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La presencia de orfebrería vienesa en Praga es otra manifestación del centralismo imperial
acrecentado en los años del reinado de Carlos VI, que vio en la religión un motivo de cohesión
entre los estados del imperio fieles al credo romano, frente a los luteranos del norte, los calvinistas
del oeste y el avance turco desde el sureste, frenado en 1718.
Praga no era en absoluto ajena a la producción de orfebrería: a 70 kilómetros estaba la mina
de plata de Kutná Hora, que desde la Edad Media había surtido de metal a toda la Europa Central.
Estuvo funcionando hasta finales del siglo XVIII y favoreció el asentamiento de importantes
centros de orfebrería también en otras ciudades cercanas como Brno, Olomouc o Kosice. De la
misma abadía cisterciense de Sedlec, en Kutná Hora, en cuyos dominios se situaba la mina,
procede una de las custodias góticas más antiguas del mundo. Pero en el siglo XVIII la tradición
artística local quedó relegada por las novedades barrocas que llegaban desde la Corte y que
abarcaban desde la arquitectura a las artes plásticas y decorativas, con un alto componente
propagandístico, en cuanto manifestaban el máximo esplendor del catolicismo y del Imperio.
Ésta de la Inmaculada inauguraba en Loreto una colección de custodias que llegaron a ser seis,
todas de una gran riqueza, de las que han llegado cinco a la actualidad.
Volvamos a la custodia del cardenal Solís. Los relieves de la base muestran como ya se ha
indicado los dos episodios más significativos de la hagiografía del, aún no santo, Juan
Nepomuceno: la confesión de la reina Sofía de Baviera en la parte trasera y su lanzamiento al rio
Moldava en la delantera. El tratamiento de ambas escenas muestra composiciones de gusto
barroco, seguramente inspiradas en grabados realizados para la difusión del culto del venerable;
la escena del martirio sigue la composición de la que está pintada al fresco sobre la celda del
castillo de Hradcany en la que según la tradición estuvo encerrado el santo.
La figura de Juan Nepomuceno que forma el astil viste el traje canonical que hemos descrito,
pero no lleva ni el crucifijo ni la palma. En su lugar sostiene con la mano derecha el birrete, en
actitud de descubrirse ante la Eucaristía, y lleva la izquierda al pecho. La mirada se dirige hacia lo
alto. En principio parece una iconografía pensada específicamente para el lugar donde va a
situarse la figura, el astil de la custodia: ante la presencia real que supone la Eucaristía el santo no
vuelve los ojos al crucifijo sino a la hostia misma. Este hecho está relacionado con la tradición
litúrgica que prevé la preeminencia absoluta de la adoración eucarística frente a otras formas de
culto, debiéndose retirar el crucifijo del altar en el que se va a poner la custodia, ya que ante la
presencia real no hay lugar a la presencia en imagen. En cuanto a la actitud de retirarse el birrete,
es un signo de reverencia preceptivo ante la presencia eucarística. Por tanto la iconografía resulta
completamente coherente con el contexto en el que se inserta, redundando en el mensaje católico
frente a la doctrina protestante que niega la transubstanciación (fig. 3)