Mitos o mártires de la historiografía artística: visualizando un ecosistema crítico mujer-mujer en los albores del siglo XXI
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cantidad considerable de monografías personales firmadas por autoras mujeres. Estas artistas
se encuentran conectadas con múltiples críticas y teóricas, formando conglomerados
relacionales que operan como centros discursivos. En cambio, otras creadoras incluidas en el
corpus (como es el caso de Caterina van Hemessen, Marie de Gournay o Marieta Robusti) que
aparecen en el grafo como nodos marginales, sin conexiones significativas, lo que refleja su
escasa atención crítica individualizada pese a su presencia en programas docentes o webs con
gran visibilidad digital por su posicionamiento SEO en el motor de búsqueda Google (Fig. 6).
El gráfico de barras correspondiente a la frecuencia de monografías por artista refuerza este
patrón: aproximadamente el 80 % del total de estudios críticos se concentra en menos del 10
% de las artistas del corpus. Christine de Pizan lidera el ranking con 35 estudios, seguida de
Yoko Ono (16), Eva Hesse (14) y Remedios Varo (13). Esta hipervisibilidad de algunas figuras
genera una asimetría en el discurso feminista que, lejos de desarmar la noción de canon,
reproduce lógicas de consagración similares a las de la historiografía tradicional. La curva de
acumulación crítica muestra, además, una pendiente muy pronunciada en sus primeras
posiciones, estabilizándose rápidamente, lo que indica una concentración excesiva de recursos
analíticos en pocas figuras.
Otra visualización clave consiste en el gráfico de artistas que, pese a estar presentes en
programas académicos o listados digitales, no cuentan con ninguna monografía crítica firmada
por mujeres. Este mapa negativo permite identificar con claridad los huecos del ecosistema
simbólico: nombres como Margarete Schütte, Sofonisba Anguissola o Isabel Guerra
permanecen sin atención individualizada desde el campo feminista institucionalizado. Esta
exclusión revela un fenómeno de doble marginalidad: creadoras que han sido visibilizadas a
través de iniciativas docentes o mediáticas, pero que no han recibido una legitimación crítica
suficiente para consolidarse dentro del discurso historiográfico feminista.
A su vez, el análisis de modularidad revela la existencia de comunidades críticas específicas,
es decir, agrupaciones de autoras que tienden a estudiar a artistas similares o desde perspectivas
compartidas. Estos clústeres teóricos permiten inferir la existencia de corrientes o afinidades
discursivas, como los enfoques materialistas, postcoloniales, queer o transnacionales, aunque
no siempre estén nombradas explícitamente en los textos analizados. Por ejemplo, el nodo de
Christine de Pizan se vincula con autoras que abordan los orígenes medievales de la crítica
feminista, mientras que los nodos de Yoko Ono o Mona Hatoum revelan una red crítica más
contemporánea, anclada en discursos interseccionales y posmodernos.
Debemos mantener cautela al respecto, pero, sin lugar a duda, los primeros estudios de
género adolecieron de la necesidad de proponer determinadas artistas como grandes cabezas
de la producción femenina. Con ello se busca visibilizar un sesgo, sin caer, que finalmente,
terminarían creando otro microsesgo -entre las propias artistas-, un problema que, parece, se
está tratando de solventar en la medida posible (Fig.7).
En términos de estructura, la red presenta una densidad media-alta en su zona central, con
rutas múltiples de acceso entre críticas y artistas más estudiadas, y una periferia fragmentada,
en la que abundan nodos sin conexión o con vínculos unilaterales. Esta configuración sugiere
una clara jerarquía discursiva interna, donde el canon crítico mujer-mujer no opera como una
esfera democrática, sino como una red asimétrica, jerárquica y selectiva, en la que algunas
figuras concentran atención, mientras otras se mantienen como presencias marginales o incluso
espectrales (Figs. 8 y 9).