonadas
en la versión de Morena Clara protagonizada por Lola Flores y Fernando
Fernán Gómez. Como queda patente en un desafortunado prólogo que hace gala de
un tono con evidentes implicaciones racistas, Luis Lucia optó por priorizar los
estereotipos y clichés característicos del musical folclórico (Heredero, 1993:
181-188). Así, al contrario de lo que sucedía en el filme del período
republicano, esta marcada exacerbación de los tópicos románticos asociados a
los gitanos, además de adquirir un peso mucho mayor en la narración, acaba
imposibilitando la articulación de los discursos de corte progresista
desarrollados por Florián Rey.
De este modo, aunque no
podemos negar que un número importante de los títulos pertenecientes a los
modelos populistas del cine republicano explotan muchos de los tópicos
románticos que configuraron el imaginario de regiones como Andalucía, estamos
convencidos de que la voluntad autoral del director aragonés no puede
permanecer aislada bajo pretextos que no tienen en cuenta que la finalidad de
estas películas no era la de ser puestas al servicio de la lucha de clases. El
análisis de las secuencias seleccionadas demuestra la necesaria reivindicación
de un filme en el que, a tenor de los movimientos de escritura puestos en
juego, subyacen unos procesos de significación destinados en todo momento a
propiciar una transición hacia una sociedad donde las diferencias raciales y de
clase quedan completamente abolidas.
4. A modo de conclusión
Habiendo abordado el
filme desde una perspectiva que pretendía privilegiar la atención a las formas
cinematográficas, su análisis nos ha permitido constatar la presencia de una
dimensión discursiva que, articulada a través de una cuidado trabajo de las operaciones
de montaje y del trabajo compositivo de los planos, acaba convirtiendo a los
gitanos en un símbolo de reconciliación interclasista. Efectivamente, en Morena
Clara se ponen en juego unos arquetipos narrativos, unas estructuras
preformadas de corte genérico y, sobre todo, unos estereotipos de origen
romántico que, como hemos podido comprobar, se constituyen como los elementos
básicos sobre los que se sustenta un filme que difícilmente puede escapar a su
clasificación como españolada. Sin embargo, la innegable filiación de la
película con la españolada cinematográfica no solo no desmerece las operaciones
discursivas que en ella se elaboran, sino que, de hecho, su puesta en marcha
depende de la eficacia con que Florián Rey domina el tratamiento de los rasgos
que suelen caracterizar a este género.
Es así como Morena
Clara, pese a explotar unos temas que contribuyen con meridiana claridad a
la configuración de una imagen de lo andaluz de vocación colorista, consigue
potenciar un tejido discursivo que, en última instancia, permite que su relato,
y en consecuencia los estereotipos románticos sobre los que este se sustenta se
distancien de las connotaciones negativas que suelen vincularse a las visiones
arquetípicas del imaginario de regiones como Andalucía. De este modo, al
priorizar el estudio de los procesos de significación de la forma fílmica,
hemos conseguido liberarnos de los límites impuestos por determinadas
corrientes historiográficas que han condicionado el estudio de aquellas
películas que se adscriben al género de la españolada. Demostrando que, en el
desempeño de sus formas visuales y narrativas, el filme se alinea con la
postura rupturista adoptada por el propio Florián Rey en otras de sus
producciones cinematográficas. Tal es el caso de La aldea maldita
(1930), donde dicha ruptura se manifestaba mediante el cuestionamiento del
concepto de honor calderoniano que tanto peso tenía en términos narrativos.
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[1] Por otro lado, demandar a la producción cinematográfica desarrollada durante la Segunda República que actuara como un espejo de la realidad circundante nos llevaría, asimismo, a incurrir en un agravio comparativo en el que estaríamos ignorando de manera premeditada los enormes condicionantes económicos y políticos a los que tuvo que hacer frente el cine en nuestro país. Por esta razón, aunque no está entre nuestros objetivos realizar un repaso exhaustivo de las numerosas vicisitudes que afectaron a las productoras del período republicano, creemos conveniente señalar que los continuos vaivenes sufridos por la industria determinaron la falta de conexión del cine español con las corrientes realistas surgidas en este mismo período en Europa.
[2] Resulta necesario tener en cuenta que este tipo de demandas no surgen exclusivamente como consecuencia del crecimiento exponencial de la españolada en nuestras pantallas durante los años treinta. El éxito que experimenta en esta misma época el cine de terror, género impulsado por las grandes majors estadounidenses como salida a la crisis económica derivada de la Gran Depresión, también fue motivo de peso para que un número significativo de los críticos de las revistas especializadas de nuestro país demandaran para el cine español «[…] una realidad más viva, temas más hondamente humanos, problemas arrancados de la entraña del pueblo […]» (Santos, 1936). Para un análisis más detallado sobre esta cuestión, véase Añón Lara (2022).
[3] Aunque
pueda considerarse escasa en términos cuantitativos, debemos reconocer la
existencia en la producción cinematográfica de este período de algunas
películas que, como ocurre con La ruta de Don Quijote (Ramón Biadiu,
1934), sí se interesan por situar la mirada de los espectadores en un espacio
diferente al de los falsos pintoresquismos de la españolada cinematográfica. En
este sentido, el cortometraje de Ramón Biadiu, que toma la obra de Miguel de
Cervantes como pretexto para recorrer los espacios de la España rural que tanto
preocupaban a los detractores de la españolada, destaca por el trabajo de una
mirada radicalmente realista que se aleja de las visiones arquetípicas
explotadas comercialmente por los modelos populistas del cine republicano
(Zunzunegui, 2018: 37-46).