La novela sin ficción y el falso documental: el (des)ajuste de
dos discursos anclados en lo real
Nonfiction Novel and Mockumentary: the (Mis) alignment of two Discourses
Anchored Reality
María Paz
Cepedello Moreno
Universidad de Córdoba
https://orcid.org/0000-0002-0480-4394
Resumen
Este trabajo aborda la novela sin
ficción y el falso documental como dos prácticas narrativas ancladas en lo real
cuyo funcionamiento se dirime por criterios formales, semánticos y pragmáticos.
A partir de las aportaciones de Schaeffer, Pozuelo Yvancos,
Browse, Gibbons y Hatavara,
entre otros, el trabajo sostiene que ambos discursos se sitúan en una zona de
inestabilidad entre la factualidad y la
ficcionalidad, y que su eficacia depende del modo en que movilizan convenciones
formales y orientan la recepción. Sobre esos presupuestos teóricos se estudian Anatomía
de un instante, de Javier Cercas, y Operación Palace, de Jordi
Évole, como casos paradigmáticos de dos movimientos inversos: en el primero, un
relato comprometido con hechos reales se configura mediante estrategias
literarias que acaban imponiendo un tipo de pacto con el lector que no es el
esperado; en el segundo, una ficción adopta las formas del documental para
poner en evidencia el carácter construido de los efectos de verdad. El análisis
concluye que ambos discursos, por la forma que adoptan, obligan a repensar la
verdad narrativa como un efecto inestable.
Abstract
This paper
examines the non-fiction novel and the mockumentary as two narrative practices
which functioning is determined by formal, semantic and pragmatic criteria.
Drawing on the contributions of Shaeffer, Pozuelo Yvancos,
Browse, Gibbons and Hatavara, among others, the study
argues that both discourses occupy an unstable zone between factuality and
fictionality, and that their effectiveness depends on the ways in which they
mobilize formal conventions and shape reception. Based on these theoretical premises,
Javier Cercas’s Anatomía de un instante and Jordi Évole’s Operación Palace are analyzed as paradigmatic
cases of two inverse movements: in the novel, a narrative committed to real
events is configured through literary strategies that ultimately impose a kind
of pact with the reader other than the one initially expected; in the
mockumentary, a fiction adopts documentary forms in order to expose the
constructed nature of truth effects. The analysis concludes that both
discourses, by virtue of the forms the assume, compel us to rethink narrative
truth as an unstable effect.
Palabras clave
Novela sin ficción; Falso
documental; Pacto factual; Ficción; Recepción; Anatomía de un instante; Operación
Palace.
Keywords
Non-fiction
novel; Fake documentary; Factual narration;
Fiction; Reception; Anatomía
de un instante; Operación Palace.
1.
Introducción
La novela sin ficción y el falso
documental, paradójicamente emparentados, guardan una singular relación en su
configuración, como discursos anclados en lo real, y en el proceso de recepción
de estos, en tanto que apuntan a un espacio donde se dan cita la ficción, la
realidad, la(s) verdad(es) y la(s) mentira(s).
Lo que se ha dado en llamar novela sin ficción
hace referencia a aquellos textos que, utilizando la forma literaria de un
género edificado sobre el concepto de ficción, entendido en sentido cervantino,
renuncia pretendidamente a esta para intentar construir «relato real» por
utilizar un atinado término que Javier Cercas popularizó en sus Soldados de
Salamina (2001) y que va a ser pertinente en el abordaje que se propone.
Por su parte, el falso documental, denominación a
mi juicio más atinada que la original inglesa «mockumentary»
(mock significa, además de «fingir» o
«imitar», «burla», y, por tanto, estas
ficciones audiovisuales se entienden, también, con una finalidad burlona o
paródica) remite a una elaboración de carácter ficcional a partir de las formas
y los códigos de composición de un relato audiovisual cuya seña de identidad
era el fiel reflejo de una realidad, presente o pasada, sobre la que se quiere
dar cuenta.
Se entiende, pues, que tanto la novela sin
ficción como el falso documental responden a dos parámetros vertebradores
fundamentales: 1. una poética de la representación de lo real y 2. el
cuestionamiento de la verdad. Respecto al primer parámetro, el texto literario
que es la novela sin ficción pretende ajustar el relato a contenidos
estrictamente verificables, y el falso documental se propone subvertir la
verdad inherente al documental como género canónico. En cuanto al segundo
parámetro, la intención de ambos estaría orientada al cuestionamiento de una
sola verdad, pero no de la verdad alcanzable, esto es, de lo que en un momento
histórico se entiende por real por parte de una comunidad de receptores, y que
conlleva una construcción de la verdad.
2. Pacto factual[1],
ficcionalidad y recepción
La novela de no ficción ocupa un
lugar particularmente incómodo y fértil en la teoría literaria contemporánea.
Su dificultad conceptual no deriva de una impureza genérica accidental sino de
la obligación de revisar los criterios mismos con que se ha querido distinguir
ficción y referencia. Allí donde la tradición crítica buscó decidir el estatuto
de los textos a partir de su relación con el mundo o de sus marcas formales, la
novela de no ficción desplaza el problema hacia el terreno de la convenciones de
lectura, de las pretensiones de verdad y de los usos interpretativos que
regulan su recepción.
Schaeffer (2014: 179) mostró con especial
claridad que la oposición entre narración ficcional y narración factual ha sido
pensada, sobre todo, desde tres perspectivas bien conocidas, a saber, la
semántica, la sintáctica y la pragmática. La primera atiende a la referencia;
la segunda, a la organización formal; la tercera a las pretensiones de
veracidad y al modo en que las representaciones son procesadas por los
receptores. De estos tres planteamientos teóricos es, quizá, la definición
pragmática la que permite comprender mejor por qué la diferencia –caso de que
la haya de facto– entre ficción y no ficción no reside de manera plena en la
textura, –formal y semántica– del enunciado, sino en el régimen de lectura que
lo actualiza. De ahí que el error de confundir, como se verá, una narración
ficcional con una factual, o a la inversa, no sea un simple desliz taxonómico,
sino una equivocación que afecta a la función social y cognitiva del discurso.
Desde este mismo lugar teórico, Pozuelo Yvancos (2022: 673), ha insistido en que el espacio de la
ficción –en las autofiguraciones[2]– se define
pragmáticamente, esto es, por el pacto que el texto establece con el
entendimiento de quienes lo leen. No se trata, por tanto, de negar que en la
novela de no ficción operen procedimientos tradicionalmente asociados con la
ficción, sino de advertir que su sentido cambia cuando quedan inscritos en una
estructura pseudoapelativa[3] que precisa ser recibida
como comprometida con la verdad. La pregunta pertinente no es relativa a la
naturaleza de estos textos sino en qué condiciones reclaman crédito, qué clase
de validación exigen y de qué manera propician una determinada forma de lectura.
Algunos abordajes teóricos recientes han mostrado
que resulta insuficiente, incluso improcedente, explicar la novela de no
ficción como disolución de fronteras entre ficción y no ficción. Así Victoria
García (2021) objeta precisamente, ese lugar común crítico: que un texto
incorpore procedimientos de intensificación narrativa no implica que abandone
por ello sus pretensiones de factualidad. Lo
característico de estas narrativas es, justamente, la tensión entre medios
formales heredados de la ficción y fines referenciales que continúan remitiendo
a hechos, sujetos y conflictos del mundo histórico:
La relación de las narrativas de no ficción con
la verdad es ambigua: ni ajena al problema, como se desprende de las
perspectivas que insisten en la disolución de los límites entre ficción y no
ficción, ni adaptada a una noción simplista de verdad objetiva, como surge de
los enfoques que rechazan de plano el pacto factual que introducen estos textos
(García, 2021: 197).
Este señalamiento permite entender la novela sin
ficción no como una anomalía, sino como forma narrativa cuyo centro de gravedad
está en el pacto de lectura que reclama. Pozuelo (2022) formula este problema
de modo especialmente fértil al hablar de «pactos de no ficción». La noción es
decisiva porque desplaza la discusión desde la esencia del género hacia su
funcionamiento. Un pacto de no ficción no descansa exclusivamente en la
intención autoral ni en la selección de un contenido referencial, sino en la eficacia
con que el texto logre presentarse como insustituible en su pretensión de
autenticidad. No basta con declarar la referencialidad, hay que construirla
retóricamente.
Browse et alii (2019: 255 y ss.)
han descrito esta situación mediante nociones como «fictionalizing
strategies» y «cross-fictionality».
La utilidad de estas categorías radica en que permiten pensar narraciones cuyo
marco contextual señala con claridad su inscripción no ficcional, aun cuando en
ellas sigan operando técnicas procedentes de la ficción narrativa y que van más
allá, o más acá, del género novela. En estos casos, y muy especialmente en el
de algunos géneros periodísticos como la crónica, lo decisivo no es preguntarse
sobre la ficción de un determinado texto sino sobre la eficacia de unas
técnicas dentro de un discurso cuyo horizonte de recepción permanecería ligado
a la referencialidad.
La relación entre la novela sin ficción y el
falso documental puede pensarse a partir de una misma operación estética y
pragmática: ambas formas se sitúan en una zona de inestabilidad entre el
discurso factual y la construcción ficcional y ambas comparten modos de
movilizar convenciones de autenticidad. La novela sin ficción incorpora
procedimientos propios de la investigación periodística, el testimonio, el
archivo y la crónica para organizar narrativamente materiales vinculados al
mundo histórico; el falso documental adopta las formas reconocibles del
documental –entrevistas, imágenes de archivo, cámara observacional, testimonio,
huellas de registro directo, etc.– para producir una ficción que se presenta
bajo apariencia factual. En este sentido, mientras la novela sin ficción
literaturiza lo real, el falso documental documentaliza
lo ficticio.
La teoría del falso documental permite precisar
esta comparación. C. Hight y J. Roscoe (2001) entiende el mock-documentary
como una forma que se apropia de los códigos convencionales del documental para
poner en crisis la asociación entre forma documental y verdad factual. Su
estudio pone el foco, precisamente, en que esta forma híbrida arroja luz sobre
el estatuto del documental mismo en tanto revela que la autoridad factual del
género depende de procedimientos formales e institucionales reconocibles por el
espectador. Así, el falso documental no debe reducirse a una simple
falsificación o engaño, sino que funciona como una práctica reflexiva: al
imitar el documental, hace visible el carácter construido de sus efectos de
verdad.
Al igual que el falso documental, la novela sin
ficción no solo no elimina la mediación narrativa sino que la vuelve central.
La presencia de nombres propios, fechas, documentos o referencias históricas no
garantiza transparencia absoluta con respecto a lo real; esos elementos operan,
más bien, como signos de factualidad que son
seleccionados, montados y organizados mediante estrategias narrativas. De
manera análoga, el falso documental muestra que la imagen no es una prueba
directa de verdad, sino un dispositivo retórico. Juhasz y Lerner en su
introducción a F Is for Phony: Face Documentary
and Truth’s Undoing han
subrayado pertinentemente cómo los falsos documentales exploran problemas como
la división entre ficción y documental, la ética de la manipulación de lo real
y la cuestión de si la «documentalidad» deriva de la
forma o de la recepción. Esta última cuestión es clave, según se ha visto,
puesto que ambas formas narrativas dependen de un pacto interpretativo, es
decir, de las expectativas con las que el lector o espectador se enfrenten a un
discurso anclado en lo real.
La teoría clásica del documental de B. Nichols
permite afinar el argumento. Nichols (2001), como se sabe, ha descrito el
documental a partir de modos de representación –expositivo, observacional,
participativo, reflexivo, performativo– mediante los cuales el cine establece
una relación con el mundo histórico. La edición más reciente de Introduction to Documentary (2024), junto a Jaimie Baron,
mantiene esta preocupación por cómo el cine documenta la realidad y por cómo
los distintos modos documentales construyen formas de persuasión y conocimiento[4]. El falso documental se
apropia de esos modos: puede reproducir la autoridad explicativa del modo
expositivo, la apariencia de espontaneidad del observacional, la entrevista del
participativo o la autoconciencia del reflexivo. Pero su eficacia no descansa
solo en el argumento narrado, ni en la imitación de formas audiovisuales
culturalmente codificadas como veraces[5] si no, sobre todo, en un
modo de leer las estrategias desplegadas y la información genérica.
Tanto en la novela sin ficción como en el falso
documental la inteligibilidad depende del lugar que ocupa el receptor, no como
consumidor terminal del sentido sino como instancia constitutiva de su
cumplimiento. En este sentido Browse et alii
(2019) evidencian que en los estudios contemporáneos de la ficcionalidad ha
cobrado fuerza una orientación cognitiva en virtud de la cual aquella emerge
como un atributo que los lectores aportan a la experiencia estética[6]. Este giro es fundamental
para el análisis que se abordará a continuación porque las dos prácticas
narrativas existen en el punto de encuentro entre una oferta textual de
(in)autenticidad y una práctica receptora que decide cómo procesar esa oferta.
Su estatuto se juega en la interacción entre contexto, horizonte de
expectativa, marcas de autoridad factual y modos de interpretación.
3.
Anatomía de un instante frente a Operación Palace
El autor de Anatomía de un
instante, según declara en el prólogo que es «Epílogo de una novela»,
rechaza el manuscrito de una novela sobre el 23F que acaba de concluir para
dedicarse al relato real que
no renuncia a acercarse al máximo a
la pura realidad del 23 de febrero, y de ahí que, aunque no sea un libro de
historia y nadie deba engañarse buscando en él datos inéditos o aportaciones
relevantes para el conocimiento de nuestro pasado reciente, no renuncie del
todo a ser leído como un libro de historia; tampoco renuncia a responder ante
sí mismo además de responder ante la realidad, y de ahí que, aunque no sea una
novela, no renuncie del todo a ser leído como una novela (Cercas, 2009: 25-26).
Desde el principio se sabe que al
autor le ha embargado un gesto, el de Adolfo Suárez impertérrito, sentado en su
escaño, mientras el Congreso de los Diputados era tomado por un grupo de
guardias civiles al grito de «quieto todo el mundo, al suelo». Intentar
entender ese gesto «sin los poderes y la libertad de la ficción es el reto que
se plantea este libro» (Íbid.).
Como ha desmenuzado Celia Fernández
en su estudio sobre el texto de Cercas, Anatomía de un instante, en
tanto novela sin ficción, plantea «problemas de carácter ontológico, pragmático
y retórico» (2016: 68). Por una parte, el enunciador del discurso, que habla en
presente, se identifica con el autor real, contraviniendo aquel famoso «qui
parle (dans le récit) n’est pas qui écrit (dans la vie) et qui
écrit n’est pas qui est» (Barthes,
1966: 20), y, además, insiste en que aun siendo novelista pretende escribir un
ensayo en forma de crónica o una crónica en forma de ensayo, en todo caso, un
discurso anclado en lo real que dé cuenta de unos acontecimientos que tienen
una dimensión histórica y colectiva pero también personal.
Con un horizonte de expectativas
creado a partir del prólogo pero también generado por la configuración de esta
práctica discursiva desde su aparición y los precedentes literarios del propio
Cercas[7], el lector se introduce en
una obra que no inaugura un mundo ficticio, stricto sensu, sino donde
habría una singular identificación entre el campo de referencia interno de la
obra y el campo de referencia externo del lector, dicho en términos de Harshaw
(1997). Esto implicaría, a priori, la no operatividad del pacto ficcional en la
recepción de este tipo de relato pero sí el establecimiento de lo que Fludernik llamó «pacto factual» y Pozuelo «pacto de no
ficción» que «ocurre cuando una referencia dada […] implica que el mundo creado
por tu palabra excede la dimensión de dependencia respecto a tu sola decisión,
puesto que la vida de los otros puede ser confrontada con ese texto» (Pozuelo,
2022: 692).
Pero lo cierto es que el lector, a
medida que avanza por las páginas de Anatomía de un instante, se ve
absorbido por la epojé de un discurso donde la ficción, en tanto pacto
de lectura, se impone merced a la forma que adopta este discurso que muestra,
además, a cada paso las incertidumbres de su enunciador, que no sostiene el
rigor que se le supone a un historiador bien informado. Así, en varias
ocasiones, el narrador afirma «es verdad: la historia fabrica extrañas figuras
y no rechaza las simetrías de la ficción, igual que si persiguiera con ese
designio formal dotarse de un sentido que por sí misma no posee» (Cercas, 2009:
211) o, con más descaro:
Yo me atrevo a elegir otro, no
menos arbitrario pero quizá más apto para hacer lo que me propongo hacer en las
páginas que siguen: describir la trama del golpe, […], forzando los límites de
lo posible hasta tocar lo probable y tratando de recortar con el patrón de lo
verosímil la forma de la verdad. Naturalmente, no puedo asegurar que todo lo
que cuento a continuación sea verdad; pero puedo asegurar que está amasado con
la verdad y sobre todo que es lo que más cerca yo puedo llegar de la verdad, o
de imaginarla (Cercas, 2009: 277).
Paradójicamente, el pacto ficcional
acaba regulando la relación entre texto y lector de una novela sin ficción y el
receptor acaba por construir una verdad que es textual, sobre todo, por más que
entre los Campos de Referencia Externo e Interno haya correspondencia, por más
que el autor se empeñe en construir un relato real, e intuya que la completez
del texto que se realiza en la actividad de la lectura apunte en otra dirección
cuando casi al final confiesa: «el reto que me planteé al escribir este libro, tratando
de responder mediante la realidad lo que no supe y no quise responder mediante
la ficción, fue un reto perdido de antemano, y que la respuesta a esa pregunta
–la única respuesta posible a esa pregunta– sea una novela» (Cercas, 2009:
431). Lo que mejor explica este desplazamiento es la preponderancia de la forma
novelesca que acaba regulando las operaciones mentales que se despliegan en la
percepción de determinadas estrategias discursivas.
Por su parte, Operación Palace
se programa el 23 de febrero de 2014 en La Sexta. La emisión había estado
precedida de una campaña publicitaria por parte de la cadena donde se anunciaba
un documental que desvelaría las claves, hasta ahora ocultas, del 23F. El
género periodístico elegido para revelar tamaños secretos, la dirección de este
a cargo de Jordi Évole y el espacio de su emisión, dedicado tradicionalmente a
un programa anclado en lo real, incitaban a la recepción del producto
audiovisual en términos no ficcionales. Pero, por otra parte, el receptor
avezado habría de percatarse, sin mucha dificultad, de que la misma campaña
publicitaria, sensacionalista y descarada, la denominación del pretendido
documental, que alude flagrantemente al conocido Operación Luna de
William Karel (2002) y la trayectoria periodística de Évole,
en ocasiones iconoclasta cuando no gamberra, estaban poniendo sobre aviso del
engaño que se ocultaba en el seno del documental. Operación Palace, como
señalan Montagut y Araüna, «opera en un espacio de
ambigüedad que se sustenta tanto en un relativo equilibrio de la verosimilitud
del texto como en un enmarcamiento contextual que legitima el producto» (2015:
135).
La configuración discursiva del
falso documental combina, en este caso, los testimonios falseados de personas
bien conocidas, y de distinta manera conectadas con el suceso recreado, con las
imágenes de archivo, sometido todo ello a la manipulación irónica, y por
momento paródica, de un relato ficcional. Para los directores, según escribe
Aguilar Alcalá a partir de Hight y Roscoe:
Los falsos documentales son
películas que siempre esperan que la audiencia sea consciente de lo ficticio,
que «entiendan el chiste», que vea la intención del uso de los códigos y
convenciones documentales. […] no solo (que) esté familiarizada con las convenciones
del documental, sino que además esté dispuesta a explorar las relaciones más
complejas con el discurso de la factualidad (Aguilar
Alcalá, 2020: 44).
Durante y tras la emisión de Operación
Palace, las reacciones de los telespectadores, desestabilizados sus
horizontes de expectativas, se sucedieron en los medios de comunicación
periodísticos que, mayoritariamente, afearon la propuesta de Évole por la creación de un producto vacuo que no aportaba
reflexión alguna; y la de los políticos como Alfonso Guerra, que consideró el
falso documental como una «payasada» que «ni Goebbels hubiera hecho mejor».
Detrás de estas respuestas se ocultaba un hilo de indignación que solo se
explica por el cuestionamiento de la verdad oficial en el que habían
desembocado no pocos espectadores que afirmaban, en redes sociales, «haber
estado al tanto de que todo lo que contaba Évole era
verdad».
Operación Palace evidencia la vulnerabilidad del
pacto ficcional porque, en tanto (falso) documental, reproduce modos
discursivos propios de un género anclado en lo real que persigue la veracidad.
El programa activa una serie de señales de credibilidad que el espectador ha
aprendido a asociar con la verdad: entrevistas a figuras reconocibles, tono
expositivo, montaje de archivo, aire de investigación periodística,
dosificación de revelaciones y sobriedad enunciativa. El falso documental produce una estética factual que intenta «to create a position for
audiences in which we are encouraged to take up unproblematically the truth
claims offered to us» (Hight y Roscoe, 2001: 23).
La consecuencia es de enorme
interés teórico. Operación Palace, mientras cuenta una ficción,
demuestra, performativamente, que el pacto factual de
un relato audiovisual depende de convenciones de lectura propiciadas por unas
marcas formales que se imponen en la mente del receptor durante el proceso de
decodificación, del mismo modo que ocurría, en sentido inverso, con Anatomía
de un instante. La verdad pública no circula desnuda sino siempre a través
de formas, géneros y mediaciones discursivas que la determinan para ser leídas
en unas coordenadas u otras[8]. Lo verdaderamente
incisivo del falso documental es, según se demuestra, el (des)ajuste que impone
al espectador. Cuando este descubre el truco, la caída en la trampa formal,
revisa todo lo visto y oído y puede comprender hasta qué punto había colaborado
en la producción del efecto de verdad.
A la luz de lo expuesto, cabe
preguntarse qué procesos cognitivos entran en funcionamiento en ambas prácticas
discursivas, cuya eficacia se dirime en términos pragmáticos, para que el pacto
factual devenga en ficcional en la novela sin ficción y, en sentido opuesto, el
pacto de ficción se vuelva factual, cuando no de veracidad, en el falso
documental. Se ha sostenido hasta ahora que la forma que adoptan ambos
discursos es determinante para que este desplazamiento tenga lugar.
En Anatomía de un instante,
el lector se enfrenta a un relato que reclama ser recibido como no ficcional y
que, sin embargo, adopta una forma narrativa de enorme densidad estética. Por
un lado, busca permanecer anclado en lo real, en unos hechos históricos
precisos y verificables; por otro, no renuncia a la configuración que organiza
esos materiales bajo parámetros novelescos. De ahí su carácter paradójico y el
desplazamiento cognitivo que demanda: es un relato real que necesita de la
forma literaria para aproximarse a una verdad que no sea informativa, sino
también interpretativa.
La obra no inventa los hechos, pero
sí los dispone, en términos formales, para el lector los experimente como
problema, como interrogación y como trama de sentido. La conclusión que de ahí
se desprende es que la novela sin ficción no se define por una ausencia de
artificio, sino por el modo específico de subordinar ese artificio a una
pretensión de referencialidad que acaba sucumbiendo ante el poder de la
ficción.
En Operación Palace este
desplazamiento se radicaliza. Si en Cercas la mediación formal se pone al
servicio de una verdad factual, en Évole la apariencia
factual se pone al servicio de una ficción que busca revelar el carácter
construido de toda verdad mediática. El falso documental reproduce con
extraordinaria precisión los códigos del discurso del que procede que genera en
el espectador una posición de credulidad. Ahora bien, esa credulidad no nace de
una ingenuidad individual, sino de un aprendizaje cultural: el receptor
reconoce ciertas formas como veraces porque durante largo tiempo han funcionado
como emblemas de autenticidad, que orientan su proceso inconsciente de
decodificación[9].
El pacto ficcional que demandaba la
recepción de Operación Palace se desplaza hacia una suerte de pacto de
veracidad que lleva a considerar que el falso documental no debe reducirse,
como se ha dicho con frecuencia, a una mera broma u operación vacía. Su
rendimiento crítico es más profundo porque se trata de un discurso, como el de
la novela sin ficción, que viene a demostrar performativamente
que la factualidad no es un atributo natural de según
qué tipo de discursos sino una construcción retórica y receptiva. Tanto la
novela sin ficción como el falso documental se ven atravesadas por unas
estrategias formales que orientan decisivamente su recepción.
La consideración conjunta de estas
dos obras permite afirmar que ambas prácticas narrativas constituyen espacios
privilegiados para pensar el funcionamiento de la ficción y el manejo de la
verdad en la cultura contemporánea. Ambas coinciden en algo esencial: obligan a
reconocer que entre realidad y relato se abre un espacio de mediación donde
intervienen unos códigos, genéricos y estéticos, y unos procesos cognitivos e
interpretativos. En ese cruce, precisamente, se juega la verdad narrativa como
efecto inestable de la relación entre mundo, discurso y recepción.
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[1] Véase Fludernik,
2019: 51-74.
[2]
Para Pozuelo el concepto de autofiguración o
figuraciones del yo, como las denominó en un primer momento en su libro Figuraciones
del yo en la narrativa: Javier Marías y E. Vila-Matas (2010), «había nacido
para poder atender obras tan distintas en cuanto a la narración de un yo
figurado o imaginado como Todas las almas y Tu rostro mañana de
Javier Marías (que a diferencia de Negra espalda del tiempo no cabía
calificar de autoficciones), como lo mismo ocurre en
el caso de París no se acaba nunca de Vila-Matas y su diferencia con la
novela El mal de Montano. A medida que pasa el tiempo se ha ido
haciendo más evidente la necesidad de una categoría teórica como la Figuración
o construcción de un yo figurado que es diferente pero no opuesto al yo
autobiográfico ni opuesto al yo reflexivo de Montaigne» (Pozuelo, 2022: 680).
[3]
Resulta pertinente recordar la posición de Searle (1975 y 1983) cuando sostenía
que el significado y la función de las frases ficcionales es idéntica a las de
las frases no ficcionales y que la diferencia estribaba en que el autor de un
texto de ficción hace «como si» hiciese una aserción, finge (pretend) afirmar, ordenar, etc. pero sin engaño,
pues participa de un juego institucionalizado regulado por convenciones
culturales horizontales frente a las verticales que rigen la relación
lenguaje-realidad. Y el receptor, por su parte, dispone de los recursos
necesarios para decodificar adecuadamente estas representaciones porque
responde a sus destrezas de trasfondo en término searleanos.
[4]
Desde una perspectiva pragmática, el falso documental puede entenderse como una
ficción que simula actos de habla propios del documental. No solo imita una
estética, sino también una posición enunciativa: habla como si estuviera
afirmando hechos del mundo.
[5]
Stella Bruzzi (2006) resulta útil en este punto pues entiende el documental
contemporáneo como un acto performativo, fluido e inestable. Si el documental
mismo implica puesta en escena, selección y negociación entre realidad y
dispositivo, el falso documental radicaliza esa condición al exhibir la
posibilidad de fabricar documentalidad.
[6]
Darío Villanueva, en Teorías del realismo literario, ya excluía que la
intención del autor sea determinante para producir ficcionalidad, pues, aunque
este posea cierta capacidad de condicionar la recepción, la decisión queda
siempre al arbitrio del destinatario, que puede incluso contrariar los
designios del autor (1992: 97). Así, un texto como la novela sin ficción
concebido como histórico-periodístico puede ser leído como ficticio y a la
inversa, un falso documental, que se declara ficticio, es decodificado como
potencialmente real. Ello supone que ni en la forma ni en el contenido se puede
dirimir, de manera definitiva, la frontera entre el relato histórico y el
ficcional.
[7]
Según Justo Serna «las obras de Cercas son la suma de contingencias verificadas
y de sucesos hipotéticos, presuntos, incluso probables, que completan el curso
de los acontecimientos. Los narradores nos dicen lo que han descubierto para
indicarnos inmediatamente lo que no saben e imaginan conforme avanzan en sus
investigaciones» (El País, 12 de junio de 2012).
[8] En este punto, la conexión con la
posverdad resulta especialmente fértil. Browse,
Gibbons y Hatavara (2019: 250-251) señalan que la
cultura contemporánea ha intensificado la preocupación por el ethos
personal, el afecto y las estrategias de factualidad.
Los públicos no solo atienden a la proposición, sino a la autenticidad
proyectada por quien habla y al régimen mediático que hace creíble lo dicho. Operación
Palace explota justamente esa coyuntura cultural: muestra que, en un
ecosistema saturado de imágenes y mediaciones, la frontera entre información y
performance puede depender menos de la verdad del contenido que de la solidez
del dispositivo que lo presenta.
[9] Sobre este proceso escribe Rafael
Núñez que «el acto de lectura de una narración literaria no es un mero
reconocimiento de unos hechos narrados, […] Si nos ponemos a analizarlos, a
analizar su relación con otros hechos, podemos descubrir ciertos elementos que
comparten, encontrar términos para describirlos, demostrar en suma, cómo hay
una relación lógica que nos permite legitimar, en cierto modo, esa veracidad en
sentido histórico y filosófico, pero en ese proceso hemos perdido la viveza de
los hechos […]. Sentirlos como verdaderos es apreciar todo esto sin ser
consciente de ningún proceso lógico» (Núñez Ramos, 2010: 104).