
Fernando Cruz Isidoro
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la hornacina central, mientras que los santos Juanes lo escoltarían en las calles laterales sobre
ménsulas.
El precio de las tallas y el resanado del mueble, 140 reales, nos hace especular un coste
aproximado de cada imagen sobre los 40 reales, lo que resulta muy reducido comparado con
tallas de su mano de similar tamaño, como los 950 reales del Niño Jesús que aprecia a la
hora de testar, o los 200 de un Ecce-Homo de barro de los que hacía en serie.
Posiblemente, a la hora del ajuste, se unió al pequeño tamaño de las imágenes la previsible
rebaja por ser artista novel y la necesidad de hacerse con un cliente tan potente y aficionado
a la escultura como el VII duque, una situación apurada que le obligaría a los pocos meses a
dejar de trabajar independientemente, para entrar como oficial en el taller de Vázquez “el
viejo”, a quien no le faltaban los encargos.
En cuanto a la iconografía, no hay duda que fuera un Nazareno, al ser rotunda la
descripción «Ntro. Señor con la cruz a cuestas», y su carácter de imaginería procesional lo de
«paso», que alude, según la definición nº 22 de la RAE, a la «Efigie o grupo que representa
un suceso de la pasión de Cristo, y se saca en procesión por la Semana Santa”. Podría ser esa
una faceta de interpretación iconológica, al encargar el duque la imagen con la intención de
que procesionara en un ámbito reducido, como un claustro, lo que facilitaba su pequeño
tamaño. Tenemos ejemplos de este tipo de prácticas en los conventos y monasterios
patronados por la Casa ducal, en Sanlúcar de Barrameda y en el monasterio de San Isidoro
del Campo, en Sevilla.
La devoción a «Cristo con la cruz a cuestas» en la familia ducal, una iconografía
popular
La piedad pasional cristífera se venía incubando en la nueva espiritualidad auspiciada por
los franciscanos desde finales de la Baja Edad Media ya que, custodios de Tierra Santa,
favorecieron el desarrollo de la Pasión de Cristo que allí se rememoraba en sus conventos y
en las hermandades a su amparo. La devoción a Cristo camino del Calvario, con su dolorosa
ascensión al lugar de martirio o Vía Crucis, con paradas y estaciones, resultaba atractiva y
cercana a la propia experiencia vital por el hondo patetismo que rezumaba, al reflejar las
angustias y sufrimientos del ser humano abocado a una muerte que la fe en la resurrección
hacía tener sentido, encajando en la emotividad popular. El itinerario pasional de Cristo, que
ninguno de los evangelios canónigos desarrolla con detalle, limitándose a la itinerancia (Mt,
27, 32; Mc, 15, 20-21), pues sólo san Juan confirma la carga con el madero (Jn 19, 17) y san
Lucas el encuentro con las hijas de Jerusalén (Lc 23, 27), será completado por el apócrifo
Actas de Pilatos y la literatura de místicos como el Pseudo Buenaventura y santa Brígida, para
reconstruirlo con sentido narrativo. Una dramática escenografía que se hará popular por los
Autos Sacramentales del teatro de los Misterios con su atractiva puesta en escena (Mâle, 1952:
89-96), basada en rituales, como la de los Sacros Montes o Calvarios que se disponían en
lugares en pendiente, y que lo devotos y peregrinos recorrían a veces de rodillas, caso de la
Scala Santa de Letrán. Las Estaciones de Cristo exhalarán emotividad por su realismo, brutalidad
y patetismo, pues lo hacían caer de rodillas y derrumbarse con las manos hacia adelante,
como cualquier ser humano a pesar de ser el Hijo de Dios, con episodios tan conmovedores
como el encuentro con la Verónica que le enjugó el rostro (Mâle, 2001: 246-267), o cuando
fue ayudado en su insoportable carga por Simón de Cirene (Jn, 19, 17).
Esa devoción, que parece implicar el sobrellevar con resignación la dolorosa carga vital,
también arraigó en la familia de los Guzmanes. Lo confirma el que el VII duque don Alonso
encargase para su capilla una talla con esa escena pasional a Núñez Delgado, quizás con vistas
a la creación de una futura hermandad, y el que favoreciese su culto público en la capital de
su señorío, Sanlúcar de Barrameda. A su amparo surgió una hermandad penitencial entre
1574 y 1609 en el convento de los agustinos55, que ha sido la devoción cristífera más popular
de la localidad. Quizás para los arranques de esta hermandad fuese concebido el Nazareno
que analizamos. Y no fue la única imagen que estuvo al culto en Sanlúcar, pues en el convento
55 Cruz, 1997: 19-21.