
Alfredo Lara Garcés
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Centrándonos en el titular escultórico, el Cristo de las Ánimas era un crucificado difunto de
tres clavos, de marcada frontalidad y cabeza inclinada hacia el lado derecho. Media 1,60
centímetros de altura, alcanzando junto con la cruz los 3 metros8. La testa se resolvía con
una cabellera lacia peinada al centro, y repartida a uno y otro lado de la cara con dos gruesos
mechones, compactos y ondulados, que caían sobre la zona infraclavicular del torso. La barba
bífida era ancha y se hundía sobre el pecho. Los brazos rectos, casi en paralelo al madero,
reforzaban la composición frontal de la escultura, quizás por su condición de imagen de culto
interno no sujeta a la necesaria visión poliédrica de la imaginería procesional. El modelado
era somero, aunque más pormenorizado en el esternón y las regiones intercostal y abdominal.
Los mayores recursos expresivos se vinculan a la policromía, que parece de tonos claros
en las carnaciones y más intensos en los regueros de sangre que recorrían el pecho, los brazos,
la llaga del costado y las piernas. Junto a ello, la talla completaba su naturaleza escultórica
con elementos postizos de carácter escenográfico en busca de una mayor verosimilitud. Estos
eran una gruesa corona de espinas metálica ‒a modo de “turbante”‒ y el perizoma de tela
anudado sobre el costado derecho de la cadera, y de voluminosa caída. Se disponía la imagen
sobre una cruz de madera cepillada, de sección rectangular achaflanada, con pirindolas y
ribetes metálicos en los remates y los perfiles, respectivamente. Remataba el estipe un sinuoso
Titulus Crucis.
Por su parte, no sabemos en qué momento se situaría la Dolorosa sedente a los pies del
crucificado. En cualquier caso, su incorporación junto al Señor determinará la composición
de una escena iconográfica distinta: el Misterio del Stabat Mater, incrementándose de paso la
riqueza escultórica y semántica del conjunto de la capilla. Esta enigmática imagen mariana
será relacionada con la primitiva talla de la actual Virgen de Lágrimas y Favores.
Particularmente, esta efigie era una imagen de vestir que suscribía los patrones
iconográficos barrocos de Virgen Dolorosa ‒en su vertiente devocional‒ universalizados por
José de Mora y sobre todo Pedro de Mena, derivados del exitoso modelo quinientista de la
Soledad creado por el escultor Gaspar Becerra9. Presentaba un rostro de hondo lirismo, cuyo
óvalo facial dibujaba un vértice de mayor angulación hacia la barbilla, el cual, junto con la
nariz recta, un tanto prominente y prolongada y los ojos entornados provocados por la
mirada baja, concordaban con los de la talla mariana recuperada en la posguerra. Sus manos
estaban unidas, en un gesto de recogimiento, redundando todos estos elementos en la
manifestación expresiva del profundo dolor contenido.
Los recursos escultóricos de cabeza y manos se veían complementados por las vestiduras
naturales, los postizos y el ajuar metálico. El diseño del atuendo estaba sujeto, lógicamente,
al gusto y las modas de cada época. Las fotografías existentes debieron realizarse entre finales
del siglo XIX y principios del XX, pero siempre con anterioridad a 1931. La indumentaria
de la Virgen en estas instantáneas se acerca a la de los modelos escultóricos de Dolorosa
promulgados por Mena en cuanto al tipo y disposición ‒e incluso tonalidad‒ de las prendas
empleadas, aunque trasladados, obviamente, al material textil. No sería descabellada dicha
inspiración dado el tremendo seguimiento que hasta principios del siglo XX tendrán los
citados modelos menoides en la ciudad ‒en parte confundidos con la personalidad de Fernando
Ortiz10‒ los cuales no solo afectarán a la práctica escultórica decimonónica, sino también a
8 Palomo Cruz, 2005: 10.
9 Sánchez López, 2001b: 245.
10 Sánchez López, 1996: 292.