La técnica conductista en Santa
Olaja de acero de Ignacio Aldecoa
The behaviorist
technique in Santa
Olaja de acero by
Ignacio Aldecoa
M.ª
Ángeles Hermosilla Álvarez
Universidad de Córdoba
https://orcid.org/0000-0003-4866-1345
Cristina Jiménez Gómez
Universidad de Córdoba
https://orcid.org/0000-0003-4684-2142
Resumen
La estrecha relación entre la
literatura y el cine no solo se manifiesta en las adaptaciones
cinematográficas, sino también en la impronta que determinados procedimientos
fílmicos dejan en algunas obras literarias, como sucede en los cuentos de
Ignacio Aldecoa. En este sentido, Santa Olaja de acero desarrolla una técnica conductista
asociada a la cámara objetiva, basada en la observación externa de acciones,
gestos y diálogos, aunque incorporando también códigos visuales del
neorrealismo italiano y del expresionismo alemán. Por ello, en nuestro trabajo
trataremos de mostrar cómo las categorías del tiempo, el espacio, los
personajes y la máquina reciben, en el relato de Aldecoa, la influencia del
discurso cinematográfico.
Abstract
The close relationship between literature and cinema is manifested not
only in film adaptations but also in the imprint that certain cinematic
techniques leave on some literary works, as is the case with Ignacio Aldecoa’s
short stories. In this regard, Santa Olaja de acero develops a
behaviorist technique associated with the objective camera, based on the
external observation of actions, gestures, and dialogues, while also
incorporating visual codes from Italian neorealism and German expressionism.
Therefore, in our study, we aim to show how the categories of time, space,
characters, and the machine are influenced by cinematic discourse in Aldecoa’s
narrative.
Palabras clave
Cine y literatura; Ignacio Aldecoa;
Cámara objetiva; Técnica conductista; Santa Olaja
de acero.
Keywords
Cinema and literature;
Ignacio Aldecoa; Objective camera; Behaviorist technique; Santa Olaja de acero.
1.
Presupuestos teóricos
Cuando hablamos de
conductismo (o behaviorismo), nos referimos a un procedimiento de índole
psicológica, utilizado en la novela norteamericana de la primera mitad del
siglo XX, que abandonaba la introspección subjetiva y giraba hacia la
observación de la conducta humana, según propugnaba Watson (1913) y completó
Skinner (1975) con la formulación del «condicionamiento operante» en 1938. Así,
el narrador registra la realidad objetivamente, como lo haría una cámara
cinematográfica.
Nos encontramos, pues,
ante el problema de las relaciones del cine y la literatura y, más
específicamente, con la novela, que, desde principios del siglo XX, han sido
muy fructíferas (Gimferrer, 1985; Peña-Ardid, 1999; Baltodano Román, 2009) y
cuyo estudio comparatista abordó la narratología, la lingüística y la semiótica
(Urrutia, 1983 y Paz Gago, 2004), aun cuando el lenguaje natural y el fílmico
poseen diferencias semánticas, sintácticas y pragmáticas (Pérez Bowie, 2008:
18-21).
No obstante, a
diferencia de la cuestión de las adaptaciones cinematográficas de obras
literarias (Pérez Bowie, 2003 y 2008: 185-200), la influencia del cine en la
novela o el cuento no ha merecido la misma atención. Es una labor que, iniciada
en 1948 por Magny (1972) y continuada por otros estudiosos franceses (Clerc,
1984), también contó con nombres españoles (Entrambasaguas, 1954; Alvar, 1971;
Peña-Ardid, 1999: 155-211), aún no ha alcanzado su desarrollo en trabajos
concretos, salvo algún análisis que realizamos en otro lugar (Hermosilla
Álvarez, 2020), a pesar de la huella del lenguaje fílmico en la novela española
del medio siglo (Peña-Ardid, 1991).
Si el realismo del siglo
XIX desempeñó un papel determinante en la construcción del discurso fílmico
después de Griffith gracias al montaje, en la década de los 50 novelistas como
Sánchez Ferlosio, García Hortelano o Aldecoa ven en el cine un modo de
potenciar lo real. En el caso de nuestro autor, la captación de la miseria y el
desamparo de los personajes de la postguerra (Andrés-Suárez, 1986: 56-57) halla
en el neorrealismo italiano (Peña-Ardid, 1991: 181), pero también en el
expresionismo, una vía para plasmar el comportamiento humano, sobre todo en los
cuentos (Esteban Soler, 1977; Martín Nogales, 1984; Andrés-Suárez, 1986),
género en el que Aldecoa manifiesta una especial maestría (Andrés-Suárez, 1986:
33). Es lo que trataremos de mostrar en Santa Olaja
de acero, que, si bien publicada el 26 de diciembre de 1954 en El
español, forma parte de Vísperas del silencio (1955).
Con tal fin,
analizaremos el relato como una estructura semiótica (Chatman, 1990: 23-24),
dotada de expresión y contenido, distinción atravesada por otra: sustancia y
forma. Pues bien, novela y cine se diferencian, dentro del plano de la
expresión, en la sustancia y coinciden en la forma. En el contenido, el punto
de conexión se sitúa en la sustancia y donde se distinguen es en la forma.
Cuando describamos
aspectos concretos de la transmisión narrativa se tendrá en cuenta, dentro del
plano de la expresión, también la sustancia, con el objetivo de considerar,
junto a las características coincidentes con el medio cinematográfico, las
propias de la narrativa, pese a que Chatman se ocupa solo de la forma de la
narración. Veámoslo en los apartados más destacados de la forma del contenido:
el tiempo, el espacio y los personajes.
2.
El tiempo
Sabido es que, a
diferencia de las narraciones fílmicas, las narraciones verbales disponen de
una mayor variedad de recursos para la expresión del tiempo (Chatman, 1990:
71-74), como las diferencias aspectuales —durativa, puntual— de los verbos y
formas verbales, o el resumen realizado por el narrador. Sin embargo, en Santa
Olaja de acero, de Ignacio Aldecoa, se renuncia
en buena medida a estas posibilidades que brinda la literatura para registrar
la jornada laboral de dos trabajadores del ferrocarril. Se abandona así la
omnisciencia tradicional en favor de una focalización externa que se limita, en
la mayor parte del relato, a registrar lo que captaría una lente: acciones,
gestos, diálogos y una temporalidad medida en la inmediatez del presente.
De este modo, el
análisis del tiempo narrativo se organizará en torno a tres ejes fundamentales:
en primer lugar, la delimitación temporal de la jornada laboral; en segundo
lugar, la construcción de un «tempo lento» a través de procedimientos de
dilatación; y, por último, la configuración de un tiempo discontinuo y
fragmentario.
2.1.
El tiempo delimitado y la captación
del presente
El cuento narra la
jornada laboral de Higinio, un maquinista, y la de su fogonero Mendaña a bordo
de una vieja locomotora de vapor apodada «Santa Olaja»
o «La señora». El tiempo narrativo se organiza en torno a una jornada laboral
completa, de aproximadamente dieciséis horas —desde antes del amanecer, alrededor
de las seis de la mañana, dado que el bar abre a las siete menos cuarto e
Higinio ya ha salido de casa, hasta las once de la noche, momento en que este
regresa a su hogar y consulta la hora en la taberna—. Este marco temporal no
solo cumple una función estructural, sino que se convierte en el principal
mecanismo de construcción de la cámara objetiva. Se trata de un tiempo externo,
mensurable y verificable, presentado con la precisión de un registro mecánico,
y no de un tiempo subjetivo o interiorizado. Las referencias horarias refuerzan
este arco cerrado y cronometrado, sustituyendo la experiencia psicológica por
marcas temporales externas. Lo observamos desde el principio, cuando el
protagonista se despierta, se viste y abandona el hogar para dirigirse a la
estación de tren:
Ella se despertaba con el sol, no
con la claridad del amanecer. Ella quedaba atrás en su sueño y a él le parecía
seguir dormido aun después de lavarse en la cocina, aun después de salir a la
calle y contemplar el metálico reflejo del asfalto mojado, aun después de
asentar el estómago con la copa de orujo y el té de los madrugadores, hasta que
estaba en la máquina, junto a la boca de fuego, esperando que la caldera
cogiese presión y el compañero fogonero principiase la primera conversación del
trabajo. Bajaba las escaleras colocándose el chaquetón, haciendo el nudo simple
de la bufanda. El portal estaba todavía cerrado. Maldijo, como siempre, al
intentar abrir la puerta. Cuando lo consiguió, el sereno estaba enfrente de él.
Se saludaron como amigos. Comentaron el frío de la noche (Aldecoa, 1984: 9-10).
En este fragmento, la
objetivación se articula mediante la oposición de ritmos circadianos: la mujer
se inscribe en un tiempo natural, regido por la luz solar, mientras que Higinio
pertenece a un tiempo desajustado, previo al amanecer, propio de la temporalidad
industrial del trabajo ferroviario. Esta diferencia se construye sin
explicitación psicológica, solo mediante la yuxtaposición de hábitos, reforzada
por la anáfora («Ella se despertaba… / Ella quedaba atrás…»), que fija a la
mujer en el ámbito del descanso frente a la inserción laboral del protagonista.
De este modo, el relato no necesita verbalizar la distancia emocional y física
en la pareja; basta con precisar dos rutinas distintas, ligadas a la fractura
entre el tiempo natural y el tiempo laboral, para indicarlo.
Asimismo, la repetición
de la estructura «aun después de…» introduce una progresión acumulativa que
fragmenta la experiencia en unidades sucesivas, mientras que la recurrencia de
oclusivas y dentales («después», «dormido», «estómago», «estaba») genera un
ritmo verbal mecánico, casi percusivo, coherente con la lógica industrial que
organiza el relato.
No obstante, esta
configuración temporal no se agota en el inicio de la jornada, sino que se
prolonga hasta su cierre, manteniendo la misma cadencia objetivadora. Así se
advierte en el momento en que Higinio y Mendaña abandonan la estación para
regresar a casa: «Ellos se fueron donde los tinglados de las mercancías,
buscando la verja de hierro, por la que saldrían a la calle oscura, a la calle
que llamaban en la ciudad del Ferrocarril» (Aldecoa, 1984: 21). Aquí, el uso de
la epanalepsis («a la calle oscura, a la calle») prolonga la sensación de
repetición y de continuidad mecánica con la que se inicia el despertar de
Higinio, reforzando el tiempo externo, regular y funcional predominante del
relato.
Otro aspecto importante
es la captación del presente. Como si se tratara de una cámara, se registran
instantes de quietud doméstica que funcionan como fotogramas aislados:
No quería encender la luz
eléctrica; temía despertarla. Volvió con suavidad uno de los ventanillos. La
cara de ella quedaba en lo oscuro; podía ver el reflejo turbio de la amanecida
en la tabla de los pies de la cama de matrimonio; la masa de la silla, a la
derecha, con su camisa caqui colgada del respaldo, junto a la ventana; también
la azul y rara profundidad de la luna del armario (Aldecoa, 1984: 9).
Al detenerse en el
rostro en penumbra, el narrador-cámara anula la identidad individual y el
posible sentimentalismo. Se evita así el primer plano dramático del rostro para
dar prioridad a la atmósfera. Todo ello contribuye a una sensación de
dilatación temporal, equivalente, en términos cinematográficos, a un efecto de
alargamiento, montaje cabalgado o cámara lenta (Chatman, 1990: 76-77). Higinio
apenas observa la habitación durante unos segundos antes de salir, pero el
tiempo del relato se expande mediante la enumeración precisa de los elementos
del espacio. Esta expansión se produce, además, a través de una percepción
matérica de los objetos pues estos no se describen en función de su valor
afectivo o simbólico, sino en cuanto a su densidad física como volúmenes, masas
y superficies.
2.2.
El «tempo lento» y el tiempo
discontinuo
A medida que avanza la
jornada, la captación del presente se traslada al ámbito laboral, donde el
tiempo del relato se sincroniza con el ritmo mecánico de la máquina,
produciéndose una ralentización por acumulación de actos técnicos. Un ejemplo
significativo se encuentra en la escena de la estación, cuando Higinio fija la
mirada en la placa de la locomotora: «Santa Olaja-1. Letras doradas sobre fondo
rojo». Este plano detalle funciona como imagen-documento que detiene la
narración y otorga a la máquina una presencia casi ontológica superior a la de
los personajes. El relato entra así en un «tempo lento» basado en la
enumeración detallada y ritualizada del trabajo:
Subió a la máquina. Mendaña echa
las dos paletadas de jarabe. Llamaban jarabe al polvo de carbón con agua. De la
boca del fogón salió un chisporroteo. —Está bien.
Higinio movió la manilla, miró al
manómetro, volvió la cabeza y escupió. La máquina comenzó a moverse lentamente.
Vía adelante un hombre les hacía señas con un palo en el que estaba recogida
una franela verde. En la vía de la derecha, el gálibo, suspendido sobre un
vagón solitario cargado de paja, tenía un ligero vaivén. A la izquierda estaban
dos máquinas acopladas. Mendaña gritó algo a los fogoneros de las máquinas,
algo que no le entendieron. Higinio sonreía (Aldecoa, 1984: 11).
Obsérvese el empleo de
la trimembración —«Higinio movió la manilla, miró al
manómetro, volvió la cabeza»—, que, articulada mediante verbos en pretérito
perfecto simple, descompone y secuencializa cada uno
de los movimientos del maquinista. Se describen así las acciones externas de
Higinio, sin penetrar en su psicología y dejando que el sentido emerja del
comportamiento observable. Además, la estructura ternaria y la asonancia en –io («movió», «miró», «volvió», «escupió») generan un efecto
sonoro que ayuda a la retención. Ello se ve reforzado por la enumeración de
detalles (la manilla, el manómetro, el escupitajo) que obligan al lector a
observar una sucesión de piezas y actos aislados, impidiendo que «veamos» la
puesta en marcha como un proceso rápido y fluido. Esta minuciosidad se traslada
también al espacio mediante un paralelismo descriptivo. Al situar los elementos
«en la vía de la derecha» y otros «a la izquierda», Aldecoa establece una
simetría espacial que obliga al lector a desplazarse de un lado a otro. Por
último, figuras de dilatación temporal como la anadiplosis y la digresión
explicativa técnica —«paletadas de jarabe. Llamaban jarabe al polvo de carbón
con agua»—, así como la anáfora «algo» en «Mendaña gritó algo a los fogoneros de las máquinas, algo que
no le entendieron» resultan decisivas para tal efecto.
Por consiguiente, el
tiempo del relato no depende de la experiencia interior del personaje, sino que
se somete al ritmo externo del trabajo ferroviario. Para ello, se emplea la
sintaxis paratáctica y serial, basada en la yuxtaposición de verbos en pretérito
perfecto simple coordinados sin jerarquía ni subordinación. Esta disposición
elimina cualquier pausa reflexiva y genera un efecto de automatismo, como si
las acciones se encadenaran mecánicamente. El resultado es un ritmo sincopado,
discontinuo o fragmentado, que nos recuerda al montaje cinematográfico métrico eisensteiniano, donde la cadencia viene dada por la
duración y la concatenación regular de los planos.
La jornada de Higinio y
Mendaña se presenta, así, como un flujo prácticamente ininterrumpido, donde las
elipsis no tienen valor expresivo, sino funcional. Ello genera un efecto doble:
por un lado, refuerza la impresión de que el narrador actúa como una cámara que
acompaña y registra sin intervenir; y, por otro lado, traduce narrativamente la
experiencia del trabajo industrial mediante un tiempo repetitivo, mecánico y
acumulativo. El tiempo deja de ser una categoría abstracta para convertirse en
un sistema productivo, subordinado al funcionamiento de la locomotora, a los
trayectos, a las paradas y a las exigencias del trabajo. Por consiguiente, el
tiempo humano queda absorbido por el tiempo de la locomotora, que impone un
ritmo, una lógica sobre los cuerpos y, por ende, una percepción concreta de la
vida.
No obstante, en ciertos
momentos la temporalidad se reconfigura según la situación dramática. En el
episodio del retroceso del tren en zona de montaña, la tensión se concentra por
la combinación de factores técnicos: exceso de peso, inercia en pendiente,
fragilidad de enganches, pérdida de adherencia por humedad y riesgo de colisión
con el tren mixto posterior. El tratamiento del tiempo en este fragmento no
responde a una lógica cronológica tradicional, sino a una construcción
presentista, fragmentaria y sensorial, que sitúa al lector en una experiencia
inmediata, en el «aquí y ahora» de los acontecimientos, basada en la
secuencialidad y la percepción directa del personaje:
Higinio estaba atento a la marcha
de Olaja.
—Las traviesas están medio
podridas. Un día nos vamos monte abajo con todo el percal. El humo en los
túneles los aislaba, los envolvía. Higinio distinguía la tos bronca, de perro
atragantado, de su compañero. […]
Al entrar en un túnel se sentía
como si toda la masa del convoy se achicase, y, ya dentro de él, parecía como
si a la primera sensación de compresión sucediese otra de extensión y el túnel
fuera a romperse ante la fuerza expansiva del tren. El ruido, el humo, la oscuridad, motivaban el juego de las sensaciones (Aldecoa,
1984: 16-17).
El uso del pretérito
imperfecto de indicativo, de carácter durativo, suspende la progresión temporal
y sitúa al lector en una percepción inmediata y simultánea de los
acontecimientos. Asimismo, tal y como señala Esteban Soler (1977: 71), el
aspecto imperfectivo del tiempo verbal es idóneo para comunicar el carácter
habitual de la historia pues «cede lugar a la acción durativa, habitual,
iterativa». A ello se suma la construcción de una atmósfera densa, condicionada
por el humo que se concentra en el túnel y la interrupción momentánea de la
comunicación a causa del ruido estridente de la locomotora. Se intensifica así
una sensación de inmersión y un efecto de ralentización perceptiva, próximo a
la cámara lenta según explica Chatman (1990: 77). En este caso, el ralentí o
cámara lenta se intensifica por la oscuridad, que desestabiliza la referencia
espacial, y por la oscilación entre compresión y extensión, que altera la percepción
de la distancia, con la estructura bimembre «se sentía como si/ parecía como si».
2.3.
Análisis y prolepsis
Según lo expuesto, Santa Olaja de
acero presenta una «reducción temporal lineal» (Villanueva, 1994: 48), es
decir, la narración se concentra en un único tramo temporal —una jornada
laboral— que organiza de manera continua el desarrollo diegético, sin
alteraciones significativas en el orden de los acontecimientos. Sin embargo,
también hallamos algunos casos de analepsis y prolepsis (Genette, 1972: 82),
aunque siempre representados mediante los diálogos de los personajes. Veamos un
ejemplo de la primera:
—Me acuerdo —dijo— que una vez, aún
no había entrado yo en quintas, allá por el año veintisiete...
La mano de Higinio se movió y Olaja silbó
airadamente.
—... tenía yo unos amiguetes
—continuó Mendaña— que les gustaba mucho la priva y solíamos irnos a un figón,
que tú conocerás, que está por debajo del puente que antes llamaban de la
Reina...
Olaja volvió a silbar. Higinio avisó:
—En cuanto pasemos el túnel ya
verás cómo cambia el tiempo. Hará más frío. (Aldecoa, 1984: 12).
Mendaña introduce un
recuerdo anterior al tiempo de la historia principal (experiencias en tabernas,
amistades, etc.) durante una parada de la locomotora. Esta analepsis se produce
de forma puntual y motivada por la conversación, sin intervención de un narrador
explícito, como si una cámara objetiva registrara el intercambio verbal. Es
Mendaña quien activa el recuerdo («Me acuerdo […] allá por el año
veintisiete»), de modo que el pasado se incorpora al relato como parte de la
enunciación presente. Así, el sentido del fragmento analéptico emerge del
contraste entre la continuidad verbal y la interrupción que impone la máquina
mediante sus silbidos. Así pues, la máquina impone su ritmo, regula los tiempos
de enunciación y condiciona la posibilidad misma de prolongar el relato,
limitando la conversación humana —y la memoria evocada— a sus exigencias
operativas.
En el caso de la
prolepsis, su presencia es significativa y atiende, en buena medida, al tipo de
la prolepsis interna (Genette, 1989: 130), es decir, aquella que se inserta dentro
del marco temporal de la diégesis. Ejemplos como «En cuanto pasemos el túnel…
hará más frío» o «Va a nevar pronto» (Aldecoa, 1984: 17) no rompen la
linealidad temporal, sino que funcionan como anticipaciones enmarcadas en el
presente conversacional y basadas en las sensaciones provenientes de la
percepción atmosférica. Estas prolepsis se repiten a lo largo del relato y
contribuyen a generar una tensión sostenida en el lector, especialmente
aquellas que, desde la experiencia técnica de los personajes, anticipan el fallo,
la avería o el accidente: «Las traviesas están medio podridas. Un día nos vamos monte abajo con todo el percal», «Bajar con
tanto peso va a ser muy peligroso… A ver si nos
arrastra la composición» o «No deben frenar así; van
a arder los ejes» (1984: 16-19). Asimismo, la anticipación no se limita al
enunciado verbal, sino que se ve reforzada por la kinésica del maquinista: «El
rostro de Higinio se ensombreció. —Esto va mal, Mendaña» (p. 18).
La acumulación de estas
prolepsis genera un efecto de tensión progresiva que solo se resuelve al final
del trayecto mediante confirmaciones externas. En primer lugar, a través de la
intervención del jefe del apeadero: «Lo habéis conseguido por puro milagro» (p.
20); y, en segundo lugar, mediante la conversación en la taberna de
maquinistas: «¿Qué os ha pasado hoy? Dicen que habéis estado a punto de hincar
el pico» (p. 22). Ambas reacciones recontextualizan las anticipaciones
anteriores, confirmando que el riesgo anunciado no era hipotético, sino
verosímil dentro del universo narrativo. Esta idea se refuerza mediante el
relato de otros accidentes ferroviarios recientes, activándose así una memoria
compartida del peligro: «A la Albacete
119 se le partió ayer un eje del ténder y estuvieron en la vía siete horas
con un frío de ole» (p. 23). Por tanto, el fallo técnico aparece como algo
habitual y no como un hecho excepcional. En este sentido, el relato se vincula
con una representación neorrealista de la vida, al centrarse en lo cotidiano
del trabajo, en la precariedad de las condiciones materiales y en la exposición
constante al riesgo.
3.
El espacio
En nuestro relato se
advierte un evidente esfuerzo, fruto de la técnica conductista empleada (Martín
Nogales, 1984: 99–100), por situar la acción en un espacio geográfico concreto,
vinculado además al ámbito ferroviario y perfectamente reconocible en sus
coordenadas materiales:
Entró en la estación por la puerta
de hierro de las mercancías. Se paró en uno de los andenes pegado a los
tinglados. Cruzó las vías (Aldecoa, 1984: 10).
En Turgo daban café en la cantina.
Uno de los vagones de la composición de Olaja quedaba allí. Mendaña e Higinio bajaron a tomar café
con anís (Aldecoa, 1984: 12).
La Penaza
la tenemos a la salida de esta curva (Aldecoa, 1984: 15).
Y aun se advierte la
precisión de la nota exacta en la denominación de los lugares intermedios del
trayecto:
Comenzaban los primeros túneles de
la montaña. Cada uno tenía su nombre. Mendaña los iba nombrando a medida que
iban entrando en ellos. —El Barro... El del Lobo Viejo... El de la Moza...
Higinio estaba atento a la marcha de Olaja (Aldecoa, 1984: 16).
De esta manera, el
trayecto ferroviario, configurado por estaciones, apeaderos y túneles,
constituye el principal ámbito dinámico, en tanto espacio donde se despliega la
acción central —el trabajo en la locomotora y, especialmente, el episodio del
tren desbocado—. Por el contrario, los lugares vinculados al estatismo o la
quietud —bar de maquinistas, cantinas y vivienda de Higinio— se presentan como
espacios de detención, descanso o transición.
El recorrido va
delimitando un itinerario objetivo a través de estaciones, andenes y vías,
pues, aunque presentan referencias nominales ficticias, anclan la acción en una
topografía identificable dentro de la España interior. Un entorno que
fácilmente podemos vincular a provincias como Burgos o Valladolid, o a zonas
limítrofes, por la presencia de estaciones pequeñas y apeaderos rurales,
túneles y tramos de vía en zonas quebradas, así como paisajes secos de campo
abierto y baja densidad poblacional.
Se configura, por tanto,
una Castilla seca y mineral, donde la dureza del paisaje, la aridez del entorno
(«desiertas lomas amarillas») y la sobriedad de los elementos refuerzan una
atmósfera de austeridad que acompaña el tránsito ferroviario. El territorio se
describe como un escenario de piedra («—¡Qué tierra! —dijo—. No hay más que
piedras. Media España es piedra. Esto no da más que lagartos»), convirtiéndose
la geografía en un correlato sensible de la experiencia autómata, monótona y
estoica de los trabajadores. Para ello, se emplean procedimientos como la
selección léxica de campos semánticos áridos (piedra, polvo, hierro), la
adjetivación de corte sensorial («la suavidad vegetal de la paja», «campos
negros y tensos»), la recurrencia de sinestesias («color triste de cielo
invernal») y la acumulación descriptiva de elementos del paisaje que refuerzan
una atmósfera de dureza y austeridad en vísperas del invierno. Veamos un
ejemplo:
Turgo quedó atrás. Ahora subía la
máquina a la altiplanicie. Lejanas se veían las montañas con su puerto
amenazante. El sol arrancaba del lomo negro de Olaja un apagado reflejo azul. El
sol blanquiazul de la mañana, entre brumas, apenas tenía fuerza para azulear el
lomo de Olaja.
(Aldecoa, 1984: 12-13).
Observamos que el
espacio se configura a partir de una progresiva apertura del campo visual —la
panorámica cinematográfica— que acompaña el ascenso de la máquina hacia la
altiplanicie. Así, las montañas aparecen en la lejanía con un carácter
amenazante, presagiando el riesgo ante el posible descarrilamiento de Olaja, que lleva
vagones cargados. Ello se pone de manifiesto mediante la metáfora zoomórfica de
«lomo negro», que confiere al tren una presencia corpórea y visualmente
dominante, y la precipitación de una máquina indomable, con tintes sombríos y
funestos, lo que, en la terminología de Chatman (1990: 63), se conoce como
«satélites anticipadores» de la narración. El narrador no nos habla
directamente del posible descarriamiento o choque de Olaja con el mixto, sino que nos
muestra un espacio que lo sugiere.
En este contexto, la luz
desempeña un papel decisivo para la captación del espacio, de la misma forma
que en una película selecciona aquellos elementos que interesa resaltar. El uso
de una iluminación natural atenuada, filtrada por la bruma («apenas tenía
fuerza para azulear el lomo de Olaja»), evita cualquier efecto de claroscuro dramático o
artificioso y define suavemente los contornos manteniendo la continuidad
perceptiva del entorno. Tal como señala Deleuze (1984: 174-175), este tipo de
tratamiento lumínico contribuye a la creación de un «espacio cualquiera»,
neorrealista —que rompe con los lugares claramente delimitados característicos
del realismo— y funciona como un condicionante de la vida cotidiana de los
personajes, al determinar sus posibilidades de acción y su modo de habitar el
entorno.
4.
Los personajes
4.1.
Higinio y Mendaña
En Santa Olaja de acero, la construcción de los personajes
responde, en gran medida, a la técnica objetivista o conductista que venimos
señalando. Desde el inicio, la narración no se orienta hacia una
caracterización psicológica directa mediante la introspección o el narrador omnisciente,
sino hacia una presentación de los personajes a través de sus actos, inscritos
en un espacio-tiempo marcado por la rutina laboral ferroviaria precaria.
Así, aunque en algunos
momentos emerge un narrador omnisciente que desvela estados internos de los
personajes, dicha interioridad se reformula en términos observables y
verificables conductualmente.[1]
Un ejemplo significativo es el de Mendaña, cuya subordinación intelectual a
Higinio se expresa mediante actos de habla reiterativos en situaciones
conversacionales concretas:
Mendaña celebraba las cosas que
decía Higinio. Reconocía en él un talento superior al suyo. En la taberna solía confirmar las opiniones
de Higinio: «Tiene mucha razón Higinio», y repetía: «Sí, señor; Higinio tiene mucha
razón». En su casa, explicaba a su mujer los acontecimientos futuros por lo que
había dicho Higinio: «No habrá guerra; todos tienen un canguelo torero. Ha
dicho Higinio que Rusia habla de boquilla y que los yanquis son blancos, que
tienen el calzón húmedo» (Aldecoa, 1984: 13).
Aquí, la tendencia de
Mendaña a validar su visión del mundo a través de la palabra de Higinio, en
este caso enmarcada en el contexto de la Guerra Fría, refuerza su dependencia
cognitiva y su jerarquía implícita dentro de la pareja laboral.
La propia narración, a
través de sus acciones, gestos y conversaciones, permite establecer diferencias
claras entre ambos en términos de edad, experiencia vital, rol laboral y
actitud ante la vida. Higinio, el maquinista, es el más experimentado y probablemente
de mayor edad que Mendaña. Esto se infiere no solo por su comportamiento más
reflexivo y contenido, sino también por el modo en que ejerce su autoridad
dentro y fuera de la máquina. Es quien toma las decisiones críticas (como
frenar, maniobrar o evaluar riesgos), lo que sugiere una mayor veteranía y
responsabilidad. Mendaña, en cambio, se presenta como alguien de carácter más
dependiente en el plano laboral, pero también más expresivo y espontáneo.
Desempeña el papel de fogonero, encargado de alimentar la caldera con carbón
(el «jarabe»), mantener la presión y asegurar el funcionamiento energético de
la máquina. Esta división técnica implica una jerarquía funcional: Higinio
dirige y decide, mientras Mendaña ejecuta y sostiene el funcionamiento del sistema.
Veamos algunos ejemplos:
Higinio
movió la manilla, movió el manómetro, volvió la cabeza y escupió. La máquina
comenzó a moverse lentamente (Aldecoa, 1984: 10).
—Ponen
los conejos cosa seria —hizo boca de trompeta. Mendaña seguía sonriendo. Se
pasó el dorso de la mano derecha por los labios mientras con la izquierda
sostenía la pala y miró al campo (Aldecoa, 1984: 11-12).
Aquí, recogemos dos
momentos durante el trayecto de Olaja que definen con precisión, a través de la kinésica, el
distinto temperamento y la diferente disposición laboral y vital de los
personajes. En efecto, el narrador no nos habla directamente del carácter o de
los rasgos psicológicos de los personajes, sino que se descubren en el diálogo,
o en la kinésica (Poyatos, 1976: 362–364), esto es, en el estudio de sus
movimientos corporales, posturas, gestos y expresiones faciales.
El primer fragmento
recoge el inicio de la jornada laboral, el instante exacto en que el maquinista
activa el artefacto mediante una secuencia de microacciones
— «movió la manilla, miró al manómetro, volvió la cabeza y escupió»— que revelan
una profunda interiorización del oficio. La precisión con la que se ejecutan
indica una integración casi orgánica entre el cuerpo del maquinista y el
mecanismo de la locomotora. La mirada al manómetro introduce, además, un gesto
de control y verificación que denota responsabilidad y dominio de la situación,
mientras que el acto de escupir constituye una reacción fisiológica y simbólica
profundamente ligada a la dureza del trabajo ferroviario de la época. Cabe
recordar que los trabajadores inhalan constantemente partículas de combustible
y humo. Mendaña lo expresa con crudeza en otro momento, reforzando la
mecanización corporal: «—¡Uf! El caño de respirar se me va a caer al balastro
—decía Mendaña, y escupía prolijamente, con los ojos cargados de lágrimas.
Estoy tan sucio por dentro como por fuera» (Aldecoa, 1984: 16). En otro
momento, ya en el interior del túnel, Higinio solo puede oír la voz ronca de su
fogonero.
También se puede
observar en la propia fisonomía de los personajes, especialmente en la del
maquinista, cuyo rostro aparece cubierto por la carbonilla: «En las arrugas de
la cara de Higinio la carbonilla ponía su tatuaje negro, construyéndole como
una máscara de impasibilidad». Este detalle no solo remite a las condiciones
materiales del trabajo, sino que adquiere una dimensión simbólica decisiva,
puesto que la carbonilla se adhiere al rostro para configurar una segunda piel.
De este modo, la identidad de Higinio queda marcada por una progresiva
inscripción de lo laboral en lo corporal, donde el rostro —tradicionalmente
asociado a la expresión individual— pierde su capacidad expresiva y se fija en
una «máscara de impasibilidad».
El segundo fragmento
tiene lugar durante una conversación entre Higinio y Mendaña mientras
atraviesan, a bordo de Olaja,
el campo en un momento de relativa calma del trayecto. El fogonero refiere
algunas anécdotas gastronómicas, entre ellas unas prácticas alimenticias poco
convencionales como el lagarto o el gato, lo que da indicios de un sujeto con
pocos escrúpulos o, al menos, indiferente hacia las convenciones sociales o los
tabúes culturales («—Eres un bárbaro, Mendaña —comentó—. Yo no comería nada de eso,
aunque me lo sirvieran en bandeja de oro. —Pues qué te crees tú, si el gato es
un plato fino»). Estas alusiones reflejan una experiencia vital condicionada
por la escasez, la necesidad y la supervivencia («Yo he comido de todo. Ya no
le hago ascos a nada»). Por ello, en el segundo fragmento referido, el gesto de
hacer la trompeta con los labios al hablar del conejo, así como el acto de
pasarse el dorso de la mano por los labios mientras sostiene la pala con la
otra mano, configuran una kinésica que remite de forma directa a la experiencia
gustativa mencionada en el diálogo.
A diferencia de la
rigidez, estoicismo y contención verbal y emocional que demuestra Higinio,
Mendaña introduce en su gestualidad elementos de placer, evocación y
sociabilidad: su sonrisa sostenida, el gesto asociado al recuerdo gustativo y
la mirada dirigida al campo. Así, frente a la indicación del narrador de que
«los hombres del tren no tenían tiempo de fijarse en el paisaje» (Aldecoa,
1984: 20), en el fogonero se revela una disposición más abierta a la
experiencia inmediata y menos absorbida por la lógica estricta del trabajo ferroviario.
Todo ello, junto a su tendencia a la digresión anecdótica y la charlatanería,
lo sitúa claramente en una dimensión más primaria, hedonista y material de la
vida.
Esta diferencia se
extiende al ámbito doméstico, donde la relación entre Higinio y su esposa se
articula en torno a la contención y la rutina. El relato comienza con una
gestualidad marcada por la suavidad y el sigilo, pero también por la
incomunicación que define la relación del maquinista con su esposa. Lo vemos en
el acto de volver «con suavidad uno de los ventanillos» y la decisión de
«ponerse los zapatos en el pasillo» (p. 9) para no despertarla. Esta contención
física se transforma en ritual cuando Higinio baja las escaleras «colocándose
el chaquetón, haciendo el nudo simple de la bufanda», una secuencia de
movimientos mecánicos que anticipan su entrada al mundo del trabajo. Asimismo,
por la noche, a su regreso a casa, el comportamiento de Higinio reproduce un
esquema similar: entra en silencio, evita encender la luz, se lava, se descalza
y organiza de manera casi automática sus prendas, en una serie de acciones que
evidencian una fuerte interiorización de hábitos. El reencuentro con su esposa
se reduce a un saludo funcional («—¡Hola, Higinio! —dijo con ronca voz de
sueño— ¿Qué tal hoy? Higinio contestó: —Bien. Como siempre. Luego cerró los
ojos», Aldecoa, 1984: 24), lo que refuerza la ausencia de un desarrollo
comunicativo o emocional explícito entre ambos. Se configura así una estructura
circular basada en la repetición de rutinas más que en la expresión afectiva.
También lo observamos en
el bar de maquinistas:
A
las once de la mañana bajaba de nuevo. Era otro hombre. Entonces hablaba, con
los que entraban, de toda clase de asuntos. Pero con los maquinistas no decía
más que las palabras precisas. «Tú,
González, ¿café o té? Tú, ¿té como siempre? ¿Quién orujo? ¿Todos?» Los
maquinistas tampoco hablaban mucho, tosían la bronca tos de la mañana, bebían y
miraban casi obsesivamente a la cafetera exprés cuando abría el dueño la llave
del vapor (Aldecoa, 1984: 10).
El espacio refuerza la
técnica objetivista mediante una kinésica colectiva mecánica y reiterativa. El
lenguaje se reduce a fórmulas mínimas («¿café o té?», «¿Quién orujo?»), imitando
un discurso telegráfico que elimina cualquier desarrollo sintáctico innecesario
y se limita a la transmisión básica de información, mientras los cuerpos
responden de forma casi automática: tos, bebida y mirada obsesiva hacia la
cafetera exprés. Esta última no funciona únicamente como elemento
escenográfico, sino como un foco de atención que organiza la conducta autómata del
grupo. Constituye, por tanto, una metonimia funcional del trabajo: el vapor, el
ruido y la presión que emite anticipan y condensan, a pequeña escala, el
universo mecánico de la locomotora.
4.2. La máquina: humanización y animalización
Desde el inicio del
relato, la locomotora Santa Olaja trasciende su condición instrumental para
configurarse como una entidad dotada de agencia, cuya representación oscila
entre dos polos estéticos claramente diferenciados: una humanización de raíz
futurista, vinculada a un dinamismo positivo; y una animalización de corte
expresionista, que la presenta como fuerza instintiva y potencialmente
destructiva.
En este sentido, De
Micheli, al referirse al movimiento futurista, explica que este nace como una «aspiración
a la modernidad» (2000: 196) en contraposición al arte oficial y verismo
social. En él identifica dos vertientes. Por un lado, la vertiente «negativa» o
regresiva del movimiento que se identifica con un «nacionalismo ciego,
histérico y exclusivista» (2000: 201). Esta corriente se caracteriza por un
«brutal tecnicismo positivista» que identificó los términos del progreso
técnico con los del progreso humano (2000: 206), de modo que, bajo esta óptica,
el sujeto queda subordinado a la máquina. Esta idea reverbera con el expresionismo
al traducir lo mecánico en experiencias de alienación y deformación de la
realidad.
Frente a esto, surge una
modalidad más profunda y dinámica del futurismo, defendida por artistas como
Boccioni, que propone un modo de captar y representar la «realidad en su
unitaria multiplicidad, en su movimiento incesante» (De Micheli, 2000: 211). Esta
concepción implica una superación de la separación entre objeto y entorno, a
partir de la cual la máquina puede ser entendida como parte de una dinámica
vital que la aproxima a lo humano en su capacidad de interacción y expansión.
Desde esta perspectiva,
es posible analizar cómo estas dos tensiones se materializan en el cuento de
Aldecoa. En primer lugar, la
humanización de la máquina se articula a través de un conjunto de
procedimientos retóricos que la integran en el ámbito de lo humano. Así se
observa en expresiones como «A veces le llamaban la señora» (Aldecoa, 1984:
11), donde la locomotora es designada mediante un tratamiento nominal propio de
la cortesía social. Se advierte, por tanto, un proceso de antropomorfización
que desplaza el objeto técnico hacia el ámbito de lo humano, aunque matizado
mediante la ironía («pero lo decían irónicamente»). Ello revela una tensión
entre la dignificación simbólica de la máquina y la conciencia de clase de los
trabajadores, dependientes de sus necesidades (el alimento o carbón y los
silbidos a modo de quejas). Este sentido se refuerza en ejemplos como «la
señora está desayunada; ya tiene fuerza» (Aldecoa, 1984: 10).
Asimismo, encontramos el
uso recurrente de la personificación o prosopopeya, vinculado al dinamismo y a
la autonomía de la máquina desde una dimensión futurista positiva: «Olaja corría
libre y hasta más alegre» u «Olaja patinaba, apenas capaz de sostener el tirón de la
composición» (Aldecoa, 1984: 17-18). La máquina participa así de una dimensión
vitalista, pues su fuerza y velocidad actúan como sostén del movimiento y de
los trabajadores, presentándose como la figura salvadora. Incluso, se le
atribuye una capacidad heroica conteniendo el desastre ferroviario («Olaja sería capaz de frenar el espanto», p.
19), lo que eleva su estatuto a agente decisivo dentro de la acción.
Igualmente, resulta
significativo el desenlace del cuento, cuando, tras haber evitado el accidente,
«Higinio y Mendaña miraron a Olaja» (Aldecoa, 1984: 20). El uso de la preposición a,
propia del objeto directo de persona, introduce una marca gramatical de animacidad impropia de un objeto inerte. De este modo, Olaja deja de
ocupar el lugar de objeto pasivo de la percepción para situarse en un plano de
equivalencia con los personajes, tratada incluso como un sujeto digno de
reconocimiento por la proeza que ha realizado.
Este gesto se ve
inmediatamente reforzado por la respuesta de la propia máquina —«Olaja expelió un
largo chorro de vapor» (Aldecoa, 1984: 21)—, que puede interpretarse como una
reacción de alivio tras el esfuerzo acometido, pero también como una
manifestación física equiparable a una exhalación corporal. La escena adquiere
así un carácter casi dialógico, en la medida en que a la mirada de los
trabajadores parece corresponderle una respuesta de la máquina, configurándose
una reciprocidad entre lo humano y lo mecánico en el plano de la acción.
Frente a este
tratamiento positivo, vital y dinámico, emerge otro vinculado con la
animalización de la máquina, que desplaza su representación hacia una estética
expresionista basada en la distorsión, la amenaza y la pérdida de control. En
este caso, los recursos retóricos ya no humanizan, sino que bestializan y
fragmentan. Un ejemplo ilustrativo aparece en «Olaja resollaba profunda,
animalmente» (Aldecoa, 1984: 19), donde el adverbio «animalmente» introduce una
metáfora zoomórfica que transforma la locomotora en un organismo vivo, regido
por impulsos fisiológicos e instintivos. Este sentido se concreta aún más en
«un vagón se encabritaba» (Aldecoa, 1984: 20), donde el tren adopta el
comportamiento de un caballo desbocado, sugiriendo pérdida de control y
violencia inminente.
Más compleja resulta la
construcción de una imagen en la que el convoy deja de estar controlado como un
todo y sus partes actúan de forma independiente. Podemos observarlo en el
ejemplo siguiente:
Un
desboque terrible de seres sin cabeza, porque aquel tren que se les presentaba
como humanizado tenía su cabeza, su inteligencia, su fuerza recta en Olaja. Iba a ser
acaso como lo que ocurre con las formas más primitivas de la animalidad, que,
aun mutilado el ser, cada parte tiene una vida propia y se agita y se mueve
hasta que sobreviene la muerte (Aldecoa, 1984: 19).
La expresión «desboque
terrible de seres sin cabeza» presenta el ferrocarril como un conjunto
descontrolado en el que los vagones son figurados como «seres» que han perdido
su principio rector. La «cabeza» se identifica con la inteligencia y la razón
(«fuerza recta») de Olaja. La pérdida de este cerebro
o centro nervioso de la máquina implica la ruptura de la unidad funcional del
conjunto. Incluso cuando Olaja está mutilada, cada
parte tiene una vida propia, lo que sugiere una autonomía residual de los
fragmentos, que continúan en movimiento sin coordinación. Esta idea refuerza la
percepción de un sistema que ya no responde a una organización racional, sino a
impulsos incontrolados. Observamos, pues, mediante el uso de la sinécdoque, una
estética claramente expresionista, en la que la unidad se descompone y la parte
adquiere una vida monstruosa y autónoma, próxima a lo grotesco. Esta imagen perturbadora
de Olaja se sugiere, igualmente, en otros momentos a
partir de la kinésica expresionista de los viajeros:
En
los túneles largos habitaba la desazón. La desazón de los rostros fosilizados
de todos los viajeros que habían querido distinguir sus paredes con los ojos
desmesuradamente abiertos. La desazón de los viajeros ancianos, que imaginaban
horribles catástrofes dentro de túneles interminables. Algo intestinal y ciego;
tajado del paisaje» (Aldecoa, 1984: 17).
La expresión «boca de
fuego» introduce una metáfora de fuerte carga visual expresionista en tanto que
la máquina deja de ser un objeto inerte y adquiere rasgos corpóreos, animales y
violentos, ligados a la acción de devorar. La imagen nos recuerda a la figura
de la máquina Moloch en Metrópolis (Fritz
Lang, 1927), concebida como un dispositivo industrial que engulle a los
obreros, transformando el trabajo en sacrificio físico dentro de una producción
deshumanizadora y alienante. Asimismo, el uso de la anadiplosis mediante la
reiteración de la palabra «desazón», que cierra y abre, respectivamente el
primer y segundo enunciado, encadena y amplifica la sensación de angustia. Este
recurso se refuerza, además, por el paralelismo en el enunciado final («La
desazón de los viajeros ancianos») y la subjetivación del espacio («dentro de
túneles interminables»).
En esta línea, la
expresión «algo intestinal y ciego; tajado del paisaje», con la que se cierra
el fragmento, introduce una metáfora que condensa una experiencia sensorial y
espacial de carácter opresivo. El término «intestinal» sugiere una percepción
visceral del espacio, como si el entorno del túnel se interiorizara y se
experimentara desde el cuerpo, desplazando la percepción hacia lo biológico o
escatológico. Por su parte, «ciego» refuerza un ámbito carente de visión y
orientación, regido por lo instintivo y lo automático. Finalmente, «tajado del
paisaje» introduce la idea de una ruptura violenta con el exterior,
configurando el túnel como un espacio aislado, escindido del entorno natural.
Todo ello produce un
efecto de circularidad semántica en la medida en que el discurso parece volver
de forma insistente sobre un mismo núcleo emocional (la angustia), lo que se ve
reforzado por una dimensión kinésica claramente expresionista en «los ojos
desmesuradamente abiertos». Por último, las asonancias vocálicas internas en
/a-o/ («largos», «desazón», «fosilizados», «ancianos», «tajado») sugieren el
eco en el interior del túnel o, inclusive, el retorno del grito perturbador de
los viajeros.
5.
Conclusión
Tras el análisis
realizado, puede concluirse que Santa Olaja de acero, de Ignacio Aldecoa, no se limita a
incorporar motivos temáticos del ámbito ferroviario, sino que articula de forma
coherente una poética narrativa de raíz conductista y sustentada en la cámara
objetiva cinematográfica. La organización del tiempo —reducido a una jornada,
fragmentado, presentista y dilatado mediante la repetición, la serialización y
la acumulación de acciones—, junto con la configuración de un espacio material,
preciso y dinámico, construido a través de la topografía ferroviaria y la
percepción sensorial del entorno, responde a una lógica de estricta
objetivación que desplaza la interioridad en favor de lo observable. En este
marco, los personajes se construyen a partir de su conducta, su gestualidad o
kinésica y su inserción en una rutina laboral jerarquizada, alienante y
sometida al riesgo, mientras que la máquina adquiere protagonismo, imponiendo
su ritmo y condicionando la experiencia y la percepción humana.
De este modo, el relato
integra de manera coherente procedimientos propios del neorrealismo —en su
atención a lo cotidiano y material— y del expresionismo —en la deformación y
tensión de la experiencia— en una propuesta narrativa en la que la mirada objetiva
se erige como principio organizador del discurso.
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[1]Esteban
Soler (1977: 85-86) señala que se trata de una «omnisciencia recatada y muy
conveniente al carácter del cuento por su economía». Asimismo, explica que esta
modalidad narrativa está motivada por el interés de Aldecoa en profundizar «en
las zonas abisales del hombre, en la incidencia de los aspectos materiales
sobre la intimidad de los personajes. Ello obliga al narrador a abandonar la
visión desde fuera o focalización externa para acercarnos a las vivencias de
las criaturas».